ASI FUERON LAS COSAS #3
Negociación de un secuestro

DESPUÉS DE PREGUNTAR EN EL CIELO, SUENA MI CELULAR Camino a mi trabajo y esperando, con esa angustia que produce la necesidad de recibir una llamada, que es importante, pero que no sabes si te la van a hacer o no, sin saber si pusiste la esperanza en el lugar y persona correctos, o si te equivocaste, yo tenía fe en que en cualquier momento, mi visita al Cielo y la charla con aquella anciana que servía alimentos a más de 16 personas en su rancho, darían resultado; mi celular debería sonar, cuanto más lo pensaba más seguro estaba, mi cerebro retrataba cosas como: ¿para qué una mesa de 18 puestos o más en esas montañas?, ese número de puestos, no eran para el Ejercito, ellos
armaban su propio rancho y no solían estar tan agrupados, por seguridad. Si soñar no cuesta nada, creo que pensar tiene el mismo precio y yo pensaba de todo, cosas que parecían muy cuerdas, guiadas por el sentido común, o cosas que parecían algo locas, ejemplo, “ y si la anciana de piel de color tierra húmeda, hubiera parido 18 o más hijos, todos ya serían mayores y no estarían viviendo con ella o si algunos de ellos se quedaron con sus esposas e hijos, eso justificaba la gigantesca mesa” y si esto o aquello, es que yo no podía decirle a mi cerebro simplemente no pienses más, de hecho, lo intenté varias veces, pero un potro desbocado no responde a la rienda.
Pasaron varios días, seis o siete, desde mi subida al Cielo, mi seguridad en que me llamarían iba disminuyendo, pero al tiempo también pensaba que ya habrían recibido mi número y me harían esperar para exigir un mayor pago y dejarme claro que ellos tienen lo que yo necesito y no al revés. En palabras más exactas, ellos eran los dueños del producto a vender, el secuestrado, por lo que querían dejar en claro que pondrían las condiciones.
Sí, en eso pensaba todo el tiempo, pero por momentos cabía la duda, ¿y si me equivoqué y la anciana no es el puente para llegar a ellos?, ¿y si mañana vuelvo a subir al Cielo?; así transcurrían las horas; lo que más me atormentaba eran las preguntas que no me abandonaban: ¿cómo estará?, ¿le estarán dando sus medicinas?, ¿sabrán qué medicinas darle?, ¿las habrán conseguido antes de secuestrarlo? y muchas otras por el estilo.
Algo me tranquilizaba, los secuestradores, los criminales que lo tenían, sabían que para ellos valía más vivo que muerto, entonces tendrían que cuidarlo por lo menos dándole sus medicamentos; ¿pero tendrían en cuenta que es una persona mayor y que no puede caminar tanto como ellos?, seguramente lo harán caminar de noche por miedo a que alguna patrulla del ejército los viera andando de día. ¿Si será que soy el indicado para “negociarlo” ?, sé que la familia me escogió entre otras razones porque en mis trabajos, me ha tocado lidiar mucho con sindicalistas, y he tenido negociaciones difíciles con ellos.
Las preguntas no se hacían esperar y caían como en tormenta, ¿pero, y si no lo hago bien y lo asesinan por mi culpa?, ¡Dios que lluvia de preguntas!; unos amigos italianos me habían aconsejado: “tienes que mostrarles que para ti, también es

una mercancía; ellos te hablarán como si se tratara de ganado o de sacos de papas y tú tienes que hablar como ellos o pedirán mucho más, y se eterniza el secuestro y comienzan a infundirte terror; nunca dejes que te hagan sentir que se demora por tu culpa la negociación”.
“Ganado, sacos de papas, mercancía”, eso rondaba en mi cabeza y seguía esperando esa llamada; cada vez que sonaba el celular, me ponía tenso, en fracciones de segundo pensaba como contestarles si la llamada era de los secuestradores, y creo que siempre respondía muy seco, pensando que eran ellos, y no, no era la llamada esperada, sino otra cualquiera.
Por fin, entra una llamada en la que el interlocutor me dice: “Señor, me dijeron que está interesado en comprar ganado, lo llamo porque tengo unos novillos que le pueden interesar, son animales de 3 años, con muy buen peso, cruzados de cebú con Gyr, los puede ver mañana? estamos como a tres horas; para que no se pierda, llegue al primer restaurante que hay a mano derecha en la carretera, a la entrada La Jagua de Ibirico; puede desayunar, allí nos encontramos y yo lo guío hasta la finca donde tengo el ganado; que dice, voy por usted mañana a las ocho y media al restaurante? Sin pensar nada, fui respondiendo que sí; por fin habían llamado. Me regresé a casa; en el camino puse a tope de gasolina mi campero, pues no sabía hasta donde iría al otro día; podría ser muy lejos, así que volvería a tanquear en el pueblo del restaurante; ya había comprado medicamentos para varios meses, pues algo me decía que esa primera reunión no sería con los “dueños del negocio”. Por la noche, dormir no era nada fácil, de hecho, pasé despierto imaginando diferentes cosas que podrían suceder en unas horas, entre ellas, ¿“Y si los bandidos me tienden una trampa?, ¿y si me secuestran a mí también?; ya a las cinco de la mañana, después de miles de recomendaciones de mi esposa, quien siempre me decía que se quedaría rezando hasta que yo volviera, salí a cumplir la cita.
