LUDOPATIA: ¿SE PUEDE SALIR DEL INFIERNO?, ¿QUÉ QUEDA DE TI EN ÉL?

Muchos psicólogos, psicoanalistas, psiquiatras, neurólogos, neurocirujanos, abiertamente dicen que no; otros más moderados, señalan que es posible, sin embargo, los que sostienen que es imposible salir del infierno, muestran imágenes del cerebro de las personas en estado sano y a renglón seguido, muestran las imágenes de los que allí se encuentran, desde luego con cambios que hasta un lego en la materia puede notar, eso me creó una gran inquietud y comencé hablar con mucha gente, unos más estudiosos, unos más inquietos, otros más tranquilos, que el tema parecía no importarles, de esos que dicen, “eso no va conmigo, ni con mi familia”, pero seguí preguntando.
Una tarde cualquiera de esas, que a plenas cuatro de la
aún se está a más de treinta y dos grados centígrados, de esas que mezclan inexplicablemente, la frescura de las brisas del río Magdalena, que por un lado alienta y estimula, con el calor de un sol, que parece seguir calentando más de lo debido a esas horas; en una tarde así, me encontré a Bernarda. Hacía por lo menos seis años que no nos habíamos visto; una amiga sincera, trabajadora y también, debo decirlo, una hermosa trigueña de ojos garzos y cuerpo de guitarra; habíamos estudiado juntos una especialidad, en el campo administrativo de nuestra profesión.
Bernarda, una colega “echada pa´lante”, que parecía tener “azogue” en sus rodillas, por lo que, ni en el salón de clases estaba quieta, por eso le solía decir: tú debes tener el “baile de San Vito”; se lo decía en broma, porque su afán de moverse, nada tenía que ver con la enfermedad de Huntington y, además, su memoria era prodigiosa.
Ella se había ido a trabajar a un pueblo cercano a Barranquilla, así que teníamos mucho de qué hablar, y la invité a comer helado en uno de los sitios más conocidos en la ciudad. Allí, helado en mano, le conté algunas cosas mías; me preguntó por mi familia e igualmente lo hice yo, y pasamos a ¿tú dónde estabas?, ¿estás de gerente de alguna IPS (Institución prestadora de Salud)?, me contestó casi llorando: “Ya no”.
Siempre la conocí como alguien alegre y optimista; verla, así, como “achantada”, me hizo preguntarle: ¿Qué te pasó? y su respuesta fue: “Duré casi un año en el infierno”; por unos segundos quedé en silencio: ¿El infierno? ¿Qué carajo era eso?, inquieto, le pregunté: ¿Cómo así que en el infierno? Ella, con seguridad, aunque con voz temblorosa, bajando la vista, me dijo: “Amigo, comencé a ir a un casino, y jugaba con mucha alegría; observaba cómo unos se ponían tan alegres que pegaban gritos cuando ganaban, pero ahora me pregunto, ¿por qué no me fijé nunca en los que perdían?
Así comenzó mi amiga a contarme sobre su estadía en el infierno, y ya recuperando un poco de la Bernarda que yo conocía, me contó: “Esta historia es larga, te la cuento toda, pero, con dos condiciones: tú me invitas cada día que tengamos tiempo a almorzar y me prometes que algún día narras mi historia, porque como ves, es de final feliz, muy distinto a todo lo que hayas oído hasta ahora”.
Le contesté a mi amiga que podíamos almorzar en casa, con mi familia, y me dijo que no, que con mi familia iría más adelante, cuando llevara siquiera un año trabajando en un “Paso” del sistema de salud de Barranquilla; entonces, quedamos en encontrarnos y dedicar, por lo menos tres horas los sábados, para que me contara toda su historia.
Hoy mi compromiso con Bernarda es una de las razones por las que he vuelto a sentarme frente al computador; comenzaré a contar su historia, su paso por el infierno, pero con la alegría de saber que la historia no acaba con suicidio ni nada por el estilo, y desde ya les adelanto, sí se sale del infierno.
