ASI FUERON LAS COSAS #7
Negociación de un secuestro



EL AHIJADO QUE NUNCA QUISE TENER, ME LLAMÓ
En nuestro pueblo a mis padres les pedían con frecuencia que fueran padrinos de bautizo, confirmación o boda, nunca decían que no; en ocasiones uno de nosotros sus hijos, lo hacíamos por ellos; sin embargo, tuve por un tiempo un “ahijado” que ni yo, ni nadie hubiera querido tener; se trataba del “negociador”, puesto por el grupo que secuestró a mi pariente, del cual era yo el encargado por su esposa e hijos de negociar su liberación; ese sujeto en una de sus primeras llamadas me dijo, “de ahora en adelante sabrá que yo lo llamo porque de entrada le diré padrino”; yo no tenía forma de rechazar a ese ahijado; ¿pero alguien querría tenerlo?, «Padrino, lo espero mañana temprano en Cartagena, coloque su carro visible y en uno de los restaurantes que hay antes de entrar en la ciudad del lado derecho, ahí nos vemos”, el ruido de teléfono colgado, siguió sonando en mis oídos, ya me habían dado las “ordenes” a seguir; él no esperaba aprobación, solo mandaba, tenía el poder, tenía “el producto” y yo la necesidad.
Esta vez iríamos tres personas, Luis quien me acompañaba siempre y Micaela a quien le habían también secuestrado su esposo, así que iríamos a “Cartagena” a negociar “dos productos”. Llamé a Luis y a Micaela, pasé a buscarlos y cuando estábamos juntos, Luis se ofreció a conducir, lo que él ya sabía que yo rechazaba, pero sentía la necesidad de ofrecerlo; Micaela intervino a su favor, pero no cedí. Micaela era algo mayor que yo, se notaba muy nerviosa, me contó que le habían narrado que los secuestradores trataban muy mal a su esposo, que gentes del pueblo se lo habían dicho, lo cual le hacía pensar que ellos tenían gente trabajando e informando en muchas fincas; le dije que eso estaba claro, no solo en las fincas, sino también en casas de familia y en instituciones como el Ejército y la Policía; esta última aseveración mía se vio confirmada años después. Les explique hacia a dónde íbamos, dado que Micaela expresó que íbamos en vía contraria a Cartagena; Luis sabía que los nombres de ciudades eran solo un despiste, una clave. Cuando terminé mi explicación, ella nos dijo; no es nada raro, todo el mundo sabe que esos municipios del Centro hacia el Sur, lo tienen plagados y en ellos las autoridades les obedecen porque, o son de ellos o los amenazan de muerte, y como han matado tantos, les toca hacer lo que les digan, y es que los gobiernos departamental y nacional parece que vivieran en otro mundo, o no les interesara combatirlos, o podrían estar “untados” muchos de ellos, pues hay mucho dinero. Guardamos silencio, sabíamos que era así tal como Micaela lo había dicho, más que nada para desahogarse.
Después de esquivar cientos de baches, huecos, remiendos y cráteres de la carretera principal, la que nos une con el interior del país, la que desde niños escuchamos decir que será de doble calzada y que aún por el año 2001 le faltan muchos kilómetros por ser ampliados; llegamos a un pueblo que para la narración llamaré Sanserá; allí obedientemente cumplí la indicación, dejé el vehículo a la vista, tan cerca de la carretera, que podía ser visible para un ciego; se veía por lo menos a doscientos metros antes de llegar a él. Al llegar ubicamos el kiosco afuera del restaurante, y nos sentamos en una de las mesas de pasta, color café, quitamos la cuarta silla, por si a alguien que se acercara a saludar, se le ocurriera sentarse, pero fue inútil quitar la silla; a los pocos minutos se acercó Manuel un viejo conocido que me había ayudado en algunas ocasiones en la política, quien antes de llegar a nuestra mesa tomó la silla de otra, saludó alegremente e inició conversación con nosotros; aunque todos hacíamos fuerza por que se fuera pronto, el parecía no entender o nosotros no le hacíamos ver claramente que queríamos estar solos; al fin unos 15 -20 minutos mas tarde se fue y respiramos más tranquilos.
Un hombre ubicado en una mesa vecina, quién llevaba un rato mirándonos mucho, pero no nos hablaba, lo cual nos hizo dudar si sería o no nuestro enlace o guía, terminó su desayuno, se nos acercó y me dijo: mucha gente con usted doctor, de la señora sabíamos, de él no, será mejor que se quede aquí o puede llegar hasta un punto donde yo le diga pero desde ahí siguen solos.
