¿NOS VAMOS EN AUTO STOP?

Eran aquellos años prodigiosos, en loa que podías aún confiar en la gran mayoría de las personas, podías caminar de un pueblo a otro, en cualquier sitio de España, de Italia, de Francia; más allá del país galo no me atrevo a asegurarlo; además, no hice grandes caminatas, lo mío no era caminar, lo hacía solo cuando me apetecía hacerlo, no era deportista, no estaba obligado a hacerlo y pocas veces caminé de una a otra población, solo cuando el arrugado mapa que meses atrás había tomado de la Oficina de Turismo, el que muchas veces servía de envoltorio de algo que ya no cabía en la apretujada mochila, me indicaba que la distancia era corta y los noticieros informaban que el tiempo era propicio o cuando nadie me “recogía”.
Una fiel tienda de campaña pequeña, de tela impermeable, color verde oliva,

que se recogía haciendo un rollo que guardaba en una bolsa cilíndrica haciéndose más cómoda para cargarla debajo del brazo, su peso era poco, pero con el paso de las horas molestaba sostenerla. Mi espalda, tenía dueña y ningún elemento de viaje, le competía, porque  mi mochila se jactaba orgullosa y pretenciosa de ser dueña de ese espacio de mi anatomía que solo llevaba unos veinte o veinte y tantos años dando vueltas por donde el tiempo y las oportunidades se lo permitieran, eran mi tienda y mi mochila como aquellas “novias” de los veranos, tenían los mismos intereses, andar, conocer y dejar lo andado atrás, sin darle más trascendencia que lo vivido en el verano, se podría modificar una frase que ronda por todas partes y  decir “lo que sucedió en el verano, ahí se queda”

La Libertad, sumada a la Seguridad, eran más del 60% de la felicidad de cualquier joven como yo, que gustara de conocer, de andar a su aire; “el otro 40% se conseguía en el camino” y en algún caso si había suerte, el letrero con el nombre de la siguiente ciudad a la que querías llegar, era felizmente leído, por alguna bella dama que conducía su vehículo y que muchas veces también estaba buscando conocer durante el verano; hacías señas con tu dedo pulgar, la seña universal de la época, la de “por favor llévame”; si se detenía, a pesar de que tu cartón decía claramente a dónde te dirigías, casi siempre te preguntaban,  a ¿“dónde vas”? , la pregunta no era tonta, porque, la hacían para decir que ese no era el destino de quien te recogía, pero te podía dejar “en la vía”, tú decidías si te convenía o no subirte.

En las carreteras éramos muchos haciendo auto stop, lindas chicas usaban el mismo método para conocer el mundo, curiosamente las menos “agraciadas por la madre naturaleza” usaban poco este sistema para recorrer el mundo, aunque va a sonar duro y hasta cruel, ese sistema de selección que ellas mismas parecían haber creado, garantizaba que casi todas las que hacían autostop eran por lo menos bastante atractivas.
Las placas del coche o la nacionalidad de la conductora, no tenían importancia, había sido recogido, me subía y había empezado una nueva aventura en “auto stop”; como estudiante, cualquier otro sistema de viaje, resultaba

costoso y aunque con el tiempo el tren también me apasionaría para viajar, en esos primeros años en España, nada opacaba el auto stop, éste tenía sus ventajas, una de las cuales acabo de mencionarlas, además recuerden que casi siempre  por lo menos yo, solo podía hacerlo en los veranos y el efecto sol actúa directamente sobre los melanocitos que nos llenan la piel de ese pigmento apetecido en los años  juveniles, Melanina sinónimo de bronceado será por eso que la mayoría de los jóvenes buscábamos llegar a alguna playa, tendrá que ver aquella vieja canción “vamos a la playa, calienta el sol”, será que solo buscábamos la Melanina para broncear la piel o también pensábamos en que nuestro cerebros cuando el sol se ocultara nos iba a inundar a través de la glándula pineal de la no menos querida Melatonina, fantástica hormona que comúnmente es consumida para regular el sueño, pero que Dios en su infinita sabiduría le dio muchas funciones más, entre ellas reviste especial interés y sobre todo en los tiempos del auto stop, el modular la producción de estrógenos y progesterona, encargadas del buen funcionamiento de nuestros sistemas reproductores.

