UNA FIESTA COMPLICADA #1

Alrededor de las cuatro de la tarde, pasaba frente al puesto de enfermeras, de un hospital del sur del departamento del Cesar, que la vida política, me llevó a dirigir; eran años, que se podrían describir utilizando el término de moda entre las mujeres y tal vez entre algunos hombres en las redes sociales, “complicados, muy complicados”.
Por el camino que la vida me brindó y por el que tomé la decisión de andar, ese, que algunas veces me vi forzado a desandar, por ahí anduve caminando unos cuantos años. Hay momentos en los que dejo que mi cerebro se pregunte ¿Cuáles fueron los mejores años de mi vida en el campo administrativo-político? la mejor respuesta es que todos fueron buenos, muchos con momentos difíciles y complicados.
Recuerdo la primera llamada; eran, como ya mencioné, alrededor de la cuatro de la tarde, acababa de pasar ronda a varios pacientes míos y salía de la habitación de uno de ellos, que me llegó, con un infarto de miocardio; venía, del municipio de La Gloria; yo estaba satisfecho, porque mi infartado, estaba tan bien, ya hacía chistes y en unos dos días más podía firmar su salida. No tenía aún unidad de cuidados intensivos, o mejor dicho, había una y era yo, que con mi electrocardiógrafo, muy moderno para esos años, les hacía a mis pacientes todos los electros que considerara necesarios para mi tranquilidad y la de ellos.
Iba yo alegre, por el estado de mis pacientes, pero preocupado, porque al hospital, le faltaban muchas cosas: una UCI, dotación general más nueva, banco de sangre y otras cosas más; para colmo, no tenía ni de lejos, el apoyo del gobierno departamental, tampoco en forma decidida del municipal. Se preguntarán, como llegué a dirigir ese “hospital regional” y esa respuesta, como muchas que nacerán de mis relatos, harán que me tenga que sentar varias veces más, frente a este teclado.
Volvamos, a la narración de unos de esos días, especialmente complicado; retomemos, mi paso frente al puesto de enfermería, me llama Luisa y me dice: “doctor, tiene una llamada, parece urgente”; me acerqué y tomé el auricular del teléfono y escuché: “vea gran &%#?&¡ ¿sabemos que va a ser una fiesta para los empleados, de fin de año; no haga esa fiesta porque, lo matamos gran ‘?&%#?¡’, y colgaron. Eran tiempos difíciles; solo llevaba unos meses de gerente, no era del sur del departamento y había muchos celos por ello, razón por la cual no tenía el apoyo, como les dije del gobierno departamental, sino por el contrario, una férrea pelea con ellos, pues querían el cargo para sus amigos. Tiempos complicados, que tenías que andar con mucho, mucho cuidado; me sentía caminando sobre el filo de un puñal o de un “machete”; debía tener cuidado con cada paso pues resbalar en esa posición, mínimo te cortaba o te costaba la vida, como le pasó, lamentable y tristemente a uno de mis sucesores. Eran esos tiempos en los que había que mantener un equilibrio para mantener la autoridad y no entregarse a ninguno de los extremos.
Tiempos, en que le llamabas la atención a un empleado y te contestaba: “mire, yo soy amigo de los de arriba”; tiempos, de equilibrio, de mucho equilibrio, por un lado, estaban “las guerrillas” y por el otro “los paracos”, y entre unos y otros, aquellos que querían congraciarse con uno u otro extremo.
Tiempos en los que la “enfermedad nacional”, causó tantos o más muertos que el coronavirus; tiempos en los que las mascarillas, eran pasamontañas o pañuelos con los distintivos de las guerrillas o de las AUC y cualquiera de ellos podía acabar con tu vida, por cualquier cosa y de eso, si se escribe la verdad, sobre el terrorismo en Colombia, deben abundar relatos históricos.

