CONVERSACIONES CON MIS CABALLOS; ¡HAY COSAS QUE ES MEJOR DEJARLAS ASÍ!

Porque me dieron su autorización y porque cumpliré la promesa que les hice de respetar la dignidad “caballeril”, además porque comprendo tus razones, amigo Rosendo, narro nuestra última conversación; sé que Rosa está de acuerdo con mis narraciones porque siempre, en aras de la verdad, ella sale muy bien librada. Los tres sabemos que Rosa, la “retadora”, se olvida que ella no ha cumplido tres años, mientras que tú, amigo Rosendo, y yo tenemos muchos almanaques encima; tus cascos han pisado miles de kilómetros, muchos queriendo alcanzar las nubes y otros tantos, el mar. Los  conozco hace seis años, pero sé que recuerdan con temor la tarde en que en este corral, al recibir las tierras con las que me fueron  entregados, el engreído gringo me dijo: “ahí le dejo esos animales, el potro negro es de lujo, la yegua sirve para que le coja algunas crías, esos dos caballos rosillos están muy viejos, véndalos para chorizos a los que pasan por las fincas comprando animales viejos; le darán algo por ellos; sé que esa frase no los dejó dormir tranquilos, a pesar de que me les acerqué y les dije: tranquilos que eso no pasará; me fui seguro de que los cuatro me habían entendido.

Rosendo, tu compañero Rojillo como bien sabes y en su momento me agradeciste, tuvo una muerte digna, pasó sus últimos días en el mejor potrero de esta finca, ‘La Clínica’, buenos pastos, mucha sombra y agua fresca permanente; gozó de tu compañía y la de la madre de Rosa, la hermosa hembra por la que ustedes se peleaban, la que en su último parto nos dejó a Rosa, cuya paternidad dices que te corresponde y lo cual creo.

Rojillo hace tres años o cuatro, cuando quedó preñada la madre de Rosa, ya no podía ni con sus propias patas; no deja de ser curioso, que ahora compitas con tu hija y que esta conversación que tenemos los tres me ponga en aprietos.

Para poner orden, para llegar amigablemente a un acuerdo sobre quién me acompañará hoy, les explicaré a dónde vamos a ir y cada uno de ustedes tendrá la oportunidad de convencerme de quién debe ir conmigo hoy.

Amigos, antes de entrar en materia les aclaro que, el que vaya conmigo tiene que aceptar de buen grado la compañía de Rufo, saben que también con él vivo agradecido y deben respetar su forma de hacer las cosas. Rufo, nuestro perro amigo, es algo malgeniado, por eso dicen que es un perro bravo y le tienen miedo. Saben que ese temor que les infunde a quienes él no conoce, es algo que agradecemos, porque nos brinda seguridad y nos sentimos protegidos.
Rosillo me decía que Rufo era loco, se basaba en que él, por momentos, cuando vamos llegando a la parte más boscosa, la que nuestro vecino bautizó
Vuelvo al día de nuestra reunión y en ese momento, Rufo, con su distinguido

como ‘La Tigrera’, siempre sale disparado corriendo, por no decir volando como una flecha, y regresa jadeante, dando señales claras de que puedo seguir tranquilo porque había visto todo normal, o se nos atravesaba como diciendo que había gente rara por esos sitios que él acababa de revisar.

Rufo no era loco, antes, por el contrario, creo que era el más cuerdo de la finca, no puedo olvidar que cuando regresaba moviendo su cola con la velocidad que la alegría le producía y sus ojos cafés oscuros, se mostraban alegres y despreocupados, nos decía algo parecido a “sigamos, todo está bien allá adelante”, con él yo no le temía a nada, iba siempre tranquilo.

De Rufo ahora hablo en pasado porque, pocos días después de esta charla que tuvimos en el corral, fue asesinado a machetazos por uno o más ladrones, para robar unos patos del patio.
paso, entró al corral y se situó a mi lado, adoptando una posición  que le permitía mirarme de frente, como pidiendo permiso para acompañarme, y, en cambio, a ustedes, parecía decirles: “aquí, mandan ustedes, pero en el monte tienen que seguir mis órdenes”; Rufo sabía que tenía mi respaldo y mis agradecimientos; también, sé que ustedes sospechaban el porqué de mi agradecimiento hacia este noble animal; pero entremos en materia: hoy quiero subir el cerro que está casi al fondo de la finca, desde allí puedo ver a los que, sospecho, que me roban los alambres y se los digo porque es el cerro más alto, ya que mi pierna izquierda con tanto material de prótesis, no permite que quien me lleve pueda impulsarse para tomar velocidad, debe hacerlo a puro músculo.

