ASI FUERON LAS COSAS #5 Negociación de un secuestro
MIENTRAS ESPERABA LLAMADA A MI CELULAR, PARA SUBIR DE NUEVO AL CIELO
En nuestra Colombia, estaban tan mal las cosas que quienes sufrían el flagelo de un secuestro, se veían supeditados, a esperar la “buena voluntad” de los secuestradores, o un milagro o algo que para la gente común no existía, un rescate por las fuerzas del orden. Las guerrillas, como románticamente bautizaron a esos criminales, vivían de todo tipo de actuaciones ilegales tales como secuestros, extorsiones, reclutamiento forzado de menores para ser utilizados como esclavos sexuales y carne de cañón en algunos de sus procederes, desplazamientos forzados, masacres y asesinatos selectivos, sicariato y otras cosas por el estilo; desdichadamente más adelante se demostró que los criminales tenían cómplices en muchas esferas de la sociedad, que se lucraban con ellos; se les llamó testaferros, pero también se descubrieron “autoridades de todo tipo”, cómplices, tan criminales como ellos.


Era un panorama peor aún del que les estoy dibujando; un improvisado presidente de la República de Colombia, Cesar Gaviria Trujillo, contra algo que para él siempre fue ajeno, el sentido común, nos endilga la LEY 40 DE 1993, más precisamente de Enero 19/1993, ley que él mismo hubiera violado, de no ser declarada inexequible en sus nueve artículos como lo hizo la Corte Constitucional; basta recordar que su hermano fue secuestrado en 1996, cuando este presidente y autor de la LEY ANTISECUESTRO era director de la OEA y liberado en forma tal que siempre se ha sospechado que hubo un fuerte pago para que ello sucediera; para mí, el que hubieran pagado para liberarlo, no era extraño, porque el “negociador” del que les he venido narrando, en una de las oportunidades en que nos reunimos me dijo: “ningún secuestrado, sale sin pagar, aún aquellos que consiguen mediadores como los que usted ya ha oído hablar de Cuba, de la Iglesia o de los que sea; esos solo consiguen a veces una rebaja, porque esto, tiene gastos grandes en cada caso y siempre alguien tiene que pagarlos”. No es un secreto, existían “mediadores” que se ofrecían y quienes tenían la forma los buscaban; ¿quiénes eran?, había de todo como en las boticas; desde grandes literatos, humoristas, uno que otro obispo, algunos curas de esos de pueblos que parecen abandonados de la mano de Dios y que de una u otra forma están muy relacionados con la guerrilla. Algunos conocidos, me decían con razón o sin ella, que buscara a nuestro premio nobel de literatura, que él podía contactar con ellos o con los Castro; no puedo decir si eso hubiera resultado o no, porque no lo hice. Asesores o intermediarios, como ya dije, había de todo tipo, pero capítulo aparte merecen los “avivatos”, una nueva clase de estafadores, nacidos como efecto colateral de los secuestros, que se te ofrecían diciendo que solo ellos podían resolverlo porque “tenían a alguien muy cercano e influyente entre el grupo de guerrilleros que tenía al secuestrado»; de esos tuve que sacudirme varios, algunos averiguaban tan poco antes de ir a ofrecerse, que se equivocaban al decir que grupo tenía la víctima del secuestro; otros comenzaban por decir: ¡con cinco millones yo lo llevo a donde el que tiene la llave para liberarlo!.
Esta historia vivida, en la que haré un gran esfuerzo para darle un tinte de “cuento”, buscando con ello lograr que la leas completa, pero sin abandonar lo realmente sucedido, se inicia cuando un señor que siempre acompañaba a un ganadero, en calidad de trabajador y “hombre de confianza”, entra sudoroso al pueblo donde se desarrollaron los hechos, llega hasta la casa donde vivía para el día de los hechos el “afectado” y dice casi gritando “se llevaron a don Camilo (nombre cambiado del señor a quien la guerrilla secuestró), los hechos sucedieron en el año 2001; era de mañana cuando recibí una llamada, “ven rápido al pueblo, secuestraron a Camilo”; yo me estremecí, todos sabíamos lo que significaba en esa época estar secuestrado.
Entre llamada y llamada pasaban muchas cosas; fue un proceso de seis largos meses, en los que el sueño era irregular, en los que no se podía dejar de pensar como estaría él en esas montañas, qué comería, si le darían las medicinas; noches enteras temiendo que él no se fuera a caer de noche en un barranco, que no se deprimiera y en fin tantas cosas que se sumaban siempre a la pregunta; ¿lo estoy haciendo bien?, ¿qué puedo hacer para que llamen pronto y se acabe esto? Me mantengo en lo que he dicho a todo el que me pregunta, jamás volveré a hacer este papel, menos ahora que ya los años no me permiten nada de lo hecho, por eso creo firmemente que “los caminos recorridos, no se pueden desandar” y lo demostraré algún día.

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