Muchos amigos me dijeron que no la hiciera, mi esposa después de decirme que eso era una locura, como siempre terminó diciendo, «si tú vas, yo voy contigo»; comencé los preparativos, porque, la fiesta tenía que hacerse por muchas razones, las dos que para el momento cobraban más importancia fueron, primero que era un gesto de agradecimiento con todos los que ese año habían trabajado en el hospital, resolviendo a veces con las uñas, toda la problemática de salud que nos llegaban, que eran muchas por el terrorismo que había. Por otro lado, no hacerla, podía llevar a la pérdida de autoridad en el hospital, a nadie le gusta trabajar y mucho menos estar bajo la dirección de una persona cobarde.
La noche de la fiesta, aprendí muchas cosas, entre ellas que el «miedo», así con el nombre de miedo no es buen consejero, que recibes solidaridad muchas veces de quienes menos la esperas y que lo contrario también se da y con más frecuencia de lo esperado. Nos fuimos temprano, había que ver que todo estuviera a punto y en esta ocasión por proteger a los demás, no había delegado nada. El sitio, un enorme patio de un restaurante o un estadero en un barrio de Aguachica, estaba abierto, eso era lo principal. Comenzaba la noche bien.
Todo estaba a punto, lo que más me preocupaba era que los invitados llegaran. Cuando vi llegar los primeros, respiré profundo y recuerdo que los diez primeros, mentalmente los iba contando; era angustiante, pero me sentía más seguro y menos equivocado, cada vez que una persona atravesaba el gran portón de madera del patio. Cada uno me causaba alegría, pero no puedo negar que hubo sorpresas agradables, alguien que había sido uno de mis grandes contrincantes en política, llegó con su hija mayor, nos dimos un gran abrazo, ambos lo merecíamos, nos estábamos premiando, habíamos tenido todos nuestros “debates” con altura y sin ninguna ofensa; escuchó que me habían amenazado si hacía esa fiesta, me conocía bien y sabía que la haría, decidió ir y además llego con su hija mayor; cosas difíciles de olvidar, gracias, muchas gracias por ese gesto, amigo, de contendores pasamos a ser grandes amigos y en la próximas elecciones lo incluí en mi lista al Concejo Municipal, así, así es la vida o por lo menos creo que así debería ser.


Llegaban los compañeros de trabajo, los amigos y algunos que no había invitado pero que estaban fuera del ambiente de trabajo, eran amigos y quisieron hacerse presentes; mil gracias desde el recuerdo, a todos, mi comprensión para quienes prefirieron no hacerlo que gracias a Dios fueron pocos. Mi esposa me decía, saca la mano del bolsillo, mira cuánta gente ahí aquí, ¿tú crees que se atreverían a hacer algo”?; yo sacaba ya más confiado la mano del bolsillo donde mantenía agarrado un revólver treinta y ocho de cañón recortado, no era cuestión de valentía, era de supervivencia.
Hoy, mi esposa, miró lo que estoy escribiendo y me hizo reír cuando me dijo:” estás escribiendo, sobre la fiesta de los fusiles, aún me da rabia”; comprendo su rabia, pero sobre todo le agradezco, que me haya hecho sonreír y recordar que, a eso de las 10 de la noche, en la paredilla que rodeaba el patio, de un momento a otro aparecieron varios uniformados armados con fusiles y uno de ellos se me acercó y me dijo, usted debió avisarnos, usted sabe que aquí no amenazan por amenazar, yo le hubiera recomendado no hacer la fiesta o por lo menos hubiéramos tomado más precauciones”, le di las gracias al Capitán, de
esas gracias, que son verdaderas “gracias”, le mostré que llevaba mi “revolvito”, se echó a reír y me dio una palmada en el hombro y dijo: “para ellos, eso es un palillo, un mondadientes”.
Ya podía bailar agarrando a mis parejas con las dos manos, eran muchas parejas porque cuando “tienes algo de poder, todas bailan contigo, aunque no bailes muy bien”, además siempre me he considerado un buen bailarín. Así, de esta forma, termino la que hoy mi esposa acaba de bautizar como la “fiesta de los fusiles” Queda una pregunta por resolver, ¿Quién hizo las amenazas?; no quiero alargar más esta historia de la época del terrorismo, pero es historia y debo dejar claro que no fueron ni las guerrillas ni los paracos; ¡esta vez, no fueron ellos! Otro día y ya bajo otro nombre, me animaré a decirles quien me amenazaba y que paso con él, solo les adelanto que la esposa del sujeto le dio una “muenda”, con correa y todo.
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