ASI FUERON LAS COSAS #4
Negociación de un secuestro

PRIMERA REUNIÓN DE NEGOCIOS EN EL CIELO -SUCURSAL N°2- Una vez que dejé mi vehículo, caminé por un sendero estrecho donde las matas de zarza con sus espinas, se sentían dueñas del camino y cobraban peaje con una que otra gota de sangre, que por descuido al caminar, herían la piel de mis brazos. A pocos metros, vi a tres de ellos, vestidos de camuflado, con pañuelos a dos colores, rojo y negro, tapándose sus caras; a duras penas lograbas ver la órbita de sus ojos; ellos caminaban haciendo gala de sus cuerpos jóvenes, tratando que el golpe de sus botas en la tierra sonara, vano esfuerzo, la tierra estaba muy mojada y absorbía sus pasos; ellos se me acercaron y saludaron con un “venga con nosotros”; unos metros adelante, salieron de la maleza, más de 20 de sus compañeros, pero no caminaron con nosotros, era simplemente con el fin de demostrar su poder en las montañas.
Siga derecho, adelante lo esperan, dijo el mismo que había hablado antes y eso hice; debajo de un árbol muy grande, si mal no recuerdo, un Caracolí, estaba sentado quien me dio de entrada la impresión de ser el “encargado”; este se acercó, me dio su mano enguantada y me dijo, “sentémonos compañero, tenemos que hablar; yo soy el encargado de negociar con usted, por cierto, yo a usted lo conozco y lo respeto”. Eso me hizo pensar que podría haber sido mi paciente, o bien alguno de los sindicalistas con los que anteriormente habría tenido que tratar, o alguien que  en alguna de tantas ocasiones hubiese asistido a alguna reunión de las que me correspondía hacer como parte del gobierno o también podría tratarse de alguien que hubiese asistido a las entregas de elementos que comúnmente se hacían en pueblos o veredas de la región, en fin, eran muchas las hipótesis al respecto; él dijo que me conocía y eso debía ser cierto, no solo porque lo hubiera dicho, sino porque en ese clima no era necesario usar guantes en las manos, es más si tuviera que usar el armamento que tenía consigo y que le hacía parecer un «Rambo», sus guantes hubieran sido un estorbo, luego, ocultaba alguna cicatriz o rasgo que podría hacer que le reconociera, además usaba un pasa montañas verde oscuro y en las orbitas se había colocado algo que se las convertía en una línea abierta por donde me veía, pero yo no podía ver prácticamente nada de sus ojos. Por mi cabeza, pasaban todos los consejos que mis amigos italianos me habían dado días atrás; debía hacerles sentir que el secuestrado no me interesaba más allá de cumplir la encomienda de negociarlo, difícil tarea, que se hizo prácticamente imposible al decirme que me conocía, eso me dificultaría algo más las cosas; él no me las facilitó. Me agarré de sus palabras y le dije, «creo que, si me conoce, por eso no está medio descubierto como sus compañeros, pero no me respeta, sino no hubiera secuestrado a mi pariente. Uno o dos minutos de silencio que rompió el negociador, cuando me dijo: “si lo conozco doctor y lo respeto, yo no lo secuestré, fue la organización, yo solo soy el encargado de negociar con usted. Para que no perdamos tiempo, le digo que la organización conoce muy bien a los que nos entregan para que los negociemos; su pariente tiene tales y tales propiedades en ganado, otros de sus parientes pueden ayudarlo a pagar, para salir de estos montes y también tiene un pariente en xx país que le puede ayudar». Yo lo escuchaba y pensaba, tienen un libreto y de él no se van a salir, y como confirmación me soltó: «de la familia, y de usted depende que él regrese o que se muera en estos montes”.

Aclaremos algo, le dije, si él se muere, es responsabilidad de ustedes, nosotros no lo secuestramos; me hubiera gustado ver sus ojos para tratar por lo menos de saber, cómo recibía lo que yo le decía, tal vez me hubiera sido útil, pero los tenía muy cubiertos; eso me convenció que efectivamente yo lo conocía y tenía temor a que lo reconociera; también yo lo temía porque si lo reconocía, no saldría vivo de allí. Tomó la palabra y se fue con todo: «lo que necesitan para que el salga de aquí son (una gran cantidad) de millones en efectivo, cuya cifra prefiero omitir; aparte de eso, necesitamos unos elementos que también deben entregarnos el día de la entrega: medicamentos inyectables, una computadora, que me aclaró, era para su uso personal y la quería de tal marca y tal capacidad, y tal clase de procesador, 4 radio-teléfonos de buena marca que solo se conseguían en Bogotá».