Pigmento y hormona que de diferentes maneras y con diferentes horarios nos  decían que el bronceado y la oscuridad, lejos de ser contradictorios eran buenos alcahuetas; si a eso le sumamos que, quien te recogía sabía que eras un estudiante o lo sospechaba fuertemente, más si sucedía en las vacaciones de verano; era fácil intuir que el estudiante llevaba el alma llena de alegría, de ilusiones y  los “bolsillos vacíos”, por lo tanto quién te recogía sabía que, eras su invitado salvo que en la mochila viajera fuera algún vino barato que era siempre bien recibido con la agradable presentación de ser “un vino de la cosecha, de la región” , que me consta tenía varias propiedades, solía ser casi milagroso.

Subirte a un vehículo, del que no conoces su conductora, digo conductora porque, cuando veíamos que conducía un hombre, poníamos el cartel de espaldas o lo bajábamos, que  no sabes, ¿qué tan bien conduce, ni que tan agradable sea su charla, ni de dónde viene, ni hacía dónde va?, era ya en sí mismo el “inicio de una aventura”, acercarse a lo desconocido; aunque normalmente, quienes nos recogían solían  ser personas agradables, jóvenes como nosotros y con el mismo espíritu aventurero, con ganas de conocer

gente nueva y tratándose del verano, el ambiente en general era muy alegre.

Estábamos en aquellos años, donde todavía la mujer demostraba su feminidad y el hombre su masculinidad, existían los mismos dos géneros que siempre existirán y aún no había influencias de las mal llamadas “feministas”, existían como desde siempre personas con gustos sexuales “diferentes” y hasta ahí llegaba eso, las parejas que se constituían ya fuera para una aventura veraniega o para pasar la vida juntos solían por no decir que eran todas conformadas por el binomio mujer- hombre y por eso la especie humana, por lo menos la Europea en esos tiempos no estaba en “peligro de extinción”, eso es relativamente nuevo y para no herir susceptibilidades no entraré por lo menos hoy en ese tema.

En aquellos años a la mujer, le gustaba ser admirada, atendida, respetada y tenía esa “sutileza” que nos hacía creer que la conquistábamos con nuestra forma de tratarla, con nuestras frases hermosas, aunque la verdad sea dicha, muchas veces     nosotros éramos “los conquistados”, algo así como el cazador, cazado, muchos por “machismo” no querrán reconocerlo, pero siempre ha sido difícil resistir esa  primera mirada, esas sonrisas, que siempre suelen ir acompañadas de una voz que se convierte en algo más dulce que la miel cuando de conquistar se trata.

Siento decepcionar, a los que se sienten “conquistadores”, pero debemos aceptar que en la mayoría de los casos fuimos conquistados.

Con los años, “se perdió la seguridad y se restringió la libertad”, lo que prácticamente acabó el auto stop. Recuerdo triste de 1986 cuando en uno de mis viajes a España alguien me dijo: “ni se te ocurra pensar siquiera volver a hacer autostop, eso ya no es posible y me enumeró la lista de peligros a los que me podía ver sometido si lo hacía, en ese momento una bella práctica de la humanidad por lo menos para mí, fue encerrada en un cuarto oscuro de paredes dobles y la llave se perdió en el tiempo; tengo claro que nací para vivir, pero lo de ser “héroe popular” no va conmigo.

Así se fueron perdiendo muchas cosas más, por eso los que vivimos y disfrutamos de los años 60, los 70, en los que la juventud leía libros del interés de cada uno, de  esa literatura bella y cautivadora  disponible en casi todos los idiomas, en la que escuchar música era una pasión, porque las canciones reflejaban el romanticismo, se componía y se cantaba al amor, a las mujeres, a su belleza, su feminidad y  en ellas, eran respetadas, exaltadas y a ningún compositor se le ocurría insultar su belleza, su femineidad, ni su coqueta delicadeza, En aquellos años, en compañía de una amiga, una guitarra y unos buenos vinos, se podía amanecer en cualquier parque o alameda; no eras molestado por nadie, y tú procurabas no molestar.

