ASI FUERON LAS COSAS #8
Negociación de un secuestro
MI CABEZA RODARÁ Y EL TRONCO SE PONDRÁ CALIENTE POR LA SANGRE.
Ese aparato rectangular que vibraba o timbraba, cada vez que lo hacía me llenaba de ansiedad, siempre esperaba oír la tenebrosa voz decirme “padrino”; era necesario porque así se iniciaba la posibilidad de que ese día se logrará terminar el “negocio” que ya llevábamos casi seis meses haciendo y que traería a la libertad a Camilo. Seis meses en que cada día surgían las mismas preguntas: ¿Cómo estará?, ¿Le darán los medicamentos?, ¿Que le darán de comer?, ¿Cuantos kilómetros caminará? y cientos más, que siempre terminaban con:
¿por qué no llaman?

Timbra mi celular, lo iba a contestar al primer sonido, pero recordé las indicaciones de unos amigos italianos que se resumían en: “no les muestres tanto el interés, que te mueve en sacarlo rápido o lo demorarán más. Ellos son crueles, sino no, negociarían con la vida de la gente”. Pensé: Qué fácil era aconsejar, pero las dudas en tu cabeza presionaban para que respondieras, ¿cómo saber si son ellos o no, solo por presentimientos y si cuelgan y no llaman más por varios días? Algo me decía que eran ellos, ¿qué escucharía “Padrino?”, y ya estaba escuchando el tercer timbre del celular; ¿Lo dejo sonar más o contesto? En fracciones de segundos me daba respuestas que se contradecían unas con otras. Se hizo un silencio aterrador y con la otra lluvia de preguntas: podían ser una llamada equivocada, podrían ser muchas cosas, pero, ¿y si eran ellos?, ¿ y si no me llaman otra vez?
“Padrino, ¿dónde está metido? Necesitamos reunirnos, me autorizaron algo más barato por cabeza, nos vemos en Fundación mañana a la nueve.” No sé por qué se me ocurrió pensar: si mi celular está «chuzado», intervenido, tanta clave no creo que sirva de nada, porque en un negocio normal de ganado el vendedor no le da órdenes al comprador, y ese “nos vemos en Fundación mañana a las nueve” no sonaba a solicitud, a pregunta sino a una orden; El tipo no podía disimular que él “tenía la sartén por el mango”, él mandaba; Por eso antes de que yo alcanzará a contestar confirmando, el “ahijado” ya había colgado. Llamé a mi compañero de viaje y le dije: me citaron para mañana, ¿tú puedes ir conmigo? Su respuesta como era de esperar fue positiva, establecimos hora y lugar. Otra noche pensando cómo se darían las cosas al día siguiente, la pregunta más repetida era la de las noches anteriores a los últimos encuentros: ¿Será que esta vez llegamos a acuerdo y lo resolvemos? Son las cinco de la mañana, el sonido parejo del motor de mi vehículo me indicó que ya estaba listo para arrancar; ya me había despedido de mi esposa e hijos; Pensé: si me bajo y me vuelvo a despedir se puede poner más nerviosa. Se quedaba rezando para que todo saliera bien, que no me pasara nada y que cada viaje fuera el último porque se logrará “negociar”.
En el cruce de Bosconia estaba, puntual, Luis; nos saludamos y le dije: De nuevo para la serranía del Perijá. Él me contestó: “Médico esa zona la dominan

ellos y los campesinos les colaboran a las buenas o a las malas, han matado a muchos, por eso les da miedo delatarlos. Ellos por ahí se sienten seguros; todo saldrá bien.” Aún me parece oírlo y como ese día no sabía si lo decía para darme ánimo o creía que de verdad así iba a ser o se daba ánimos a el mismo. Llegamos a San Roque, una población pequeña dedicada en su mayoría al cultivo de plátanos, bananos de distintos tipos y de una variedad que llamamos Mafufo o Cuatro Filos, que es como un plátano más pequeño, muy apetecido para comerlo en tajadas fritas o para bastimento del típico Sancocho Costeño, plato de comida que merece un tratado de los mejores escritores de la gastronomía colombiana. Se repite la escena del guía, pero que esta vez, solo nos da indicaciones y termina con una frase contundente: “una vez que comiencen en serio a subir, no se pierden solo hay una trocha, tengan cuidado, llovió mucho anoche y es barro resbaloso.” Llevábamos una hora subiendo, la trocha era como nos la describió el guía que no quiso subir a guiarnos: estrecha. Solo cabía un vehículo. Sentía que no podía detenerme porque podía resbalar al volver a arrancar y era peligroso; Como siempre, Luis se había ofrecido a conducir y mi respuesta también fue la misma, yo iba al volante. Pasando una curva Luis rompió el silencio: Hasta aquí llegamos médico, por debajo de ese árbol no pasamos y mírelo bien está medio sostenido en esas ramas, si lo toca nos aplasta. Un gigante árbol había caído por las lluvias y estaba suspendido por sus ramas más gruesas, lo complicado es que la trocha pasaba por debajo de él; Luis decía que el campero no cabía en el espacio entre el tronco y el suelo, yo decía que cabía y les estoy narrando estos pasajes porque yo tuve la razón.
