HOY SE QUEDA SIN RECREO

Millones de tareas hemos hecho desde cuando tuvimos seis años, hasta el día de hoy; unas, hace muchos años, nos merecieron izar la bandera nacional y otras, la mayor cantidad de las veces nos hacían ganar un castigo; ¿cuántas veces nos obsequiaron, con el golpe con una regla de madera o de plástico en las palmas de las manos o con un tirón de orejas, muchas veces acompañados de, “hoy se queda sin recreos?; la frase más odiada y opresora que de niño se podría escuchar, acaso, ¿el maestro, no sabía que el recreo era fundamental en nuestras vidas?. “Hoy se queda sin recreos”, ¿con qué facilidad nos rasgaban el corazón infantil?, ese corazón blando, que se entristecía, se arrugaba, como el rostro de una anciana solitaria, cuando escuchaba esa odiosa frase, esa forma de castigo, cruel e inhumana que nos robaba la felicidad; porque, en el recreo, el corazón se alegraba,  nos ponía una sonrisa de felicidad que cubría totalmente nuestra cara, porque sabía que en el recreo, podía escaparse y verla pasar caminando, con su coquetería limpia e inocente, por el parque del pueblo.
“Hoy se queda sin recreos”, esa frase podría llevarnos hasta el llanto, y es que, cuando había la esperanza de poder verla pasar, el corazón era fuerte como el

acero, brincaba acelerado como potro salvaje, y más, cuando creía ver en su angelical carita, una sonrisa de la cual, se sentía dueño absoluto; esa sonrisa, que lo hacía pensar que era “dueño de todo y que no se cambiaba por nadie”. Pero el maestro, no sabía que el dolor de las manos no nos hacía gritar o llorar más que el dolor del corazón, cuando por estar castigados, no nos podíamos escapar para verla pasar.
“Hoy se queda sin recreos”, que risa me da hoy el jalón de orejas, hoy no lo sentí, es más, creo que mi Maestro se equivocó, sin darse cuenta, el tirón de orejas debió dárselo a mi vecino de pupitre, porque yo no sentí nada, ni cosquillas, ni dolor, nada, absolutamente nada; hoy, puede quitarme todos los recreos; es más, se los cambio todos, por las veces que no llevaré las tareas la próxima semana, creo que sería un cambio justo, sin embargo  no me atrevo a proponérselo, mucho menos cuando pienso que él podría saber que, cuando su nieta viaja con mis futuros suegros, ¡mi corazón triste, hace a mis manos y a mis orejas insensibles!
Cuántas ganas de decirle: maestro negociemos, déjeme ir al parque en todos los recreos para verla pasar y a cambio haré todas las tareas, seré tan juicioso, que solo yo tendré derecho a izar la bandera de Colombia todos los lunes; maestro negociemos, dígale a su nieta que yo la amo y conocerá por fin un verdadero santo en su salón de clases, negociemos, usted gana un santo y yo un corazón que a todas horas estará sonriendo.

La vida, día a día nos pone tareas, ahora recuerdo que, aquellas de mi maestro casi nunca podía llevarlas hechas; él nunca supo que era porque su nieta ocupaba mi mente y gobernaba mi corazón; ella, como una infanta dictadora, me mantenía alegre cuando la podía ver y muy triste cuando no lo hacía, y así, maestro dígame, ¿cómo podía yo hacer sus tareas?; si ahora lo comprende, entenderá que es mejor que castigue nuestras manos y nuestras orejas, pero, no nos envejezca el corazón prematuramente al decir: “Hoy se queda sin recreos”, sepa que, nuestro derecho a ir a verlas pasar por el parque, es sagrado, y ese castigo,  va contra las leyes de la naturaleza.
Que mis nietos no escuchen nunca decir a sus maestros, “hoy se queda sin recreos” o que tengan el valor de negociar con su maestro y decirle que ese castigo no es aceptable porque va directo al corazón y lo entristece, ¡lo daña y le acorta la vida!

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