VIRGINIA DE CHURRUCA

Te presento mis disculpas, un poco tarde, 54 años después de que, a mis amigos, a mí y a otros 198 viajeros nos transportaste, con mucho señorío, desde Cartagena hasta Barcelona; después de tantos años, te confieso que en mi memoria por muchos años, fuiste una “elegante viuda”, no sé por qué, siempre pensé que eras el yate Viuda de Churruca, por años creía que ese era tu nombre, confieso que aquella imaginaría viudes tuya, le permitió a mi imaginación verte de varias maneras, hermosa trigueña de pelo negro con una cara fina de delicados rasgos, de ojos tan negros como el carbón, que tenían la
propiedad de cambiarse a tu conveniencia al color del café a medio tostar, ojos negros o cafés, eras una trigueña muy hermosa, ahora que he vuelto a pensar en ti, mi admirada “viuda”, no se si te hubiera gustado ser trigueña, pero no te preocupes que, varios minutos o segundos más tarde ya no lo eras y te convertías en una despampanante rubia de ojos color esmeralda, de cuerpo esbelto y caderas sinuosas, eso eras para mí; curiosamente nunca fuiste negra y no por nada diferente a que estamos hablando de 1970, eras una viuda española y para la época la península no había sido invadida por los africanos; eso sucede ahora que España y casi toda Europa, cuya población sufre una enfermedad rara que se caracteriza por no querer tener hijos, algo que aún no sabemos si es consecuencia de impotencia física o de carácter mental; eso Virginia es complejo, porque se acompaña de mucha sintomatología que en éste momento no vamos a tocar, solo te digo que, si un viento fuerte y frio que proceda de los Pirineos no se extiende por toda Europa, mis parientes y millones más van a pasar mucho trabajo porque el aíre que ahora respiran viene en un 90% del Sahara; entré por ese tema solo para que comprendieras porque nunca te imagine negra, en cambio quiero que sepas que muchas veces te imaginaba bailando en el Salón de Primera Clase, con todos los caballeros extendiéndote la mano, con la consabida frase de “¿señorita me permite este baile?”; debo confesarte que como eras viuda, yo también hice fila para bailar contigo, fila que me causó frustración, porque recuerdo bien, viste mi mano extendida más de una vez, pero siempre te decidiste por los señores acartonados, algunos con charreteras, otros con ridículos corbatines que hacían que yo me burlara y así compensaba tu “viudo desprecio”; me apena porque sin serlo tú, yo te volví viuda, eran esos años en los que yo tenía entre 19 y 20 años y si eras viuda o no, importaba poco, para mis compañeros de viaje; para mi lo importante era embarcar, cada quien con sus motivos y razones a cuestas, algunos con peso liviano, otros tal vez se sentían como debe sentirse un galápago o pequeña tortuga de ciénaga, cuando algún descuidado le coloca la caparazón de una gigante tortuga de mar, pesados, abrumados, con ganas de sacudir el caparazón, así contigo en calidad de viuda transcurrió el viaje y pasaron muchos años, hasta que un día cualquiera revisando en el escaparate de los recuerdos y trayéndolos a estos tiempos, encontré que eras “Virginia de Churruca”, de la centenaria Flota Trasatlántica Española; me avergoncé por enviudarte, me dije, debo disculparme con Virginia y hoy llegó el momento y en recompensa, busqué algo sobre ti, querida Virginia y te dedicare unos renglones en éste oficio de buscar y narrar el pasado.