Les contaré o más bien, les trasladaré en mis palabras, lo que me ha contado mi amiga; tengo muchas de las anotaciones que ella misma me decía que no fuera a dejar por fuera, y se las pondré a disposición en el cuento que aún no sé cómo titular, pero que a solicitud de Bernarda, debe hacer referencia al “Infierno”, pues está ahí, sabe cómo atraer y debemos estar atentos para no entrar en él”.
Bernarda tuvo “un mal”, no fue el de San Vito, ni tampoco un mal de amor, fue algo que la hizo atravesar las puertas del infierno, pero como pocos, lo hizo dos veces, entrando y saliendo; tuvo los ovarios necesarios, para decidir quedarse afuera, ya conocerán cómo se las arregló para hacerlo.
Es sábado y salgo a su encuentro, nos acercamos y después del abrazo, le digo rápidamente, para evitar cualquier reproche de su parte: “Bernarda, querida amiga, no creas que he tomado a la ligera tu historia, es que aunque suene raro lo que te voy a decir, lo que viviste, de lo poco que me has contado hasta ahora, veo algo que tiene tanto de sencillo, cómo de complejo y aún no sé cómo debo titular esta primera entrega, lo único que tengo claro es que la palabra que más repetías, «infierno», va porque va a lo largo de toda la narración, que amable y desprendidamente me has pedido que cuente. Es claro que, puede que haya un Infierno después de la vida, pero hay uno o muchos infiernos, antes de morir, de esos, tratará y buscará mostrar un poco sobre ese sitio y lo que queda de ti en él, cuando logras salir.
¿Por qué hablar del o de los «infiernos», y no hacerlo, mejor de lo bueno, del «cielo» o los cielos que también hay en esta vida?, Mi amiga fue clara en decir que, aunque es más difícil narrar lo desagradable, puede que sirva para que alguien evite cruzar esas puertas. En fin, quienes lean esta especie de reflexión, serán quienes sepan si haberlo escrito, sirvió para algo más que para conocer el “monólogo depurador” de mi amiga Bernarda, que llevado a lo físico, hace algo así como un lavado intestinal, pero para su cerebro.
Estoy seguro de algo: escribir sobre el infierno, hará que de su permanencia en él, quede algo más positivo que la restauración de las cicatrices de primero, segundo y tercer grado que le produjeron las llamas en el cuerpo y en su alma. Sé, mi amiga, que te inquietó el nombre o título que le puse a tu historia, sobre todo porque no te lo consulté, pero recuerda, que me dijiste “Cuéntalo a tu estilo”, y agregaste: Lo haría yo, pero no me gusta escribir”.
Por coquetería femenina, no quieres que diga tu edad, pero para que sea más fácil entender tu historia debo decir, que eres unos años menor que yo, que nos conocimos mientras hacíamos una especialización en el área de la salud. Nos hicimos amigos porque eres una persona alegre, agradable y recuerdo que, el primer día me dijiste: ¿vienes a estudiar o tu nos das el curso?. Me caíste bien, varios pensaban lo mismo, pero tú lo preguntaste, buena por esa, porque desde entonces fuimos creando esta amistad; por eso te digo que no entiendo, por qué esperaste tanto para contarme lo que te estaba pasando, tal vez yo podría haberte ayudado.
Es sábado, casi medio día, así que no fuimos a comer helado, sino que aprovechamos para almorzar juntos, fuimos a un gran centro comercial, y comimos unos creppes; yo, de carne de lomito, y ella de pollo. Retomamos nuestra charla. Desde que hablamos por primera vez de este espinoso tema, tenía una pregunta y era el momento de formularla: ¿Cómo llegaste a las puertas del infierno? ¿Qué te impulsó a entrar?
