¿HABLAMOS DE UNA DEPENDENCIA?
Lo primero es aclarar que mi especialidad no es la Psiquiatría ni la Neurología, disciplinas que me interesan y a las que he dedicado más horas de lo acostumbrado como internista, al menos eso creo. En mis lecturas, he observado que los profesionales dedicados al tema de las “dependencias” las han clasificado y estudiado a fondo; ya casi todos están de acuerdo con algunas líneas generales o requisitos para el tratamiento del enfermo. Debo ser honesto y decir que este escrito no lo hago como un médico que quiere dejar lineamientos de manejo en diagnósticos de dependencias; considero que hay cientos de artículos, tratados y columnas de profesionales más capacitados que yo para ello.


Escribo como un ciudadano iberoamericano preocupado por el rumbo que toman algunos de nuestros países. Entiendo la pregunta que se hacen quienes me están leyendo: ¿Qué tiene que ver el rumbo que toman algunos de nuestros países con las dependencias? Sé la extrañeza que esto puede causar y al contestarles, les pido que piensen en cualquier persona con alguna dependencia, un ludópata, alcohólico, marihuanero, cocainómano, entre otros; sabemos que existen varias dependencias que no se consideran enfermedades, salvo que se caiga en el abuso. Pienso que la OMS debería incluirlas como enfermedades y plantear tratamientos. Veamos algunas dependencias en términos generales, entre otras las químicas, que son las que más frecuentemente llevan a las adicciones, las emocionales, tecnológicas, psicológicas, físicas y las económicas. Desde luego que existen más, pero quiero enfocarme en esta última por varias razones, la principal de ellas es porque se trata del tipo de “dependencia” que, en forma cruel, antiética y amoral, utilizan los gobiernos “socialistas” para someter a los pueblos que necesitan tener subyugados o esclavizados. Estos gobiernos con sus más de cien denominaciones y diferentes disfraces, utilizan frases atractivas para engañar a sus pueblos y llevarlos paso a paso a depender de ellos. Que bellas suenan para los oídos incautos, ingenuos, así como para los ignorantes, frases como: “Hay que acabar con la desigualdad», «Impuestos solo para los ricos», «Los pobres tendrán servicios gratis», «La canasta familiar estará al alcance de los más necesitados» y más de lo mismo, en distintas terminologías. Lo que sea necesario, para que “el ratón vaya por su pedazo de queso”. Un queso atractivo, agradable, de buen olor, color y sabor; que atrae a los ratones que terminan por caer en la trampa con las funestas consecuencias que ello les trae. Los estudiosos, los expertos en el engaño, han aprendido mucho de quienes eliminaban ratones con la tradicional «trampa” pero muchos de ellos, también han aprendido a robarlo y salvar sus pellejos. Hacerse con él, es su dependencia, que como muchas dependencias no tratadas, los convierte en «adictos”.

¿En qué se diferencian las trampas con queso para ratones, de las “subvenciones”?, ¿Acaso no terminan los subvencionados dependiendo de éstas?, ¿Hay algún momento en que los subvencionados se encuentran satisfechos o siempre aspiran a otro pedazo más?.
Cabe, además, preguntarse, ¿qué sucede cuando un gobierno no tiene más quesos para poner en las trampas?, ¿Cuándo los casi siempre mal manejados dineros del amado pueblo, sometidos a todo tipo de saqueo, no alcanzan para seguir entregando quesos a los ratones o a los ya dependientes y probablemente adictos a sus subvenciones?.
Los “expertos” en este tipo de trampas han observado lo que sucede con las poblaciones de ratones en estos casos y transmiten a los dueños de las trampas algo parecido a esto: “Hemos observado que, cuando los ratones se dan cuenta de que el queso no es gratis, que tiene como finalidad eliminarlos o lesionarlos de distintas maneras, una gran cantidad de ellos huye y busca, a través de caminos más o menos ocultos, cambiar de madriguera, dejando atrás a los compañeros muertos, lesionados, los que ya están muy viejos para escapar. Aquellos que se consideran más listos y creen poder burlar las trampas, establecen buenas relaciones con sus opresores. Parece que los expertos no tienen en cuenta que los ratones, antes de que comenzaran a repartirles el queso, trabajaban y cavaban túneles para comunicarse entre ellos; algunos lograban tener madrigueras que compartían con sus familias, donde recibían amigos y eran felices.
Muchos, culpan al queso, otros más osados a los dueños de las trampas y un grupo de los menos cobardes termina por asociarse con otros de igual condición, se reconocen culpables y deciden, después de dar ese primer paso, regresar, convencer a los que sobrevivieron a las trampas y crear un ejército de valientes que abandonan la dependencia y luchan por recuperar lo que de verdad les pertenece.
Los “expertos” narran que, en ocasiones, ese recorrido es doloroso y cuesta vidas, pero que al final los humanos terminan por aprender de los ratones. Pelean contra sus dependencias de forma tal que unos se rebelan y no quieren recibir más la bolsa con alimentos que les entregan. Se unen a los que decidieron volver a defender los suyos y recuperar lo que poseían antes de que el “socialista”, utilizando diferentes tipos de trampas, los hubiera convencido de que todos serían iguales, que solo les quitarían a los ricos y que se lo darían a ellos.
Después de escuchar y leer a los expertos, me quedé algo confuso, preguntándome: ¿acaso los humanos, no somos más inteligentes que los ratones? Fue tal mi confusión que les pregunté, posando de ingenuo, a mis vecinos, y todos se ufanaban al responder: “claro que somos más inteligentes, ellos son los animales”. Pasados unos minutos, regresé a preguntarles: si es así como ustedes dicen, comprendo que el ratón tenga que ver a sus congéneres caer en las trampas antes de entender, ¿pero, no estamos haciendo lo mismo los “inteligentes”?, ¿Cuántos países han caído en las trampas socialistas, podemos decir que ya hemos aprendido o seguimos detrás de los quesos nos ponen?
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