Regresemos al camino, a la salida de Santiago de Compostela, volvamos al letrero en mano que en letras grandes decía “France” (involuntariamente se me escapa  un  suspiro); lo escribía en francés, para llamar aún más la atención, total, entre escribir Francia o France no existía gran diferencia, todos sabrían a dónde querías ir; colocarlo en francés, sonaba más interesante para las españolas;  podías también indicar la ciudad que te interesaba, Burdeos por ejemplo, aunque  escribir France, abriría más el abanico de posibilidades.
Si quien se detenía con intenciones de llevarte iba vía a Paris, Leman, Chantilly o Fontainebleau, igual podrías ser su compañero de viaje; solo tenías que bajarte en aquel pueblo o ciudad que estuviera más cercano a tu destino. Mis amigos y yo sabíamos que lo mejor que te podía pasar era que te recogiera alguien que viniera de lejos y que fuera hacia una población aún más lejana; de Santiago a París en un viaje normal, un conductor avezado demoraba unas 18 horas; a Burdeos podían ser unas 10, pero lo interesante es que ellas, se podrían convertir en muchas más y podrían incluir la posibilidad de parar en algún pueblo para descansar.
Que viva esa libertad, en la que jóvenes y adultos podían practicar aquello de hacer el amor y no la guerra; épocas en las que nadie te obligaba, nadie te violaba, ni te secuestraba, donde pasar el verano era solo eso, “pasar juntos ese verano” y la palabra amor se reservaba para contadas excepciones.

Un trayecto largo era lo mejor, te obligaba a detenerte varias veces, y te permitía “ligar” si es que valía la pena, pero si no era el caso, te bajabas en la primera oportunidad. Cuando el trayecto era “lluvioso”, la lluvia era bienvenida, y podías aplicar la vieja frase “que chova”. Yo iniciaba mis viajes casi siempre desde Santiago donde estudiaba medicina, era uno de los lugares más lluviosos del mundo, con una lluvia suave pertinaz y alcahueta,  que favorecía los romances, total la lluvia, el sol, la oscuridad, el mar, el campo, cualquier cosa era buen tema para romper el hielo y comenzar a hablar, cuando el deseo de comunicarse era común.

Mi cartel de «France», surtió efecto y una joven hermosa detuvo su vehículo para recogerme; sonreímos, pero, algo se atravesó por mi cabeza, le pedí disculpas, se extrañó, le dije: «me acordé de algo, aún no puedo salir de Santiago», nueva sonrisa y adiós. Viajar casi que, de cualquier forma, ha sido y sigue siendo para mi “de lo mejor que puedo hacer, creo que a eso se le llama pasión”, sin embargo, hice mis cuentas de tiempo y decidí que era más prudente dejar preparado mi próximo examen de Fisiología y retrasar por tres o cuatro día mi afán de ir a la vendimia y conocer, conocer es para mí de lo más importante.

Tampoco quiero irme de viaje, sin contarles tres o cuatro cosas de Galicia, decirle que la región gallega tiene todo aquello que puedas soñar; sus ciudades tienen partes antiguas, donde cada piedra, cada casa, cada monumento, iglesia, tasca o bar, parece estar diciendo: “déjame contarte mi historia”; y cuando permites que sus piedras te hablen, que sus monumentos te cuenten sus historias, que los sombríos de los árboles en sus parques te cuenten sus cuitas, te enamoras ,forzosamente si estás “vivo” te enamoras de esa Galicia de múltiples colores, donde el verde tiene muchas tonalidades y te las muestra en pocos metros de recorrido, sus mares te invitan a jugar entre colores verdes y azules intensos, sus rías te obligan a querer probar las riquezas de los mariscos que entre el río y el mar, parecen cuadros pintados por algún loco o por un poeta que encontró un pincel y un lienzo y quiso plasmar su enamoramiento. Galicia, es una única con sus aldeas, pequeños pueblos y con toda su historia, sus cuentos de brujas, de poetas enamorados y de quien sabe cuántas cosas más; Galicia debes visitarla antes de tomar por última vez tu maleta.
No soy un historiador; les dejo el trabajo, de conocer la historia de Galicia, de cuyo gentilicio tomó su apodo «ULF, el gallego”, un vikingo que se enamoró de sus tierras por el año 840. Tomen un momento investiguen sobre Galicia y enamórense, eso sí tengan cuidado por las mezclas de Vikingos, Celtas y otros los pueden hacer quedar prendados de alguna gallega

Volvamos, comencemos otra vez el camino, sin olvidar que en esos años podíamos hacerlo porque se conjugaba la aventura y seguridad, por eso podíamos andar tranquilos, sin embargo como les dije renglones atrás, algunos años después se perdió la seguridad y pasó a ser riesgosa la práctica del autostop, mi predilección cambió hacia los trenes; todos los países de Europa tienen una estupenda red de trenes, que se articulan con el metro y otros sistemas de transportes públicos, suelen ser muy eficientes y económicos.
Si tenemos en cuenta que España tiene unos 16.000 kilómetros de línea férrea, de los cuales, unos tres mil son de alta velocidad, eso significa que después de China, España ocupa el segundo nivel mundial en número de

kilómetros de trenes de alta velocidad (AVE), es decir, se puede ir a casi cualquier sitio del país en tren. Qué tal si descansamos por hoy, mañana la próxima narración la haremos en dos partes; en la primera de ellas les compartiré algo más sobre Galicia y algo sobre  San Sebastián, ciudad situada a unos 20 kilómetros de la frontera con Francia y sobre  su paradisíaca bahía de La Concha; luego en la segunda parte, pasaremos a la frontera,  cerca de San Sebastián, de Hendaya, sitio a donde fui a trabajar con otros estudiantes como yo, provenientes de distintos lugares del planeta,  en una etapa de vendimia.

