EL SEÑOR DEL TURBANTE

Di un salto en la cama, mi esposa salió en mi auxilio, me sacudió y me dijo: “tranquilo fue solo una pesadilla”; se quedó pensativa y agregó: “debió ser algo muy feo, muy desagradable para que te asustaras así, ¿me cuentas?; estoy extrañada, tantas cosas que has pasado y ahora una pesadilla te hizo saltar, ¿de qué se trataba?”; viendo que no tenía otra salida, comencé a contarle: “Soñé que yo era Fajardi, tenía unos 60 años, iba caminando tranquilo en un jardín inmenso, como una alameda, era algo hermoso como “El Gran Malecón del Rio Magdalena” que están terminando de construir en Barranquilla, pero con más vegetación; me senté en una banca y me puse a pensar o más bien, a soñar.
La brisa del río me durmió en un sueño profundo, muy profundo; ví venir, un señor que traía un turbante en su cabeza y en la mano izquierda, una bolsa oscura, como esa que suelen usar algunos políticos, para guardar los

millones que según ellos, los amigos les regalan; “El Señor Del Turbante”, se acercó y abrió su bolsa, tuve el impulso de decirle, “oiga, yo no soy Petrus, el que usted busca”, porque creí que iba a sacar fajos de billetes. Mi esposa fingió enojarse y me dijo, “no le mezcles política y cuéntamelo sin arandelas”; intenté cumplir su deseo.
El Señor Del Turbante, abrió su bolsa y sacó una lámpara brillante, como aquella del famoso cuento y me dijo: “tengo para usted un solo deseo, pero se restringe a lo político, usted puede elegir, si quiere ser embajador, cónsul, gobernador, ministro o presidente”; desde luego como buen colombiano y como todos los coterráneos, solicité ser presidente.

Pero mi sueño, por ambicioso o por patriota que fuera, comenzó a volverse una pesadilla, nombré mi gabinete, decidí trabajar con 8 ministros, 10 gerentes de Instituciones descentralizadas, un jefe de comunicaciones y uno de prensa. Primero nombré a  una excelente jefe de comunicaciones y prensa; la posesioné a las ocho de la mañana y después le entregaron todo lo necesario para su labor, dos computadores de los mejores y tres teléfonos celulares; le dije, “quédate conmigo, prende tus equipos que voy a continuar haciendo los nombramientos”

Mientras el señor del turbante frotaba la lámpara, ya había escogido mi gabinete ministerial, o al menos, eso creía yo. María Jose, mi jefe de Prensa, me dijo con la confianza que siempre hemos tenido: “oiga jefe, espere y escuche esta llamada, es para usted; me alcanzó el celular y una voz chillona, desagradable me dijo: “presidente, hola presidente”; yo seguía en silencio tratando de adivinar, quién podría llamarme, a media hora de mi posesión.

El que me llamó, no dejaba de hablar, “yo fui el que le mandó el del turbante, ¿o se creyó que esto era un cuento? Pongamos esto en claro; usted podrá escoger uno o dos ministros, pero los otros se los mando yo, y no olvide, que necesitamos 25 Ministerios y 20 Organismos o Institutos descentralizados, para hacer una “buena gestión”.

Al momento, timbraron los tres teléfonos, María José me alcanzó uno de ellos, y era el dueño del Señor Del Turbante, que ahora, pasaba a ser mi dueño, o por lo menos eso pretendía y me convertía en ejecutor de su presidencia, no sabía qué hacer, el patrón del Señor del Turbante, me dijo: “Hoy es para nosotros un gran día; siempre hemos querido gobernar Colombia, y continuó diciendo: “cuando vi su recorrido, su edad, lo avispado que ha resultado, para hacerse pasar por moderado y la facilidad con que dice sus mentiras, enseguida le dije a los compañeros, “este es el hombre”.


El no paraba de hablar: “todo le irá bien, sobre ruedas, por hoy no haga más nombramientos; diga que usted necesita reunirse con sus asesores; ahora le mando la lista de ellos, son unos cuarenta, para que vea que no queremos que usted se equivoque en nada”.
Comencé a sudar, ¡en qué lío me había metido! Esto estaba cada vez peor, y sucedió lo inevitable, comenzaron a llamar los cuarenta asesores, que ya sabían por el “dueño” que serían nombrados; María José, perdió el control y estrelló el primer celular contra el piso, me miró y dijo, “lo quiero mucho, pero esto es de locos, esto no puede estar pasando y si seguimos aquí, el final está claro, usted muerto por infarto y yo loca en un psiquiátrico”.

“Cálmate, veamos con qué nos salen mañana, no me dejes solo, le pedí; ella me miró como se mira a un ternero degollado y eso me preocupó aún más”. Ocho de la mañana en punto; llegó uno de los asesores y dijo: “camaradas, yo me encargo desde hoy de las relaciones con los países más amigos; queremos excelentes relaciones con ellos; son países más pobres que nosotros, por eso el ministro de Economía y Hacienda, ya tiene indicaciones y está redactando unos contratos para unos mil asesores en seguridad, salud y educación, estos vendrán de Venezuela y Cuba; un grupo de 200 asesores culturales, vendrán de Nicaragua”.

“Presidente, no se preocupe por nada, usted tendrá a partir de hoy cuatro de nuestros mejores hombres a su lado, los doctores Cristus, Santis, Barreiro y Boliburro; ellos son camaradas jugados, se las saben todas y evitarán que usted cometa algún error”. María José, se salió de casillas, agarró los dos últimos celulares, el portátil y los estrelló contra el piso haciéndolos “chicuca”.

Empecé a sudar mucho, me dio un dolor muy fuerte en el pecho y en el brazo izquierdo, me hizo saltar, hasta que te vi, pensé que moría del dolor tan fuerte, tanto que siento que aún duele; fue todo tan real que es casi inexplicable, que durante la pesadilla no haya sufrido un infarto cardíaco o a nivel cerebral. Ahora, totalmente despierto, estoy aterrado, angustiado, porque me encuentro que más de 52 millones de Colombianos están viviendo una pesadilla peor que la que acabo de narrar de “El Señor Del Turbante”, ellos, mis compatriotas la llaman la pesadilla del “Señor del Implante».

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