Esa propuesta nos pareció mejor y nos fuimos los cuatro, como siempre, montaña hacia arriba; llevábamos un buen recorrido, cuando el guía dijo, pare aquí, usted se queda aquí, nosotros seguimos, espere ahí en ese árbol, no le diga nada a nadie, si alguien pasa por aquí, solo diga que espera a su tío. Luis me miró y se bajó camino a la sombra de un matarratón gigante. Seguimos subiendo, nos encontramos con un grupo grande de unos 20-25 de ellos, armados, con sus pañuelos tapando las caras y uno de ellos nos saludó con el típico “compañeros”, se bajó y dijo: sigan unos metros y parquee bajo el árbol grande y esperan allí. Mientras esperábamos, Micaela me preguntó: ¿tú crees que iremos juntos?, me gustaría que me acompañaras; sacó de un bolso grande dos carpetas de papel tamaño oficio y me comentó: ellos creen que somos ricos, aquí traigo documentos para mostrarles que sobre todo lo que tenemos, hay deudas con bancos. Se acercó uno cara tapada, con un fusil colgando de su hombro derecho y sin saludar nos dice: “Señora usted va primero, usted espere aquí”. Ella y yo nos miramos, no dijimos nada y ella se fue con él camino hacia arriba; ya yo sabía que era siempre hacia arriba, por seguridad para ellos. Esperar en esas condiciones, un minuto se convierte en una hora; con la espera empecé a pensar en cosas nada agradables; yo temía por Micaela, sobre todo por ser hermana de un militar retirado, aunque por momentos me tranquilizaba saber que para ellos nosotros solo éramos el medio para tener dinero. La vi llegar, se veía temblorosa, muy asustada; al llegar me dijo: “creo que me van a dejar acá arriba, haz algo por favor”. El del poder me dijo, suba derecho, ya lo verá más arriba.




Cuando lo vi, supe que era el mismo, negociador por su atuendo camuflado, fuertemente armado cual Rambo; cuando llegué me tendió la mano diciéndome, “siéntese, le va tocar bajar solo, la señora se queda con nosotros, ella vino a mostrarnos sus deudas bancarias, ya estaba advertida, nos creen pendejos, en este país los bancos no le prestan sino a los ricos, si debe tanto es porque tienen más de lo creíamos, además tienen tarjetas con cupo grande de crédito” y siguió unos minutos con ese tema de la riqueza de Micaela y de su esposo. Yo guardaba silencio. Recordaba la cara de Micaela, su angustia y me atreví a hablar; pensé que él no estaba seguro de su decisión, además, ¿por qué me la comentó?, me sentí con derecho a decirle: «Usted manda, pero usted sabe que en esa familia la única capaz de negociar y de reunirles el dinero es ella; usted sabe que en ella la gente cree y puede conseguir prestado; si se queda con ella aquí el negocio de su esposo se les va a demorar mucho, si es que lo logran concretar; el teniente ni loco va a venir a negociar, yo creo que mejor es que baje conmigo, ella está muy asustada y ya sabe cómo es la cosa.”
Hablemos de lo suyo, ¿están listos?, con lo de la señora esa, se llenaron estas montañas de perros y de helicópteros, por eso lo hice regresar. Yo siempre compraba los medicamentos para la hipertensión y la diabetes de mi pariente, estaban listos en la guantera del carro, para llevarlos cuando me llamaran, ese día no era la excepción, le tendí la bolsa y le dije: “son más medicamentos porque esa cifra es imposible para nosotros, queremos tenerlo con nosotros pero que no se suicide después al verse pidiendo limosna, no nos perdonaría nunca; ustedes lo conocen es una persona honesta que siempre trata bien a todo el mundo, que lo quieren en el pueblo; haga algo, baje duro esa cifra para nosotros empezar a vender y hacer prestamos”. Duró «un siglo» en silencio, cuando por fin habló: «Vea, ustedes pueden; él está muy enfermo, lo van a dejar morir en la montaña, yo no coloco las cifras, eso lo hace la organización, después de hacer inteligencia a cada uno, yo no puedo bajar sino un mínimo» y me soltó una cantidad; yo me limité a pararme y decirle: “No podemos; si usted no puede bajar de esa cifra, entonces hable con la organización, dígales que muerto no lo negociamos y que no podemos, aunque le repito: sí queremos que regrese con la familia.” Volvió ese silencio incomodo que parecía eterno y me dijo: “entonces, ¿se va?, ¿lo va a dejar morir?, la culpa es suya; miró al horizonte, o eso supongo por el movimiento de la cabeza, porque su pasamontaña, casi no me dejaba ver sus ojos; además esto acá está peligroso y en un enfrentamiento lo pueden matar; bueno váyase, pero no creo que lo llamemos más, de paso llévese la vieja esa, dígale que la llamaremos pronto.
Cuando bajé pensaba, me va a llamar y pronto y Micaela se salvó; sin embargo la duda entró enseguida en mi cabeza: ¿y si no me llama?, ¿Y si cumple con lo que dijo?, pero ¿de qué les sirve tenerlo secuestrado si no consiguen dinero por él?; seguro me llama continué pensando, pues de verdad yo tenía claro hasta donde podía llegar y ellos estaban muy lejos con su requerimiento en lo económico. Llegué hasta mi vehículo, Micaela estaba aun con lágrimas y me dijo: ¿Me van a dejar?, ¿verdad?, le dije no, súbete y creo que antes de subir yo, ya estaba sentada y emprendimos regreso, solos, recogimos a Luis y yo bajaba tan rápido que él dijo, medico nos vamos a matar, vamos bajando tenga cuidado, disminuya; eso hice creo que no me daba cuenta de la velocidad a que veníamos bajando y le reduje mucho. De nuevo a esperar, Luis no quiso que entrara a la finca donde trabajaba porque me agarraría la noche en carretera, lo deje a borde de carreteras a unos 80 metros de donde vivía y seguimos Micaela y yo, me daba las gracias, me decía que no sabía qué hacer y yo solo le decía que se calmara que después vería más fácil la solución
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