Antes de entrar a hacerte esa especie de “reconocimiento” quiero decirte que hay cosas del alma que no se olvidan, por lo tanto no se recuerdan, están siempre ahí, tienen un sitio que no se puede modificar, que no se diluye con el tiempo y que antes por el contrario, el tiempo te hace ver en forma tan clara, como si estuviera en presente, la imagen de mi mamá y hermanos en el muelle de Cartagena despidiéndome, el barco alejándose, se suma a lo que el tiempo hace que consideres, hace que pienses cosas que la fiebre de la juventud no te dejaba ver, solo pensar que mi madre muchos años atrás vivió un momento igual al venirse de Italia en barco, debió hacerme pensar cómo se sentiría al ver partir hacia Europa a su hijo, al menor de los varones; ¿cuántos pensamientos, sentimientos se agolparon en su alma?, nunca es posible medir los sentimientos y hasta narrarlos es muy difícil, creo que la

juventud hace ver el mundo de diferentes maneras y los años te hacen pensar mucho sobre lo que ya está hecho y pensar tardíamente en muchas cosas. Entrar en este camino es muy difícil y es mejor volver a aquellas cosas que quiero narrar.
Lo primero es decirte que me inquietó tu nombre. Ahora sé que naciste de parto gemelar en los Astilleros Unión Naval de Levante, más concretamente fuiste parida en la bella Valencia y como dato muy curioso para mí, probaste el sabor del agua salada el mismo año en que yo nací, 1949; que cosas tiene la vida, no me creas chismoso, pero averigüé que tú y tu gemelo de inició, fueron bautizados con otros nombres y que tu primer nombre fue “Conde de Argelejo”, después en 1.952 te vendieron, como se hacía con los esclavos y te compró la Trasatlántica Española y te volvieron a bautizar como “Virginia de Churruca” en honor a la marquesa de Comillas y condesa de Güell; hasta ahí Virginia vamos bien, pero en 1.973, te volvieron a vender y a cambiar de nombre, eso no me gusto, tengo derecho adquirido a conservar en mi memoria tu nombre, Virginia, siempre Virginia y para ti y para mí, olvidemos al Churruca.
Virginia, mi viaje y el de algunos amigos fue muy placentero, doy fe que, aunque había olas que te querían tragar con nosotros adentro, la mayor parte del viaje fue tranquilo y sereno; con nosotros te portaste muy bien, ¿entonces porque te volvieron a vender?, ¿acaso por rutina, eras mal portada y con nosotros hiciste una excepción?, me preocupa porque veo que la tendencia ahora es que los grandes bandidos que han robado de éste lado del océano, suelen llenar sus cuentas bancarias al otro lado, cargar con varias maletas e irse a “vivir sabroso” a Europa y que de allá hacen lo propio todos los bandidos, eso es la moda del siglo XXI, ya no se llevan esclavos de un continente a otro, ahora se envían “políticos ladrones” de un lado al otro, espero que tus varios nombres no hayan sido para camuflar cosas que no debías transportar.
En nuestro viaje nos hicieron creer el cuento que a “los mal portados”, los encerraban o aprovechaban la oscuridad de la noche y los tiraban a los tiburones, pero no lo digerimos, así que algunos jóvenes de la clase Turística estábamos pendientes de que grumetes u oficiales, se apartaran de la escalera que nos separaba y colarnos en Primera Clase, donde se gozaba de algunas ventajas.
Reconozco que me gustaban las “aventuras”, y con tantas chicas que iban en nuestra “clase turística” mi corazón o mi loco interior, se enamoró de una que abordó en la Guaira-Venezuela y se me volvió complicó la cosa porque, o yo subía o ella bajaba a nuestro piso de “turistas” y cada rato encontrábamos quien nos llamara la atención. Agradezco al sacerdote que compartía conmigo camarote, que se limitó a decir, “están locos” y se perdía del camarote, Dios lo conserve bien.
En esa travesía, venía mi amigo Orlando, quien también disfrutaba su viaje; un día, alguien nos dijo que arriba jugaban naipes; nos colamos y hasta nos sentamos con ellos, nos ganamos algunos dólares, para nosotros 20 o 50 dólares, era “un platal”. A todas estas, ya yo tenía en esa chica a quien le pondré por nombre, Aurora, que a esas horas de la travesía ya era como mi novia oficial; menos mal que ni el cura del camarote, ni el del buque, no nos quisieron casar, como pretendía Aurora, que tenía miedo de lo que de ella pudieran pensar, en eso me incluía a mí, cuando poniendo cara de niña traviesa me preguntaba “¿tú, qué pensarás de mí ahora?”.