Me dijo que anotará unas claves que consistían en nombres de ciudades, pero que correspondían a veredas de determinados municipios; anoté todo y mientras lo hacía pensé: “esto apenas comienza»; me dio 5 sitios, lo cual me indicaba la negociación iba a ser larga; nuevo silencio que yo debía romper, pero sabía que no debía afanarme o ya iría perdiendo, no tarde mucho en hablar, fueron tan solo de tres a cinco minutos, que me parecieron eternos. Comencé diciendo, «ambos sabemos que queremos llegar a un acuerdo, pero esa cifra es un imposible, él no tiene esa cantidad, aunque venda hasta su

última res, no le alcanzaría y aunque todos queremos ayudar a que salga, hay dos cosas que quiero que tengan claras: una es que no compramos un cadáver como sé que ha sucedido con muchos secuestrados, cuyas familias han pagado, y no se los han entregado, porque piden más y se les han muerto y negocian el cadáver; no nos interesa muerto, la condición es vivo y cuerdo, si está loco tampoco nos sirve. Me interrumpió y me dijo: “nuestra organización cumple lo que pacta; eso sucede con los secuestrados de otros grupos, con nosotros no”. Agarré la bolsa de medicamentos y le dije: “mira en esta bolsa están los medicamentos que él toma; traje para un año, así tienen tiempo para entender que esa cantidad es imposible; cuando puedan bajar esa cifra a mucho menos de la mitad, me llamas”. Estaba haciendo lo que tenía que hacer y lo supe cuando me dijo: “usted es médico y sabe que su presión o su diabetes lo pueden matar, el responsable será usted, señalando la bolsa que había llevado me dijo, con esa cantidad de medicamentos, ¿qué cree que lo vamos a dejar viviendo con nosotros?” Le contesté: «eso depende de ustedes, razonen la cifra y me llaman cuando estén dispuestos a negociar, esta cantidad es imposible. Me levante para regresarme y me dijo en voz alta: «si se muere es culpa suya». Yo me mordía la lengua para no decir nada más, de esa forma era yo el que me retiraba y eso me hacía sentir que me llamaría pronto y que bajarían sus exigencias; llegué hasta mi vehículo, él estaba esperando; partimos del sitio y regresamos al punto en donde él se quedaba; de ahí en adelante hasta llegar a mi casa, a unas tres horas de carretera, no hice mas que pensar en la forma como le había hablado, qué le diría a la esposa e hijos, y con cierto temor que decidieran atentar contra mí en el trayecto de regreso. En cuanto tuve señal, pude avisar a mi esposa que estaba bien y de vuelta. Y de nuevo a esperar; lo único positivo es que, sabía que el secuestrado estaba bien y que ahora tenía medicinas; intuía que me llamarían pronto, que cuando contestara me diría “padrino y el nombre de una ciudad» y yo debía buscar a que punto correspondía y asistir a la cita. Así con miles de pensamientos llegué a casa; fueron unos días muy angustiosos para mi familia entera. Al día siguiente en la tarde sonó mi celular y alguien dijo mi nombre en diminutivo, como es costumbre en algunos pueblos, atropelladamente me dijo: «sé que estas subiendo a las montañas; esos mismos tienen a mi esposo, ¿me llevas por favor?, mira estoy autorizada, me dijeron que podía subir contigo; por favor, llévame contigo cuando te llamen».
Nos conocíamos desde niños y solo pude decirle que sí, pero le comenté que no iríamos solos, que alguien más, iba a ir conmigo, que yo no volvería solo y es que un pariente me había llamado la atención por subir solo, la verdad en esa ocasión lo hice, porque la primera vez, la persona a quien le pedí que me acompañara, se negó; sin embargo quién me acompañaría en la próxima subida ya me había dicho: “estoy listo para cuando me necesite, nos encontramos donde usted diga”; eso me tranquilizó, ya no subiría más solo, así que a la señora amiga, que tenía su esposo secuestrado por el mismo grupo le dije que debía venirse a la ciudad a donde yo residía, porque ellos podían llamar en cualquier momento, y así lo hizo; todos los días esperábamos que me llamaran y claro que lo hicieron.

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