ASI FUERON LAS COSAS #9
Negociación de un secuestro

“¡Cuidado, un helicóptero!”, gritó uno de los secuestradores. Verlos huir, asustados como cualquier presa de caza menor al verse sorprendidos, fue uno de los  momentos agradables de toda esa tragedia del secuestro. Otro, consistió cuando el criminal tomó su radio y dijo: “¡Todo en orden, procedan!”. ¿Cómo llegamos a ese momento?

En el anterior encuentro habíamos acordado la cifra que costaba rescatar al secuestrado, y  yo había informado a quiénes deberían saberlo; teníamos claro que, vendiendo el ganado, no se llegaría a tanto dinero, porque además ya era conocido que “se tenía que vender de afán y lo pagarían mal, por debajo del precio real”; siempre se aprovecha el ser humano de la desgracia de sus congéneres.
Mil peripecias, para conseguir el dinero; pedir prestado en el banco del pueblo no funcionaría porque o no tenían la cantidad o el proceso iba a ser muy demorado y, además, seria “público”; los empleados no se contendrían y se sabría en toda la región, así que uno de los parientes más cercanos propuso una ciudad y una institución financiera que fuera más rápida y en la que él serviría como fiador; mientras uno de los hijos de la víctima de secuestro seguía vendiendo su ganado, al precio que le pagaran los aprovechados.
Viajé a la “ciudad Caramelo”, nombre que se me ocurre ahora para bautizar la

ciudad donde tenía que recoger todo el dinero, “encaletarlo” como dirían los bandidos que perpetraron el secuestro y qué esperaban “los caramelos”, es decir, los cientos de millones de pesos que, según ellos, “valía el secuestrado”; reunir el dinero, ocultar todos los paquetes en el campero y trasladarse acompañado por uno de nuestros parientes hasta la ciudad donde yo esperaría que fuera la última llamada del “ahijado” y acordar lugares y horas; esta vez serían dos lugares, uno para la entrega de los “caramelos” y otro para la entrega del “encargo”, es decir el secuestrado.
Saliendo de la ciudad Caramelo, nos cayó una de esas lluvias torrenciales, típicas del trópico, muy fuertes que nosotros llamamos por la cantidad de agua que descarga; todo un señor “aguacero”, que inundó partes de la ciudad y nos puso la vida y los caramelos en peligro, en un fuerte arroyo que se formó; una vez que estábamos al otro lado del arroyo y como el agua logró entrar al campero, viajamos con la duda de si algunos caramelos se habrían mojado; lo importante fue que logramos superar todos los inconvenientes.
Les contaré algunos detalles más que se tejen siempre alrededor y dentro de un proceso de esta naturaleza; quiero hacerlo  porque, pienso que la historia de Colombia, en manos de un cura izquierdista como De Roux, nunca contará la verdad y amañarán este tipo de cosas, para hacer ver menos mal a aquellos bandidos y criminales. Este tipo de relatos del sufrimiento de una familia que cayó en las garras de esos bandidos, hoy día considerados por la traición a la Patría del expresidente Juan Manuel Santos y sus cómplices, como “padres de la patria”, también son “memoria histórica».

El peor error en este negocio para liberar a nuestro secuestrado, que gracias a Dios, salió bien; pero fue a mi juicio un gran error: cuando le conté a la familia que teníamos todo listo, que alguien tenía que ir a donde me avisaran a recibir el secuestrado, uno de los nuestros dijo que lo haría él; los hijos del secuestrado eran aún estudiantes, no tenían experiencia de vida suficiente para dejarlos exponerse y no había discusión posible; quien se ofreció, tenía todo el derecho en ese pequeño núcleo, todos teníamos que hacer lo necesario, pero después de concluirlo todo, reconozco que fue un  error aunque al final las cosas salieron bien. El error consistió en que en un determinado momento, el de la solución, tres parientes muy cercanos estábamos en manos de los secuestradores: el secuestrado, quien lo recibía y yo, quien pagaba el secuestro; nos expusimos todos al mismo tiempo, pero las circunstancias nos obligaron.
El sufrimiento de un secuestro es indescriptible para quienes lo padecen, engloba al secuestrado, a su familia, en mayor o menor medida a sus “más cercanos”, y ese sufrimiento es algo muy íntimo, muy privado y por eso mismo muy difícil de narrar; siempre que pienso en ello, trato inútilmente de imaginar por todo lo que pasaron el secuestrado, su esposa e hijos, sus hermanos y demás familiares cercanos y, por supuesto, mi esposa.

Varios días en la ciudad, con mi campero cargado, “encaletado” con cientos de millones, cada segundo pensaba, ¿qué era mejor?, dejarlo en el estacionamiento de la casa o andar con la carga en él, como si no cargara nada; me decidí por lo último. Lo llevaba al trabajo y lo dejaba en la puerta, pensaba que si no lo utilizaba, los ladrones entenderían que el dinero estaba en el vehículo e irían por él a mi casa; si lo dejaba “como si nada”, en la calle durante el día, si no cambiaba mis costumbres, no sospecharían que estaba “encaletado” y de nuevo, gracias a Dios así fue.
La idea era despistar a los ladrones comunes, a los criminales organizados y hasta  a los mismos

