SE ROBARON UN MUERTO

Traslado a esta página un suceso del año 1985. Comienzo por aclarar al lector que si bien hay algo de imaginación en lo que a continuación voy a describir, el hecho fundamental de este escrito, fue un acontecimiento real. En un barrio estrato seis de la ciudad de Los santos Reyes de Valledupar, fundada el 6 de enero de 1550 por el español Hernando de Santana y cuyo nombre proviene de su situación geográfica y del Cacique Euparí, se “robaron un muerto”. Me ciño a la verdad al decirles la propietaria del cadáver vivía en el mencionado barrio.

Se trataba de una bella dama, de tez trigueña, rostro importado de Europa, probablemente por su abuelo, no tengo claro si de Francia o de Italia, pero lo que sí es claro es que la atrayente dama, dió la orden a su sirvienta de deshacerse del cadáver; la indicación sobre qué hacer con el difunto, aunque sonó, como si les fuera a narrar una especie de novela policiaca, claro que no lo es. Solo les estoy contando un acontecimiento acaecido a mediados del mes del mencionado año, en la residencia de Magnolia, la bella trigueña, que sin quererlo, ni ser parte activa de la transacción, cambió la tez de porcelana de sus abuelos por una trigueña, que dicha sea la verdad, le favorecía más. La genética fue muy condescendiente con ella, ya que no heredó de su padre ningún otro rasgo más que el color trigueño de la piel, salvándose de ser portadora de otros rasgos que hubieran afeado su rostro. Magnolia parecía haber tenido la suerte de poder escoger su herencia. Algo así como ponerse frente a sus padres y abuelos y seleccionar lo mejor de cada uno de ellos para su diseño corporal.

A quiénes se preguntan si además de bella era inteligente, les diré que sí; y prueba de ello es la forma como ella cuando pudo ayudó en su diseño, a pesar del amor por sus padres, como ya les dije, Magnolia rechazó todo aquello que quitara belleza a su  fina cara y se decidió por la nariz de su hermosa abuela, al tiempo que descaradamente secuestraba todo lo bueno de la genética de ellos, dejándoles a sus hermanos entre otras cosas, el resistente cabello que necesitaba plancha eléctrica y buenas dosis de un producto que para la época usaban algunas jóvenes para tratar de volver lisos los cabellos “enchurcados”.
Rumor existía que Magnolia, no se contentó con lo que la naturaleza le obsequió y solicitó ayuda de un cirujano plástico de Medellín.
¿Torpe? pues sí. ¡Si es que la torpeza puede acompañar en sus viajes a la inteligencia! Si no hubiera dado aquella orden a su sirvienta, mis dedos hoy podrían estar dedicados a otra cosa diferente que a teclear el suceso del robo de un gato muerto, pero ella dio la orden: “Brenda agarra el gato, mételo en una bolsa y ve a tirarlo al río Guatapurí”.
Una cascada de acontecimientos se inició tras esa desafortunada orden y el concepto que yo tenía de Magnolia fue cambiando en la medida que doña Luisa, su vecina, me narraba lo que hoy les cuento.

Magnolia, la de bellos ojos color cielo y cabello azabache que caía sobre sus hombros, como cae una elevada cascada, la que todas envidiaban; me puso a dudar sobre la eterna pregunta acerca de la belleza y la torpeza o más bien sobre rivalidad entre la belleza y la inteligencia.
Siempre he pensado que belleza e inteligencia no se riñen, pero ella me puso a dudar… ¿Veamos por qué? Lo primero es que resultaba casi que imposible imaginar a esa joven y bella mujer dar semejante orden.
No me cabe en la cabeza, que siendo su gato consentido ordenará tan antiestético funeral: “mételo en una bolsa y tíralo al río”. ¿De qué corazón salía esa orden?, ¿por qué no ordenó tomar una pala, cavar en el inmenso jardín un hueco, darle las gracias Brillante por todo lo que los acompañó y les distrajo en vida, y enterrarlo dignamente.
Brenda, morena de unos 35 años, nalgona a más no poder, cosa que le dificulta caminar, pero le facilitaba sentarse hasta en una pequeña piedra; con algo de extrañeza, fue a la cocina, buscó una bolsa de las que reciclaba cuando traía del supermercado las compras, tomó a Brillante y entre confundida y feliz le dijo al gato: “bueno, ya no te cagaras más en el jardín”.