Esta decidido, te invito a acompañarme en este paseo en auto stop, eso sí, él truco para lograrlo más rápido, es que tú hagas tu propio letrero y yo el mío, nos situamos a la salida de Santiago tipo 8 a m, siempre es más fácil recoger a un viajero que a dos o más; por eso los que vamos a la vendimia, nos ubicamos separados, cartel en mano y acordamos vernos en alguna ciudad intermedia; allí, el que llegue primero, espera por unas 4 horas a los compañeros, si ninguno lo hace no es problema, lo importante es llegar al albergue que en esta ocasión será en Burdeos, punto final de reunión al que si no concurriéramos, tampoco habría problema, la libertad de cambiar de rumbo está ahí y casi siempre depende de “a quien conozcas en el camino”, tenlo presente, lo único realmente importante en este viaje es “pasarlo bien, conocer lo más que puedas y llenar el alma de muchas inquietudes que jamás lograras tener si te quedas estática viendo tu verano pasar, arma tu mochila y enrolla bien tu tienda, son tu responsabilidad y cada quien carga la suya, vamos es la hora, despierta van a ser las ocho y el camino puede ser infinito.

Salimos de Santiago de Compostela, bella e histórica ciudad, que como les decía antes, cada una de sus piedras guarda una historia, que lucha por aflorar, que gritan pidiendo que se conozca, pero esto es tarea para los historiadores. Su gente cosmopolita, su catedral, su Universidad, su hermosa facultad de Medicina -en la cual estudié 6 años- sus parques, la Alameda o Paseo de la Herradura, sus tascas, su gastronomía y en ella, mi plato favorito, el “pulpo a la feria”, el cual me enseñaron a preparar con tanta acuciosidad, que pretenciosamente creo competirles, les dejo una foto para provocarlos.

Para ustedes que me están leyendo, renuevo mi invitación, cuando pase la pandemia, hagan maletas, los más jóvenes llenen su morral; Santiago, Vigo, Pontevedra, Combarro, La Coruña y de ahí vayan a recorrer en bus, tren o en vehículo alquilado, toda Galicia, descubrirán una naturaleza prodigiosa donde en el campo en un metro cuadrado, observarán más de 10 tonalidades de verdes; esas eran las tierras que Celtas, Vikingos, Romanos, anhelaban poseer y por las que  guerrearon tanto; encontrarán vestigios de todo eso en sus portales, monumentos, iglesias y hasta en sus piedras; observen todo ello con cuidado.

Estaba muy contento; comenzaba a caer un chubasco, cuando intempestivamente  un “coche” frenó frente a mí; abrí la puerta al tiempo que saludé ¿Hola, yo soy José y tú?, saludo con alegría a una chica que tan pronto se detuvo se quitó sus gafas, para mostrarme, que le robó el color al mar mediterráneo y coquetamente, se lo puso en los ojos; “Georgina, y puedo adelantarte unas dos horas, después me desvío»; le dije sin ocultar un poco de emoción, «para mi está muy bien, además me has salvado de la lluvia que estaba comenzando a caer; en cuanto a las dos horas, veremos, no tengo afán por llegar a Burdeos”. Tal vez pudo ser por mis 22 años, pero Georgina esbozó una sonrisa de esas que petrifican y dijo: “si vas a la vendimia, apenas está comenzando en la mayoría de los viñedos de Francia; yo tengo ganas de ir, siempre en estos meses digo que quiero ir y al final me da pereza y cambiando de tema, ¿Qué estudias en Santiago?, Comenzó a llover.

Medicina, comenzaré mi tercer año”, le contesté; ella volvió a petrificarme y yo guardé silencio, quería que ella iniciara de nuevo la charla, eso me daría alguna ventaja y así fue, “yo inicié arquitectura, pero la dejé, creo que estudiaré música, aunque mis padres no van a estar de acuerdo, ya los convenceré, ellos son de Montevideo; yo nací allá, pero me vine a estudiar a Madrid; ¿has ido a Madrid?,  allí tengo un piso de mis padres y lo hábito hace dos años, si algún día vas a ir me avisas, si estoy sola, puedes bajarte allí”.