Yo sabía que los secuestradores me llamarían en el trayecto, pero no les diría por donde iba, pues seguí pensando que podía ser una trampa; ellos pensarían que yo no iba a madrugar, eso pensaba yo, pero estaban equivocados, apenas estaba saliendo de la ciudad, cuando sonó mi celular, contesté, y me preguntaron: ¿viene solo?, ya sabía que usted es madrugador, ¿por dónde viene?; yo había decidido no contestar directamente a eso, así que le contesté: no se preocupe, llegaré a tiempo, ellos colgaron. Llegaría por lo menos una hora antes al sitio de reunión y así fue. Casi no alcancé a sentarme en un kiosko que tiene el restaurante, cuando se me acercó un hombre de unos 58 años, piel morena, pelo crespo, que tenía una desviación de la comisura labial hacia la izquierda y me dijo: Hola doctor, ¿qué hace por aquí tan temprano?,¿me recuerda?, hace años fui paciente suyo, cuando usted hacía el año rural; ¿recuerda que me regañaba porque no tomaba los medicamentos de la presión?; terminó de hablar, yo sabía que no era el, le contesté secamente pues necesitaba quedarme solo en la mesa, para que se acercará el que venía a hablar conmigo «del negocio»; mi antiguo paciente, Luis, quién me recordó su nombre, se marchó después de explicarme que tuvo una hemorragia cerebral, por descuidar sus medicinas; tal vez notó que yo estaba ocupado en algo diferente.
Miraba mi reloj cada dos o tres minutos, nadie llegaba; al poco tiempo, se acercó una mesera y me saludó; yo era conocido por mi trabajo en varias instituciones del gobierno departamental, durante más de 12 años y también por mi desempeño como médico; contesté su amable saludo y me dijo: desayune tranquilo doctor, tiene tiempo de sobra, pero no me recibió el pedido, se quitó el delantal y se fue; a los pocos minutos llegó un mesero desgarbado, flaco y alto como un poste de luz eléctrica y me atendió; pedí un copioso y abundante desayuno, ya estaba seguro que vendrían por mí, pero no tenía idea a qué horas regresaría, solo sentía que sí lo haría. Pasaron unos 30 minutos, que me parecieron eternos, cuando llegó un hombre moreno, bajito, con la piel de la cara llena de cicatrices, al parecer producto de un acné mal tratado, o tal vez algunas dermatitis fuertes, que le dejaron en ella el aspecto de los cráteres de la luna; el sujeto me abordó y me dijo: venga conmigo, yo lo voy a guiar hasta salir del pueblo, después no se perderá. Pagué mi cuenta en el restaurante y el “guía” ya estaba esperando al lado de la puerta de mi campero; eso me pareció mejor, me sentía más seguro si yo iba en mi carro; me dirigió hasta un punto que tenía 3 vías que se podrían seguir. Llevábamos unos quince minutos de recorrido, cuando me dijo, pare aquí, le aclaro que yo no tengo nada que ver con lo que usted está haciendo por aquí; anoche alguien a quién no conozco, fue a mi casa y me dijo que tenía que ir al restaurante y guiarlo hasta aquí; de aquí en adelante va solo, como dos kilómetros arriba hay un doble camino, allí aparecerá alguien con una toalla envuelta en la mano, pare el carro y él se subirá para guiarlo. El hombre se despidió, que le vaya bien, me dijo y desde ese momento comencé a subir, y cuanto más subía, más me convencía que mi travesía anterior no fue al Cielo o que esto que era tan elevado seria el Cielo #2.
Había subido alrededor de dos kilómetros, cuando apareció el de la toalla envuelta en el brazo y tal vez para sentirse importante, no saludó si no que dijo: “dele por ahí”; me dejó ver que lo que llevaba envuelto era una pistola, ya que movía su envuelto para que yo pudiera verla; él parecía sentirse protagonista de una película; pasaron unos 20 minutos más subiendo y me dijo: pare aquí, yo lo espero para el regreso, los compañeros están adelante, ya los verá. Les contaré como fue esa primera “reunión de negocios”.
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