Rosa, la potranca más joven y briosa, empezó a relinchar y tuve que alzar la voz para decirle: ¡cálmate, deja que hable tu padre primero!; Rosendo, tienes la palabra, te noto molesto; en ese momento, Rufo gruñó como mostrando desacuerdo, pero no le entendí, no sé si estaba molesto con Rosa, que quería hablar antes que su padre o con Rosendo, a quien Rufo consideraba muy mayor para andar subiendo cerros; en fin, el momento era de Rosendo y exigí respeto a Rufo, quien guardó silencio. “Sé que me consideran viejo, Rosa no quiere que yo lo lleve a ninguna parte, pero me siento fuerte y yo lo llevaba a todas partes hasta que ella creció y ahora me quiere hacer a un lado; quiero subir con usted, llevo varios días descansando por orden suya y comiendo muy bien, me siento fuerte, déjeme llevarlo”. Rosa, sintiéndose aludida indicó: “Mira, Rosendo, tienes que aceptar que mi tío Rojillo murió de viejo, no de cólicos, como tú dices, y mi abuela me dijo que entre ustedes solo había un año de diferencia, sabes que yo no quiero que te pase algo y mucho menos al patrón que te cuida tanto, deja que yo suba y quédate en ‘La Clínica’, que el patrón ordenó que abrieran otra parte con pastos muy frescos para ti”. Yo miraba a Rosendo, sabía que pensaba y leía en sus ojos, tristeza; vi en ellos que sentía como si le arrebataran la dignidad y pensando más en Rosendo que en mí, les hablé a todos así: “Rosendo, tú vas conmigo, hace más de un año que no subimos, pero lo haremos de forma tal, que Rufo hará su inspección primero, si podemos seguir, al pie del cerro miras si puedes o no hacerlo, si te sientes con fuerza subimos, si no es así, nos regresamos y voy mañana con Rosa”.

Rufo gruñó dos o tres veces, entendí que era porque si tocaba ir mañana, a él no lo había mencionado; retomé la palabra: “sobra decir, que el amigo Rufo siempre andará conmigo y debo agregar, Rosendo, que si iniciamos la subida y ves que no puedes, debes darte un descanso en donde estemos y voltearte con sumo cuidado y tratar de bajar sin correr o nos podemos matar”. Todos de acuerdo, pero nadie más alegre que Rufo, estaba que “sacaba pecho”, movía su cola en señal de agradecimiento y la cabeza parecía que la iba a desprender de su cuello por tratar de tenerla elevada, estaba muy digno. Rosa quedó inconforme y sin pedir autorización, a pelo limpio, sin silla ni aperos, caminaba con su reluciente pelo rojizo-castaño al lado nuestro.

Rufo iba, miraba varios metros adelante y con sus expresiones corporales nos autorizaba a seguir; al verlo tan alegre, cumpliendo su misión, jamás me pudo pasar por la cabeza que uno de esos bandidos de los que él celosamente me protegía, días más adelante lo iba a matar; Rufo se mantiene erguido y elegante en mi agradecida memoria; seguimos avanzando, en la falda del cerro, Rufo hizo gala de su formidable fuerza y con la velocidad de un rayo subió, miró y bajó autorizandonos a subir; Rosendo relinchó para recordar su vigorosa juventud y comenzó a subir con energía, pero antes de llegar a la cima, se detuvo en seco, giró rápido y bajó como loco, tropezando con todo, muchos rayones en su cuerpo, algo inapreciable en mis brazos y llegamos al plano, donde rápido me bajé, entendiendo que, desde ese momento, Rosendo quedaba pensionado y viviría en ‘La Clínica’.

Regresamos caminando, Rufo casi pegado a mi cuerpo, gruñía, ladraba y parecía estarnos regañando a todos, llegamos a la casa, el trabajador que estaba arreglando el corral le quitó la silla a mi anciano Rosendo, lo bañó, le dio agua y yo le dije: Julio, llévalo a ‘La Clínica’ y nadie lo monta más; me dijo: “Patrón, ya está muy viejo para eso”, no respondí nada, ni tuve valor para preguntarle, si se refería a Rosendo o a mí o a los dos; hay cosas que es mejor dejarlas así, mañana será otro día y Rosa será feliz porque ella sí me llevará a lo más alto.

En memoria de Rufo, fiel amigo, producto de la mezcla de tres o cuatro razas, que murió vilmente asesinado mientras cumplía su misión.

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