Dios mío, cuánta información, te debo ir a una misa, que afortunado soy; debo procurar no petrificarme cada vez que sonría o se me va a convertir en Medusa, la guardiana de la mitología y quedaré en este viaje petrificado; antes, por el contrario, con tanta información, llegó el momento de sacar provecho: “No conozco Uruguay, pero no imaginaba que hubiera chicas tan lindas, debes dar gracias a que yo no soy presidente de tu país”. Respiré, ansioso de que ella recogiera mis palabras y eso hizo: ¿Qué pasaría si tu fueras nuestro presidente?, yo un poco tímidamente, respondí, “para algunas cosas soy egoísta y no puedo sino imaginarme mi primer decreto presidencial: para todos los efectos, se prohíbe la salida de Georgina del territorio nacional”.
La risotada de Georgina, tan alegre y espontánea, duró varios días alegrando mis oídos; era una risa fresca, primaveral y lo mejor vino después, habíamos recorrido varios kilómetros y yo comenzaba a angustiarme, el tiempo era mi enemigo y la velocidad del coche también, en ese momento tenía que lidiar con esos dos enemigos; Dios, a quien en silencio invocaba, vino en mi ayuda, Georgina me preguntó: ¿conoces La Coruña?, le respondí que sí, que casi tanto como a Santiago, ella, continuó diciendo “yo también la conozco, así que mejor no entremos, vamos hacia Oviedo que no la conozco, y tú, has estado alguna vez?”; motivo de alegría para mí Oviedo estaba como a 4 horas y no hemos hablado de donde bajarme, eso está muy bien para mí y supongo que también para ella.

Pasamos La Coruña y tomó la carretera hacia Oviedo, por raticos ella canturreaba una canción de su país, no recuerdo la letra, pero creo que le producía algo de “moriña” como diría un gallego, nostalgia como decimos nosotros. “esa canción me la canta aún mi padre y él sigue creyendo que soy su niñita todavía; en Oviedo, me encuentro con dos amigas, yo te las presento y ahí vamos a decidir hacia dónde nos dirigimos, porque por teléfono no nos pusimos de acuerdo cada uno de nosotros dio un lugar diferente, si quieres propón irnos hasta Francia, a mí me gustaría, pero soy la dueña del coche y no quiero imponer».
Georgina con esas palabras, llevó música celestial a mis oídos, así que, viendo esa disposición me lancé y le dije: “a mí, no me preocupa desviarme y llegar cualquier día a Burdeos, contigo me siento más que bien; yo haré la ´propuesta, oye, ¿ellas viven en Oviedo o es un punto de reunión?, me contestó en el acto, como si esperara la pregunta, «ninguna vive allá, viene de distintos lugares de España, yo debo esperar 3 horas o mejor dicho, la que llegue primero, espera hasta tres horas por las otras dos y si no llegamos, quien lo haya hecho queda en libertad de armar su viaje, tú sabes cómo son estas cosas, de todas formas llegamos a una buena hora para unos vinos, unas tapas y mejor buscar dónde pasar la noche y continuamos mañana».

Era más que suficiente, para imaginar dos panoramas, uno en que sus amigas hubieran llegado y  presumí que las dos chicas fueran agradables, pero no tan lindas como Georgina, total, ya yo estaba prendado de ella, enamorarse a esa edad, debería ser una Ley y el que la redacte debe ser congruente y escribir: “en los casos en que el joven se encuentre haciendo auto stop y tenga la fortuna de  encontrarse con Georgina, dispone de 45 minutos para enamorarse, de no hacerlo, recibirá el castigo que en la reglamentación de esta ley se establezca” , de todas formas, yo no tendría problema, porque mis padres me inculcaron lo de respetar las Leyes y creo que en +este caso lo hice en tiempo récord; en el segundo escenario, no llegaban y todo sería más fácil, vendrían los vinos, luego a filosofar sobre cualquier cosa, hablar de la pasada vendimia, hablar de la importancia de los cambios que el hipismo trajo a la sociedad, charlar sobre la forma y el color de la botella que nos hayamos consumido, en fin hablar de lo que fuera, pero seguir, con unos vinos más, hasta tocar el tema de dónde ir a dormir, en mi tienda cabemos los dos y en el mapa hay cerca un camping regulado o simplemente podíamos instalarla en cualquier campo o también quedaba el recurso de pensiones y hoteles.