Siempre me han gustado los retos. En el colegio y en todas partes siempre quería ganar en todo, y creo que siempre lo lograba. Cuando estudiaba bachillerato, me encontré con una familia que era amiga de la mía desde hace muchos años. Son «turcos», bueno no sé si son de Turquía, sabes que a todos los de esos países, les decimos así. A ellos les gustaba reunirse en familia a jugar cartas por las tardes y uno de ellos hacia el bachillerato conmigo, me invitaba y con frecuencia yo iba, y fue así como me fui aficionando en el juego. Decían siempre: “Berna, tú tienes suerte, siempre ganas”. Jugábamos como entretenimiento y apostábamos granos de maíz, siempre tenían maíz, porque uno de ellos, tenía en el patio de la casa, uno o dos “gallos finos, de pelea”.

Animada, sigue Bernarda diciendo: ”Siempre pensé que uno de ellos vivía enamorado de mí, yo tenía unos 15 años, él era un poco mayor, pero cobarde, porque no fue capaz de «echarme el cuento», o tal vez era idea mía, lo cierto es que andábamos juntos en el colegio, me llevaba a su casa y era el más atento conmigo.
“Los granos de maíz nos aburrieron pronto y decidimos dejarlos todos para los gallos o para que los cocinaran e hicieran arepas o peto con ellos; comenzamos a jugar con monedas o billetes de poco valor, porque éramos estudiantes, y orgullosa me dice, casi siempre yo les ganaba. Ahora me pregunto: ¿de esos inocentes juegos quedó registrado algo en mi cerebro? No sé”.
Mira, en la universidad, algunos jugaban y me invitaron muchas veces, pero tú sabes que, en Medicina, por lo menos antes, no había tiempo para eso. En el año rural, en el pueblo, había grupos de amigos que jugaban, pero yo casi nunca participaba.
Bernarda recibió una llamada y me dijo: Tengo que hacer un reemplazo, pedimos la cuenta, la cancelé y salimos con el compromiso de volvernos a encontrar en dos o tres días.

De nuevo ahí estaba ella, la saludé, sobra que te diga Bernarda, que cada vez que nos vemos, me alegra y desde que iniciamos tu historia, espero ansioso que me nutras, para tener material y seguir, así que amiga, siéntate y me cuentas, cómo fue que entraste al Infierno, qué viviste dentro de él y cómo te las arreglaste para quedarte afuera, tengo mucha curiosidad; ella, con algo de timidez, reinició su historia:
“¿Has visto en las películas, cómo presentan de atractivos los casinos, sus luces y la atención que te brindan?
No puede ser de otra forma Jose, por eso una noche que pasé por el frente, las luces y el movimiento de personas en la puerta me llevó a entrar, me acerqué a su mecanizada puerta, no sin antes recibir un saludo del portero, un amable, “buenas noches señorita, siga por favor y que tenga mucha suerte”. Eso hice: seguir, y aunque lo había visto en películas, me pareció todo «muy bien puesto», con gran cantidad de luz, personas de buena presencia uniformadas, dispuestas para atenderte.
“Ya había pasado las puertas de Infierno, adentro no había candela, fuego o cualquier otra cosa, que te hiciera salir corriendo de allí; no, nada de eso, ese es otro tipo de infierno, acogedor, con personas amables, que a los pocos minutos de saludarte, te ofrecen algo de beber, te preguntan tu nombre, y de ahí en adelante ya todos sabían que me llamo Bernarda y que me gusta el whisky con abundante hielo y algo de soda”.