Matrimonio sin haber llegado al país donde iba a estudiar, era fracaso seguro y además era mi segundo matrimonio, porque el Padre de mi pueblo y mi Papá, al verme tan enamorado a los 6 años, de una señora que trabajaba en la Caja Agraria del pueblo, me “casaron” con ella.



En fin, de la Guaira fuimos a Curazao; muchos aprovecharon para dormir en bancas, porque no se bamboleaban y pararon de vomitar. De nuevo gracias, Virginia, porque a Aurora y a mí, no nos pusiste en la lista de los que ibas a marear, así que la pasamos bien en todo el viaje.
Compré algunas cosas, recuerdo mucho una “grabadora, de esas que reproduce cassettes y era radio también, toda una maravilla, de la tecnología de esos años; un compañero de la universidad se enamoró de ella, aclaro de la grabadora, no de Aurora, quien para los tiempos de la venta, ya no era mi novia, se la vendí, ganándole tanto, que me hubiera gustado regresar al puerto y comprar muchas de ellas, nunca se sabe, podría haber sido el inicio de un gran negocio, vueltas da la vida en muchos sentidos; pero estaba decidido a ser médico.
Se que leerás esto Orlando, por eso te pregunto si te acuerdas de Santa Cruz de Tenerife, que belleza, todo lo que ahora pueda decir es poco; recuerdo que Aurora y yo pensamos, aquí también se puede estudiar y me acerqué al tercer oficial, quien se creía nacido del ombligo de alguna reina, pretencioso, de corta estatura, que lo único que tenía para mostrar era su uniforme; cuando le pregunté, si podíamos quedarnos, en un tono de esos que “embejuca” a cualquiera, nos dijo: ¿vosotros qué pensáis, qué vais en un bus?.
Gracias, Tercer Oficial, por esa respuesta, pudimos seguir a Cadis, tengo algo de confusión en ello, Orlando, ¿era Cartagena o efectivamente fue en Cádiz que visitamos antes de la Ciudad Condal?.
Por fin llegamos a Barcelona, ciudad imponente, con su Cristóbal Colón apuntándonos con su dedo y mi primer regaño, por no saber pedir un café y haber pedido un tinto, eso nunca lo olvido y el final de mi amor de travesía, aunque sonaría mejor “amor de verano”, para que suene a canción; en todo caso, en buque o yate, la vida tardó más de 45 años en invitarme a otro viaje, pero no de tantos días, ya que en total fueron diez y ocho días con sus bellas noches.
El otro viaje que acabo de mencionar fue exquisito en todas las acepciones de la palabra, Nápoles a las costas Amalfitana, en la amada Italia, repito que fue un paseo de esos que sueñas y de cuyo sueño, no se quiere despertar, esos que hacen que despertar no sea placentero. Desde luego, las neuronas se sacudieron y me recordaron que de Argentina a Uruguay en ferry o buquebus, todo fue fantástico, tanto así que en el espacio del cerebro, ese dónde está la estantería para guardar “recuerdos que no se quieren perder”, hay un apartado que dice, Argentina-Uruguay y a continuación la células más traviesas del cerebro te muestran una especie de porristas que brincan y entonan algo así como “volver, volver”, si como la ranchera que magistralmente canta Vicente Fernandez; eso pasa al apartado de “pendientes”
Descansemos, Virginia ha tenido un largo viaje, Aurora sabrá Dios dónde andará; Orlando muy juicioso se va a Galicia; yo, después de un viaje a Zaragoza, también llegué y en Santiago de Compostela, me preguntó, ¿oye, Jose, tú adónde te metiste estos días?, esa pregunta Orlando te la responderé otro día, pero has memoria y recuerda que a Santiago llegué solo, otro día hablaremos de ello. Gracias Virginia.
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