“Si quieres paramos en Gijón, de allí hasta Oviedo tenemos tres rutas, la más larga tiene menos de 50 kms, podemos tomar unos vinos, unas “tapas” y tardaríamos menos de una hora para llegar a Oviedo”; la propuesta que me hizo me gustó mucho, iba a mirar disimuladamente cuántas pesetas llevaba, pero recordé haberme guardado 850, porque en la vendimia, ganaría un promedio de 30 francos nuevos diarios, que llevados a pesetas era una buena cantidad, así que yo trabajaría 7 a 15 días y seguiría dando tumbos en auto stop un tiempo similar y regresaría con algunos francos en el bolsillo; tenía con qué pagar muchos vinos y hasta una pensión si ella no quería hacer camping y si aceptaba o decidía pasar esa noche conmigo; hasta el momento todo marchaba súper bien.
Llegamos a Gijón, le comenté que había leído sobre esa ciudad porque era uno de los muchos “pendientes” que  tenía por conocer en España; le hablé del

pasado romano de la Villa, de las Termas Romanas, le dije que tenía curiosidad por conocer las sidrerías, sitios típicos donde sirven la sidra, que es una bebida de bajo volumen de alcohol que oscila entre 2% y 8%, elaborada con jugo fermentado de manzanas o peras; después debíamos pasar a ver el Elogio del Horizonte, las playas de San Lorenzo, el Museo del Pueblo de  Asturias y otras sitios más; quería que supiera que me gustaba conocer con algunas bases de vez en cuando, porque la verdad, prefería llegar neófito y empaparme sobre ellos, en los sitios que visitaba. ¡Dio resultados!llegamos, aparcamos, ella sacó de una bolsa una bota para vinos, la llenamos en el primer bar que encontramos y comenzamos a tomar y caminar.

En cuestión de una hora, la bota necesitó llenarse de nuevo, cosa que hicimos en una tasca por dos «duros», moneda cuyo valor eran 5 pesetas, pero ya era el momento de sentarnos en una tasca para acompañar vinos con tapas, así que buscamos una terraza y a tomar los “vinos de la casa”, con sus acostumbrados acompañantes. El vino, hace milagros y de un momento a otro la conversación giró sobre el camping, lo que ella nunca había hecho; a su padre, le parecía peligroso; yo le expliqué la libertad del camping, la ventaja de ver las estrellas noche mientras te quedas dormido, y además esa noche el cielo estaba lleno de estrellas, no es cuento, estaban allí y parecían puestas ahí solo para nosotros, Georgina miró hacía el cielo y se dio cuenta que todo era verdad, fue el cielo el que la convenció.

Un vino más y, “yo tengo que manejar Jose, ¿Qué te parece si miramos en el mapa ese camping cercano, mejor que sea “organizado” y nos llevamos el vino jamón y otras cosas para allá?, yo asentí, partimos y a menos de 25 minutos, encontramos uno, en el que decidimos quedarnos. No sé si fueron los vinos, las hormonas de nuestros 20 y 23 años, pero podríamos jurar que cuando nos acostamos ya estábamos enamorados y al amanecer un poco más. El amor nos hizo cambiar la ruta y de Gijón salimos hacia San Sebastián, para continuar a Hendaya, pueblo francés fronterizo.

Le gustaba que le fuera contando lo que yo hubiera leído de cada pueblo, pero de los pequeños que había de Gijón a San Sebastián, no había leído nada, sin embargo, ponía mi imaginación a volar y le contaba muchas cosas; creo que llevé a los antiguos Romanos a pueblos que ellos nunca fueron.

En la tercera parte de este estupendo viaje les contaré algo sobre San Sebastián, nombrada también como Donostia, -Señor del Puerto-; unos dicen que ese nombre es en el lenguaje euskera y otros dicen que deriva del latín

Solo un poco de Gijón, con su hermosa Plaza Mayor, donde funciona el ayuntamiento, grupo de personas, encabezado por el alcalde  y sus concejales, que se encarga de gobernar el municipio; en sus portales hay varias sidrerías, que son como ya mencioné,  típicas y donde te atienden de tal forma, que quieres quedarte allí por muchas horas. Vamos camino a Hendaya, interesantes pueblos y ciudades se encuentran en el trayecto. Georgina, dijo algo que me gustó, “en cada sitio decidimos si nos detenemos un tiempo o seguimos derecho, te parece?”, claro que me parecía bien, no solo porque el coche era de ella, sino porque era mi estilo, no casarme con ningún lugar antes de llegar a él, además, no se ella, pero yo ya me había enamorado.