Después de unas dos vueltas por el salón, me detuve frente a un grupo que jugaba ruleta, veía los rostros alegres de uno o dos que recibían fichas multiplicadas, porque ganaron; miré un buen rato hasta que me cansé de estar parada, vi el aviso que anunciaba “las sillas son para los jugadores”, pensé, la administración tiene claro quienes sostienen y producen ganancias al negocio. Me quedó claro que de diez veces que rueda “la bolita de la suerte”, en la mayoría de ellas se escuchan expresiones lastimeras, como esos, “ohhh largos, estuvo cerca, esta no es mi noche” y muchas más, que se repetían una y otra vez. Estuve diez o quince minutos más, viendo cómo la diabólica bolita dejaba de vez en cuando que alguno explotará de júbilo, mientras la mayoría, con sus lamentaciones, abrigaban la fallida esperanza, de ser ellos los que gritaran de alegría; José, viendo esa ruleta, pensé que hasta con las matemáticas que sabe un bruto como Maduro, se da cuenta de que la sola ruleta podría sostener y dejar ganancias al Infierno.
Las conversaciones, me decía Bernarda, como si en ese momento las estuviera escuchando,si las pudiera uno grabar, darían para uno de esos cortometrajes o para una película de dos o más horas del género del suspenso y terror: “ves aquel señor delgado, de bigote mal arreglado y mal vestido, ese con cara de enfermo crónico?, si lo hubieras conocido, hace dos años, hoy no lo reconocerías, pues es de las “mejores familias” (interpreta, de los más ricos de la ciudad, porque aquí se les llaman, de las mejores familias, no importa que se maten entre sí, que sean delincuentes, eso no cuenta en esa sociedad); ese señor, continuó contándome Bernarda, ha sido rico desde niño pero, su abuela murió hace pocos años, era del top de los 10 más ricos, de las 10 mejores familias, su abuela dejó edificios, casas y dicen sus conocidos que finca ganadera y un gigantesco cultivo de palmeras de coco.
Con tono un poco triste, con expresión de estar reviviendo lo que me contaba, como si fuera de su propia familia, continuó: tal vez la abuela nunca pensó, ¿adónde iría a parar esa riqueza?, porque dicen aquí que los herederos de esa fortuna, son los habitantes más asiduos del Infierno; es cierto, nadie sabe para quién trabaja, por eso, esa máxima le da sentido a otra que dice: “disfruta en vida lo que trabajaste, no les dejes problemas a los que quieres”, en este caso es una gran verdad, entre los hijos y nietos, ha sucedido de todo, viven en una cruenta pelea por lo que trabajaron “los abuelos” y como si no fuera eso suficiente, Chicho, como “cariñosamente” lo llaman aquí en la ruleta número dos, más de una noche ha dejado de 20 a 30 millones de pesos y cuando esto sucede, el diablo, que “maneja todo” aquí adentro, hace que “Chicho”sea feliz y pegue varios gritos y golpee con alegría la mesa, salte de emoción, porque ganó 5 millones, que alegría.
Oye, le dije yo, ¿pero acaso, ese no fue el que perdió 20 millones la noche anterior? Si, así es, pero vieras, la alegría de “Chicho”, es mucho más grande que la de un niño que le entregan el juguete que siempre había soñado tener, su trencito eléctrico, así es la vida, pero a este personaje del momento, le hubiera ido mejor si, el casino, con recursos propios, le hubiera regalado un “trencito eléctrico”; pero el casino no iba a gastar unos cincuenta mil pesos en comprarle regalo a “Chicho”, prefirió devolverle 5, de los 20 millones que había perdido la noche anterior, para que saltara de alegría y la noche siguiente sea el primero en llegar y ansioso “ayude a abrir las puertas”. Bernarda se sintió cansada, me dijo: “Tengo mucho para contarte, pero tu escoges qué públicas y que no, esto puede hacerse eterno”. Acordamos nuestra próxima reunión y descansamos.


Hola Bernarda, ¿Cómo estuvo tu semana?: “Pesada, llena de temores, pero Jose, ¿me llamaste por algo especial?, sabías que hoy nos reuniríamos, ¿por qué la prisa?. Te llamé porque quería comentarte: tres personas me han llamado, dicen que de lo que sucede en el infierno, no se acaba de hablar nunca, pero lo que más les interesa es ¿cómo te las arreglaste para salir de él?; un poco afanda me contestó: “sabes, amigo, tienen razón, déjame acabar esta malteada y te cuento”.