secuestradores, por lo que “jamás cumplía a pie juntillas”, lo que podía variar eran los tiempos y eso hacía.
El día de los “intercambios” había llegado. Ese día merece ser descrito con más precisión; “ahijado, nos vemos mañana en Cartagena, a las nueve; deje el carro  donde se vea”; de inmediato, llamé a mi compañero y al que debía recibir al secuestrado. Con uno me cité en Bosconia a las siete y media, al otro le dije: espera en Curumaní, en la casa de Pilonita, llévate un buen campero y tanqueado a full; sabía que esas indicaciones estaban de más, era cuestión de “nervios”, él, que iba a recibir, estaba seguramente tan nervioso o más que yo mismo.
Pasé por Luis, quien inmediatamente después del saludo me dijo, ¿se siente bien, me deja manejar, será que hoy me dejan llegar con usted hasta donde sea que vamos a entregar?, le respondí que todo estaba bien, que yo conduciría, que no tenía idea si lo dejarían subir, si contarían el dinero, eso con ellos es imposible de saber, y finalicé diciéndole “tranquilo todo saldrá bien” y nos dirigimos al sitio acordado, donde tenía que colocar mi campero a la vista de todos.  Mil cosas que nos pasaban por la cabeza, permitirían un tratado de psicología, no es este el momento para narrarlo; al poco tiempo de estar en el punto indicado, llegó un “colaborador” y nos dijo la ruta, se dirigió a Luis: Usted se queda en ese punto y mostró en un mapa, trazado con lápiz un sitio donde tenía tres cruces marcadas, que según su dibujo o mapa eran tres casas; a mí me dijo:  usted siga por la trocha de la izquierda y suba, hasta que lo paren dos de ellos.
Nada más que decir, solo obedecer; subimos hasta las tres casas y tuvimos Luis y yo una pequeña discusión, él insistía en seguir conmigo y esgrimía sus argumentos, yo lo rebatía con contundencia: Luis, si me van a matar, igual nos matan a los dos, se quedan con el dinero y piden más; no tiene sentido,  no me harán nada y si subes y deciden quedarse conmigo, te matan o te usan para que informes; quédate es lo mejor. Refunfuñando y diciendo que era un error que “se lo ponía muy fácil a ellos», se quedó a esperar allí, incómodo, en desacuerdo, molesto y pensando muy seguramente en varios escenarios que se podrían dar arriba, impotente y preocupado, tambíen yo iba así.

Últimamente mi campero había subido más montañas que cualquier otro,  esta vez fue la última, subió aún más que cuando subíamos al Cielo; los criminales se protegían bien, allá arriba nadie podría llegar sin ser visto por ellos y por sus “colaboradores”, mientras yo subía, pasó como una ráfaga un campero blanco marca Dahiatsu pequeño al que me pareció verle placas del color de las “oficiales”; lo perdí de vista muy rápido, por eso digo “me pareció”.
Yo subí despacio, estaba muy inclinado, no conocía esas trochas y además era consciente que iba muy temprano para la cita, lo hacía a propósito, así que, seguí subiendo a paso seguro.

Me detuvieron los dos con los pañuelos que les tapaban más arriba de la nariz con los colores del ELN; se subieron y la orden fue, seguir subiendo, uno preguntó: ¿trae todo?, lo miré aprobando con la cabeza y me gritó, “mire para delante o nos va a matar”; seguimos siempre hacia arriba,

como si quisieran que llegáramos a parar en una nube; instintivamente miré al cielo y me dije ojalá no le dé por llover.
Paramos, habíamos llegado, se acercó el “negociador”, saludó y me dijo “empecemos hay que contar todo”. Yo les iba entregando paquetes precintados como nos los entregaron, pero él los rompía y los entregaba a tres que contaban manualmente; en eso estábamos cuando oímos el ruido de un motor y uno de ellos gritó: ¡cuidado, helicóptero!, creo que sentí un fresco viéndolos correr como liebres, como animales  que se sienten en peligro de ser cazados.

Salieron cuando se sintieron seguros, retomaron las cuentas; yo parado ahí, ansioso para que terminaran, uno de ellos dijo: aquí faltan dos billetes, yo dije que era imposible y con frialdad me dijo el negociador, o los pone usted o iniciamos todo de nuevo, les dije, pueden estar en otro paquete, sin embargo reaccioné rápido, pensé que sería terrible empezar de nuevo cuando ya llevaban más de 40 minutos contando, y finalmente decidí colocar los billetes faltantes para que todo prosiguiera; al rato el jefe dijo eso está bien, falta el resto, le entregué todo lo de intendencia que habían exigido. “Bueno tenemos que esperar que se comuniquen”, me dijo y le dije que por favor llamara el, que podía volver el helicóptero; llamó y dio la orden y me dijo, en dos horas le dirán dónde recogerlo, los compañeros lo dejaran en un punto y cuando ellos estén seguros les avisarán donde es el sitio, es cerca, no tardarán mucho en encontrarlo. Enseguida me dijo, quiero preguntarle algo, todos hemos cumplido, ¿si algún día lo veo en alguna calle puedo saludarlo, sin rencores? Solo contesté, no creo que nos veamos; parece que entendió y comencé a bajar. Luis me esperaba, me abrazó y me dijo bajemos médico, ¿dónde lo van a entregar, ya avisaron para que lo entreguen?; momento de mucha confusión, porque mientras Luis me hablaba atropellado, pasaron cientos de pensamientos por mi cabeza, pero me dije, “yo estoy libre, ellos también lo están” y procedí a explicarle todo;  mientras bajábamos entró la llamada con las instrucciones, de inmediato la transmiti para que fueran a recibirlo

¡Luis fue un gran compañero y amigo!, Dios lo tenga a su lado.

Como se esperaba hicieron la “entrega” y me avisaron que nos fuéramos a la finca de un pariente, precisamente a quien le debemos mucho para que este secuestro se terminara bien, entre todos lo logramos. La alegría de todos, el llanto del secuestrado al abrazarse con cada uno de la familia es algo difícil de contar. A todos los que ayudaron, pero sobre todo a Luis porque era el único que no era pariente y estuvo siempre en todos mis viajes al Cielo; siempre estaremos agradecidos y un dato curioso, desde ese día, ¡amo los helicópteros!

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