Nos esperaban mínimo cuatro horas de viaje, que podían convertirse en muchas más, o quizás en uno o dos días; ya lo habíamos hablado, no había ninguna prisa, ella estaba de vacaciones conociendo y yo, aunque quería llegar a Burdeos y participar en la vendimia,  no estaba obligado a ello; se decidía que hacer hora a hora; pasamos por poblaciones de nombres curiosos y llamativos como Villaviciosa, Ribadesella, Portua, Portugalete, Aire Portua y enfilamos hacía Donostia o San Sebastián, que es parte del País Vasco y capital de la provincia de Guipúzcoa, y de ahí al paso de fronteras. Desde siempre los Pirineos han sido la frontera natural y han predominado tanto en el deslinde conocido como Tratado de los Pirineos en 1959, como en el Tratado de Bayona, iniciado en 1.856.

Francia, nos esperaba con su mejor sonrisa a pocos kilómetros; nosotros, dos jóvenes más que pasan la frontera para conocer, empaparse de algo de su historia, compartir sus costumbres y pasarlo bien. Hasta el momento ni Georgina ni yo, habíamos pensado en preguntar, ¿hasta cuándo te quedarás?, ¿te vas a quedar en la vendimia por unos días? u otras cosas que en esos momentos para ambos ya empezaban a ser preguntas importantes; fruto de nuestra juventud, enamorarse en verano, desenamorarse y volverse a enamorar en cada estación, era casi lo más natural.

La Bahía de la Concha nos sedujo por unas horas, casi que nos vemos “obligados” a recurrir de nuevo a la tienda de campaña; ¿culpables? hubieran sido los vinos, alguna cerveza, que esta vez acompañamos con una comida más formal. Menguaban nuestros recursos y decidimos pasar la frontera y llegar a Hendaya. El problema es sencillo, a esas alturas del viaje, queríamos poder quedarnos en cada pueblo; todo comenzaba con unos vinos, el mar mediterráneo que se había definitivamente trasladado a los ojos de Georgina quien con cada mirada me bañaba suavemente, como cuando una ola termina plácidamente su recorrido en una playa, oculta a los ojos de los demás.

Nuestro truco, consistía en que ella o yo hablamos sin querer, sin darnos cuenta, del tema de acampar; benditos para siempre deben ser los campings de aquella época; no sé si algún Papá se acordó de impartir su bendición a esa forma de vida; pero he visto que lo han hecho a cosas que lo merecen menos. Los campings, para mí son sinónimos de naturaleza, de aire puro y tienen un olor y un sabor inconfundible a la libertad.

Ahí está Hendaya, a la cual, si quieres presumir de conocer su nombre francés, solo cámbiale la a final por una e, ya la estás nombrando en francés. El tiempo, pienso ahora, a ninguna edad da para todo lo que quieres hacer, de ahí es que existan sabios enseñando la “organización del tiempo”, de ahí, de esa dificultad permanente que crea el tiempo, de esa creencia intrínseca que se tiene de “no alcanzar nunca para hacer ni un mínimo porcentaje de lo que sueñas”, es que nació la necesidad de planear tu día, planear tu vida y comenzar a volverla obligatoriamente más aburrida.

Yo soy un agradecido con la vida, ella me ha tratado siempre bien y yo hago lo mismo con ella, pero el tiempo, se ha vuelto una especie de enemigo desde que chinos, egipcios e incas comenzaron a hablar del “reloj solar.” En días como aquellos, con Georgina, no le estaba agradecido a quienes tuvieron la idea de construir los relojes, mucho menos ahora, que el “progreso” nos hace hablar de minutos, segundos y milisegundos; como nos dificultaron la vida esos señores y los que se dedicaron a mejorar esos relojes.

Mi reloj, se había quedado en Santiago y Georgina me dijo: «la víspera de iniciar este viaje, mi reloj se me cayó de la mano y a pesar de lo costoso, no lo lamenté, fue un muy buen reloj, se portó muy bien y se dañó, así, que no será culpa nuestra sino controlamos el tiempo bien, por algo no llevamos reloj, eso es bueno, nos guiaremos por lo que en el momento queramos hacer.” Qué más se puede pedir, pensábamos tan parecido, que deberíamos haber seguido juntos toda la vendimia y quién sabe cuánto más. “Georgina, pongo Hendaya a tus pies”.