Bernarda, cuando hablamos del tema por primera vez, tú me dijiste “Se puede salir del infierno”, y esa frase es impactante e importante, allá quiero que vayamos hoy. ¿Cómo hiciste para salir del infierno?, ella sonrió algo picarescamente y me dijo: “aunque me pica la lengua para contarte más de lo que vi y de lo que sufrí en el infierno, quiero darte gusto y darle gusto a quienes tú trasladas mi historia, que aunque estuve en él poco tiempo, ahora, me parece largo y desgastante”.
Respiró profundo, como si quisiera quedarse con todo el aire para ella sola, segundos después, con mucha lentitud, dejó escapar una gran cantidad del aire como si hubiera decidido que los demás, también teníamos derecho a una parte de la atmósfera. Fue como un suspiro de esos que se les escapan a los enamorados, cuando se separan en un puerto, y saben que lo más probable es que se cumpla aquello de, amor de lejos es amor de pendejos.
Su estado de ánimo, se notaba bien, sonreía con alguna frecuencia, aunque creo que, en esos días no le rondaba ningún cupido y que ese suspiro era para tomar aliento y dedicarse a hablarme sobre, ¿qué es la adicción llamada ludopatía? y cómo toda adicción, tiene mucha gente que te dice que no se puede dejar; al entrar en el tema, mostrando su desacuerdo con el pesimismo reinante, hizo en voz alta una pregunta: ¿Con qué bases lo dicen que los adictos no tienen cura?, y mostrando algo de inconformidad agregó, ¿acaso muchos marihuaneros de la época del “hippismo”, que ocuparon las más altas dignidades, altos cargos en el poder o sobresalieron en las letras y en el arte, ¿no dejaron de consumir?.
Parecía hablar consigo misma cuando expresó: “los científicos deben comenzar por preguntarse, ¿Qué había de diferente entre quienes dejaron la marihuana a un lado y los que se “perdieron” en ella? Eso, Jose, eso es lo que muchos psicólogos o médicos, terapeutas, deberían preguntarse, en vez de enterrar más a sus pacientes con sus tésis pesimistas.
Mi Colega, estaba entusiasmada, quizás porque esa era la pregunta que quería desde el comienzo contestar; me hablaba atropelladamente y le dije que fuéramos con calma, pero ella está muy segura de lo que sostiene y yo notaba, que quería “soltar” toda su forma de ver esto, tan aprisa que iniciaba de una forma, y al segundo, me decía, borra eso, yo borraba mi apunte y comenzaba de nuevo.
Por momentos sentí como si estuviera en alguna conferencia sobre adicciones, sobre todo cuando muy serenamente, hablando como si acabara de pasar una tormenta y se sintiera segura, dijo: “creo, amigo, que lo primero es reconocer que tienes “un problema, una enfermedad”. Oye, me decía como convenciéndome, ¿quiénes se mueren más de enfermedades cardiovasculares, los que se resisten a aceptar que están enfermos o los que te dicen, doctor qué debo hacer ahora?, ella ni esperaba, ni necesitaba la respuesta, cae por su propio peso, los primeros conocen mucho más rápido lo que hay detrás de esta vida.