Después de unos minutos de discusión sobre si pasábamos o no bajo el árbol, Luis se bajó, con sus manos arranco toda la hierba que pudo y se colocó al frente del árbol y comenzó a dirigirme: “pare, dele un tris a la derecha, frene, dele a la izquierda, suave médico que ya vamos pasando”; se subió y me dijo: “si no conseguimos una pala para cavar un poco, mejor de regreso lo dejamos y bajamos caminando y yo traigo pala sierra y gente mañana por el, trate de no demorase. Si nos toca caminando serán varias horas a la carretera troncal.” Como siempre, nos dijeron: “Usted se queda aquí y usted siga caminando, coloque el campero debajo de aquel árbol”. Eso hice. Luis sabía que tenía que conseguir que le prestaran una pala o un azadón, algo para cavar tierra. “Buenos días, compañero”, así me saludo el negociador, respondí y me dijo de entrada: “Estoy autorizado a tanto”, y me soltó una cifra aún muy inalcanzable para nosotros; Pero algo era diferente: no nos habíamos sentado en el suelo sobre algunas ramas como siempre, estábamos de pie, y muy cercano a él había otros 4 guerrilleros, eso nunca había sido así, me extrañó y pensé que algo iba a pasar; el negociador y todo se veía diferente. No podía aceptar sus cifras, por lo que le dije: “Eso sigue siendo imposible. Yo creía que estabas dispuesto a llegar a algo hoy”. No podía ver sus ojos, nunca descuidó eso ni los guantes en sus manos. Guardó silencio y después dijo: “La organización me ordenó subirlo a usted si no llegamos a un acuerdo”; Yo le dije: “Eso es imposible”, él estaba listo para mi respuesta porque de inmediato me soltó: “Conocemos el problema de su pierna, por eso los compañeros trajeron la hamaca para subirlo en ella”. Fueron tan atropelladas mis ideas que solo logré decirle en forma acelerada: “Usted tiene un gran problema, y es que yo no voy a subir en esa hamaca, dígale a su organización para eso es la radio, que yo no subo, que solo subo si mi pariente baja y lo veo pasar y que luego me llame desde alguna familia de Curumaní. No hay más opciones o él baja y yo subo o negociamos o me mata aquí.” Cuando hecho mano a su machete, solo pude pensar: “Me corta la cabeza, la cabeza se cae y rueda, el tronco se me pone caliente y me muero”. Siempre que recuerdo ese momento, me pregunto: ¿Por qué no pensé otra cosa?, ¿por qué sentí ese calor en el cuerpo? Pasó el machete por encima de mi cabeza, cortó unas ramas delgadas, las juntó con los pies y dijo: “Siéntese, vamos a ver si llegamos a algo”. Yo solo pude pensar: “Perdiste” y un calificativo de esos bien fuertes.
Por dentro yo temblaba, aún tenía esa sensación de calor en todo mi tronco y me parecía como si me hubiera cortado la cabeza. Dijo una cifra que era algo menos de la tercera parte de lo que hasta ese momento me había pedido y yo acelerado dije: “Está bien!”. Me preguntó: “¿Cuántos días necesitan para entregar todo?”. Nosotros veníamos haciendo contactos para una cifra similar para que nos la prestaran, pero había que seguir vendiendo ganados, así que le dije 7 días y me dijo: “No es posible, él dura por lo menos 11-13 días caminando hasta el sitio de entrega, sobre esa fecha lo llamo y le digo donde recibiremos lo nuestro y donde debe ir alguien a recibirlo.” Le dije que yo creía que era en el mismo sitio y me dijo que no, que eso estaba bien organizado.
Luis con una pala y varios de ellos me esperaba, llegamos al transporte, hicieron una zanga al frente de las llantas y regresamos sin problemas; Tenía que ir al pueblo a informar y regresar, aunque fuera de noche, a mi casa. Luis regresó conmigo y solo en Bosconia a una hora de donde yo vivía, aceptó regresarse. Luis será para mi alguien que no olvidaré: Siempre dispuesto; Siempre se despedía igual: “Solo llámeme, médico”
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