Linda frase, que seguro me salió, por la cercana “Isla de Los Faisanes”, que se encuentra entre nosotros y la población de Irún; allí en los años 1.500  a 1.650 se agarraban por un “dime y direte” los reyes de Francia y España, tanto así que llegaron a tener prisioneros a hijos de ambas estirpes, que después intercambiaron en la isla; fue el famoso “intercambio de infantas reales”, por un lado Isabel, hermana del rey Francés Luis XIII prometida del monarca español Felipe III y por el lado español Ana de Austria, hermana de Felipe y prometida al rey Luis XIII.  Como pueden ver, el mundo viene un poco loco, desde hace mucho tiempo; Georgina me dice que ese embrollo de tomarse prisioneros entre personas que iban a contraer nupcias no lo entiende, la verdad yo tampoco, se los dejo para que vayan a los libros de historia y desenreden eso, si pueden.

Para llegar a Burdeos, en nuestro plan, lo mejor era ir conociendo algunos pueblos costeros; son muchos y muy diversos en su orografía, en lo que tienen para mostrar; pasaremos por algunos para tomar uno o dos vinos; pequeños pueblos como San Juan de Luz, Biarritz o Bidart, cuyo principal atractivo es su terreno escarpado, sus acantilados que te ofrecen maravillosas vistas hacia el océano. Más adelante llegamos a Bayona, con su reconocida catedral y sus palacios: el Châteu Vieux y el Châteu Neuf. Siempre pasa lo mismo, mucho que ver, mucha historia que aprender y el reloj natural aquel que guiaba desde “los tiempos la siembra”, ese mismo, querámoslo o no maneja nuestras vidas.

Burdeos, ciudad irremediablemente bella, que desde tiempos remotos conoció una de sus más grandes vocaciones, el cultivo de la uva y la producción de vinos famosos en el mundo entero; cientos de marcas dan fe de ello, no es mi función ahora mencionarlas, pero su exportación “obligada” se dio durante la ocupación inglesa, la que sufrieron desde siglo XII al siglo XV. Los ingleses denominaron a los vinos de esa próspera región como Clarete. En este viaje, voy a trabajar en la vendimia unos 15 días, pero Georgina, quiso conocer de la mejor forma la vendimia, participando en ella, lo cual resultó agotador para ella o tal vez era momento de acabar con el hechizo, pues a los 4 días me dijo: “Jose, no sé cómo tantas chicas se aguantan este trabajo, yo no puedo más, mañana nos despedimos, trataré de visitarte en Santiago y prometo, que te escribo para mantenernos en contacto”.

Se llevó el mar Mediterráneo en sus ojos, era de esperar; sabíamos desde el primer momento que eso era así, pero no negaré que Georgina me dejó su risa, su aroma y su dulzura, y estos me acompañaron algún tiempo; por varios días las uvas, el vino que allí mismo se producía y que nos dejaban tomar en todas las comidas en abundancia, jarra tras jarra, llevaba una marca que solo yo podía ver “Georgina producido en 1.973”. Sus cartas y su visita a Santiago nunca tuvieron su aroma, ambas se perdieron en el tiempo y no llegaron nunca.

En las terrazas de Burdeos, cuando se habla de negocio, se habla de vinos, de cosechas, de cepas; los entendidos, hablan de cepas autorizadas, aceptadas y de las cepas prohibidas, eso está todo reglamentado legalmente desde 1.970. En la región hay varias rutas del vino, pero la más tradicional viene por las riberas del río Garona, cientos de plantíos que invitan a locales y extranjeros a su vendimia. La vendimia tiene mucho de romanticismo y más en esa región, con sus palacios y mansiones, con los recuerdos de los amores sembrados a lado de las vides. A la vendimia, si tienes aun forma de doblar el cuerpo, hay que ir a participar, a conocerla, no será jamás como la de aquellos años, pero te permitirá soñar hacia el pasado.

Georgina si lees esto, debes creerme fuiste la causa de mi mejor vendimia; nada de lo vivido en las otras, se parece a ti, gracias; conmigo pasó lo mismo que contigo, el verano acabó y teníamos que cambiar de estación y con el frío de otoño y las lluvias del invierno, llegaron nuestros nuevos amores, es así, el “tiempo, haciendo de las suyas”.

Difícil tarea tienen los jóvenes de ahora, evitar que las máquinas, acaben el romanticismo de la vendimia, si lo logran, ¡el mundo entero estará en deuda con ustedes!

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