Entonces arremetió, lo primero, si el enfermo, no reconoce su enfermedad, vivirá y perecerá con ella y muy probablemente, por ella. En eso, Bernarda fue muy contundente y yo pienso igual que ella. Después de otro profundo suspiro, continuó diciendo: “Segundo, mira no nos engañemos, en tu consulta, le has escuchado decir a más de un enfermo crónico: “doctor, a mí, me da lo mismo, no tengo a nadie, ningún interés en seguir vivo”; no fue necesario que terminara ese planteamiento, una vez más, tiene la razón: el paciente no solo debe reconocer su enfermedad, sino que debe tener razones poderosas para luchar contra ella, querer vivir, ser libre; esa es sin lugar a dudas la segunda condición para superar una enfermedad
Cuando uno oye, a un paciente decir: “no tengo a nadie, no tengo razones para vivir”, siente varias cosas, y una de ellas es que imperiosamente “debe hacer algo por él”, sin embargo cuando uno mira el reloj y piensa, ya casi se nos va a acabar el tiempo, entonces, es cuando uno odia la limitación del tiempo, porque esa consulta requiere mucho más, hay que ganar la confianza del paciente y entrar en materia, pero se cumplen los criminales 20 minutos y lo que terminas haciendo es remitirlos al psicólogo o al psiquiatra, sin poder siquiera escucharlos y muchas veces el paciente no cumple con la remisión.
Lo segundo, insiste Bernarda, es tener “una razón para vivir”, la más fuerte, la salvadora, suele ser la familia y eso, hoy en día, con tantas familias disfuncionales, suele ser complicado; mira, lo he visto en otros, llamaban a sus familiares y parecían decirles con desesperación, “sáquenme de aquí”, como cuando en el mar alguien se está ahogando y saca los brazos con esperando que alguien los agarre; en este caso, José, “la familia es el más grande apoyo”.
Bernarda me dice: “yo por momentos quisiera ser psicóloga o psiquiatra, para dedicarme a esa enorme población y estas serían mis tres primeras preguntas: ¿te sientes enfermo?, ¿quieres sanarte?, ¿tienes familia?; y después les pediría, en la próxima consulta, que debe ser muy pronto, vengan con parte su familia, ojalá con aquellos en quienes más piensa., cuando quieren salir de ese infierno. Me pide algo Bernarda y es que resalte mucho dos puntos: “la voluntad del enfermo para sanarse y el apoyo de la familia”, porque dice son los pilares para lograr el cometido.
“Si reconoces el problema, si tienes voluntad, ganas, coraje suficiente, continúa mi amiga, un poco exaltada, te garantizo que, si a eso le sumas el apoyo, el amor y mucha fe en Dios y en ti, los libros y los científicos, pueden decir lo que quieran, pero “Se Sale Del Infierno”; José, yo lo padecí, por eso me había apartado de ti y de todos y mírame ahora, soy normal y hasta creo que mejor persona que antes.
Me emocioné, le creo, porque cada vez más la medicina se basa en evidencias, y ella era para mí, la más grande “evidencia”. Viendo todo ésto, creo que la fórmula para curar la ludopatía debería llamarse: “Tratamiento Bernarda”; cuando se lo dije, se echó a reír y me dijo: “José, muchos, lo han logrado, como en otras adicciones; te garantizo que, si falla alguno de los componentes descritos, el fracaso es casi seguro”.
Nos quedó claro que cuando escribiera esto, la historia llegaba a su fin, pero con la esperanza y la ilusión de que lo que ella vivió, lo que ella dejó atrás, le brinde ánimos, le dé fuerzas y el valor suficiente a quienes reconocen su enfermedad, quieren salir de ella y buscan apoyo para hacerlo, lo logran. En general, no sé si existan los “imposibles”, pero tengo claro que cuando soñamos dejando un píe en tierra, cuando lo que deseamos le podemos dar forma en lo imaginario, cuando creemos en las cosas que otros llaman imposibles, y le colocamos toda nuestra energía “sólo a eso”, lo logramos y lo imposible, deja de serlo.
En nuestro prolongado abrazo, aprovechó para decirme: “diles que es posible, que es más fácil si conforman un equipo de apoyo, pero aún si no lo tienen, sigue siendo posible, solo que deben duplicar el esfuerzo y ponerle triple ración de amor y dedicación a conseguirlo”. Mi amiga Bernarda y yo, los invitamos a lograrlo.
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