No sé cómo transcurrió la vida de Brillante, pero su final no fue nada elegante, como se podría esperar.
Triste despedida para quien en vida fue alimentado con comida comprada especialmente para él y además era dueño del pomposo nombre de Brillante por su hermoso pelaje de color café muy oscuro, ese color casi negro que tiene el café cuando lo pides diciendo: “un café fuerte”. ¿Olvidó Magnolia que la situación económica no era la misma en todos los barrios de la ciudad? Mandar a Brenda caminando hasta el río, con una bolsa en la mano con la publicidad de un supermercado, ¿acaso no era arriesgado? Claro que sí y en pocos minutos, la encargada de dar destino final al «minino» tuvo evidencia incontrovertible de ello, cuando un veloz ciclista pasó a su lado y le arrebató la preciada bolsa de “alimentos”. Brenda regresó compungida, no por la suerte que terminaría teniendo Brillante, ya que ella no les tenía cariño a las mascotas porque le suponían más trabajo. No era eso lo que la tenía así, ella no entendía, ¿por qué se habían robado un gato muerto? regresó, pensando varios motivos.
En la casa, con el regreso de Brenda y la narración de este suceso se armó una discusión en donde todos opinaban sobre la causa por la que se habían robado un gato muerto, y lo que más les preocupaba era que el robo hubiera sido en su encumbrado barrio, donde puertas hacia afuera parecía que nadie tuviera necesidades extremas o por lo menos no tan extremas como para robarse “un gato muerto”. La discusión duró más de 40 minutos o tal vez una hora entera y es que había opiniones para todos los gustos. Pedrito el hermano menor de la señorita poseedora de los ojos color cielo, se empeñaba en decir que, “el robo era un delito y que había que llamar a la policía”; él no entendía ¿por qué no querían informar a los agentes del orden? Manuel, el jefe de la familia, fue el encargado de aclararle al niño que lo que Brenda iba hacer, podría ser un delito mayor, ya que, su hermana nunca debió mandarla a “tirar un cadáver al rio”. Pedrito, quien se había quedado en silencio, unos segundos más tardes preguntó: “¿Brenda, ibas a echar a Brillante al río Guatapurí?» Cuando la compungida Brenda contestó afirmativamente, el niño casi gritando dijo: ¡yo no tomaré más agua, quién sabe cuántos muertos arrojan al río! El debate se tornó más fuerte pues fue Pedrito, el menor, el que los puso a pensar. ¡iban a contaminar las aguas que ellos y todo Valledupar tomaban a diario!.
En la discusión, opiniones iban y venían, así fue durante más de media hora hasta que Leonarda, la dueña de casa, que había permanecido callada y parecía estar pensando sobre lo que debía decir, con un tono más alto sentenció: “La abuela de Bernarda le sirvió a mi abuela, sus padres lo hicieron para mis padres, es por eso Bernarda que tengo tanta consideración contigo.» Leonarda, parecía muy molesta y continuó: «por eso no te despido y te echo a la calle; pero no entiendo, ¿cómo una mujer de tu edad va a contaminar el río?», añadiendo, «gracias a Dios, apareció ese ladrón y evitó el desastre que ibas a hacer!” Bernarda, quien tenía claro que solo cumplía órdenes de su “amita”, pero pensando en su trabajo, solo atinó a pedir perdón varias veces y derramar una lagrimas para que su arrepentimiento fuera lo más creíble posible y su ama se sintiera complacida por la “aceptación de la culpa”.
Pedrito, con la inocencia del niño preguntó: «pero ¿qué va a pasar con Brillante?, cuando el ladrón abra la bolsa y vea que es un gato muerto…» La pregunta del niño causó una nueva discusión, aunque esta ya tenía menos importancia porque, ya tenían tres hechos concretos: primero, para ellos el ladrón venía de un barrio pobre, en eso todos estaban de acuerdo. Segundo, Bernarda era “culpable”, todos convenientemente de acuerdo y tercero, habían sido magnánimos conservándola a sus servicios. Pero, Pedrito, insistía: «¿qué hará el ladrón con el gato muerto?», desató una andanada de suposiciones que iban desde: lo lanzará al río, lo pelará, le quitará la cabeza y lo venderá como conejo, o la que más adeptos tenía: pelado y sin cabeza, se hacen un “sancocho” con el cadáver de Brillante. Nunca se supo que hizo el afortunado ladrón. No fue denunciado para encubrir el delito de “intención de contaminar las aguas del río Guatapurí” que iba a cometer Bernarda; jamás se mencionó más culpable que ella y la señorita de los ojos de cielo no necesitó pensar siquiera sobre la orden que había dado.
La inocencia de Magnolia en este suceso hará muy posible que cuando muera su perro, el río Guatapurí sea testigo de otro cadáver sobreaguando en sus corrientes y Bernarda o su reemplazo, sería ¡culpable!. Aunque parezca imposible, así fue como ¡se robaron un gato muerto!.

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