ASI FUERON LAS COSAS #2
Negociación de un secuestro
BUSCANDO CONTACTOS; ¿EL PROFE, DESAGRADECIDO O MUY COMPROMETIDO?
El secreto de tener a una persona de la familia secuestrada, es de esos “secretos a voces”; algunos dirán que se difunde rápido a manera de noticia o a manera de chisme, porque sucedió en un pueblo y recordarán aquel refrán: “pueblo pequeño, infierno grande”; eso puede ser cierto o no, pero no es posible negar que cuando una de esas cosas suceden, se conoce rápidamente y que esa velocidad de comunicación depende tanto del número de desocupados como de comadres chismosas, y en los pueblos entre ellos se conocen, por lo tanto un chisme de ese tamaño, pasa a ser la ocupación de un gran porcentaje de la población.
Que se haya sabido, a escasos minutos de sucedidos los hechos, aún antes de que el encargado de “poder decirlo una hora más tarde, lo dijera”, ¿es algo positivo o negativo?, la respuesta tiene que ver con lo que haya sucedido una vez que el chisme anduvo de boca en boca; si las autoridades, se hubieran movilizado a buscar al secuestrado, entonces diríamos que la gente chismosa fue una bendición, pero eso no sucedió a pesar de ser tan querido en su pueblo el secuestrado. Nadie movió un dedo, cualquier otra versión es falsa; en el departamento del Cesar, solo cuando se secuestraba a un político con alguna influencia ante las autoridades o con mucho dinero, había movimientos de Policía y Ejército.
Recuerden que el secuestro, lo hizo un grupo criminal organizado, de esos que románticamente llamábamos guerrillas y que fue en el año 2001; hagan memoria, en el 2002 en su primer día de gobierno, el libertador de Colombia, el que arrinconó a los narco-guerrilleros, (esos que después fueron beneficiados por el presidente y premio nobel de paz, el traidor Juan Manuel Santos), los mismos que hoy persiguen desde la “justicia” al ex presidente Álvaro Uribe, quien inició su gobierno desde el departamento del Cesar, el más azotado por los criminales, dedicados la mayor parte de las veces al secuestro de la gente que producía en el campo; uno de sus primeros actos fue relevar del cargo a los comandantes de turno de Ejército y Policía en ese departamento.
Los chismes sobre el secuestro también trajeron a otro grupo de personas que sin presentarse como tal, querían fungir como orientadores, informantes y “expertos en soluciones de secuestros”; la mayoría iba a “pescar en rio revuelto”, buscaban una “ganancia económica ocasional”; ese tipo de personajes ya yo los había lidiado en algunos de mis cargos públicos, cuando debía negociar con algún sindicato; eran ellos los que se acercaban sin ser llamados, a decirte como debías manejar una u otra situación; de ello aprendí que lo más conveniente, era no escucharlos o pasar por el tamiz varias veces sus opiniones.
De los que te querían “apoyar, orientar”, había algunos que me interesaban, esos eran más complicados de descartar, pero había otros muy burdos, que de entrada te mostraban su interés económico para decirte, lo que, según ellos, “nadie más sabía”, esos eran fáciles de descartar. Me interesaban los que me decían sin ningún interés económico: “háblese con el profe perencejo o mengano, en tal caserío o pueblo; acérquese al padre tal, está en plena zona roja y debe saber algo”; de ellos esperaba sacar un nombre útil, alguien que me sirviera de puente.
El rollo de “hablar con el nobel de literatura”, por su amistad con los Castros, a quienes se ha reconocido como fundadores, orientadores y entrenadores de las guerrillas colombianas, a mí no me servía; yo no tenía como llegar a García Márquez y además nunca fue “santo de mi devoción”, ese tipo de información no me funcionaba, sin embargo comenzaron a llegar otras personas interesantes y que estaban al alcance de la mano; así fue que uno de los informantes voluntarios me dijo: “médico, háblese con el profe Migue, dicen que él tiene un hermano que es de ellos”.


La información del profe Migue, no me funcionó, porque resultó que había sido mi paciente años atrás y apenas me vio, me saludó de abrazo y me dijo: “Médico me alegra verlo, lástima que sea en estas circunstancias; me imagino que vino porque le salieron con el cuento de mi hermano, el que se fue para Venezuela hace años y todos dicen que está con las guerrillas, eso es mentira, además si así fuera, él no nos iba a contar, nosotros no comulgamos con eso, pero ya le digo, si fuera cierto, no se llevarían a alguien tan querido en el pueblo”. El profe, hablaba como atropellado, rápido y remató diciéndome, “usted lo conoce, el que me visitaba cuando usted me salvó de la tifoidea”. Nada que hacer ahí, me despedí algo frustrado. Había cosas que no
me gustaban de esa visita al profe Migue, una de ellas es que yo no tuve tiempo de decir a qué había ido, además hablaba atropellado y otra cosa más, su esposa se asomó y cuando nos vio hablando saludó y desapareció; esa es la misma persona que años atrás me había brindado en esa misma casa un “sancocho de gallina criolla” en agradecimiento por salvar a su esposo Migue; todo eso me dejó con muchas dudas. Migue estaba ubicado al sur del departamento y podía tener “amigos entre ellos”.
Dos o tres días después, a eso de las cinco de la mañana, con muchas esperanzas salí de Valledupar hacia el sur, con la decisión de no parar en ninguna parte, así podía decir a mi esposa una mentira piadosa; le dije que iba a un pueblo cercano, no me acuerdo con qué misión oficial inventé ese viaje, ella ya sabía en qué estaba yo y eso le preocupaba mucho, por eso cuando sabía que podía regresar el mismo día evitaba decirle que se trataba de eso, para evitar ponerla más nerviosa, por la inseguridad reinante. Emprendí el viaje; cuando podía aceleraba mi vehículo para cumplir lo de regresar temprano, lo que por fortuna así sucedió; porque, aunque tuve que esperar a Juan, otro personaje en quien había puesto esperanzas, mi largo viaje, terminó muy rápido y de regreso pensaba que había perdido mi tiempo. Llevaba media hora esperándolo, inicialmente en la sala, luego vi un frondoso árbol de mango que ocupaba gran parte del patio y le pregunté a la señora que me había atendido, si podía, sentarme en las sillas que había debajo del árbol; con la positiva respuesta de la anciana, me ubiqué al pie del árbol y recosté en su tallo un taburete o silla de madera y cuero de res y me dispuse a esperar; ahí estaba yo, debajo de su grandioso árbol, sacudiéndome las flores que dejaba caer las cuales anunciaban una buena cosecha de mangos, ya se veían algunos racimos pequeños; entre tanto pensaba, qué me diría el dueño de casa, cuando entró saludando, yo me puse en pie y respondí su saludo.
Juan entró a escena, llegó a su casa, sin sotana, vistiendo un overol y unos tenis “croydon”, que decían a gritos que estaban cansados y gastados de tanto andar y solicitaban ser cambiados; los pobres tenis, no sabían cuántos kilómetros habían recorrido en los pies del sacerdote, solo decían que era hora de que los dejaran descansar, que ya habían cumplido su vida útil; ¿por qué los usaba aún este hombre de unos treinta y ocho años, de piel morena y ojos vivarachos más negros que el carbón, en quien yo había puesto muchas esperanzas; ¿quería mostrarse humilde, o de verdad lo era?, la verdad, eso no me interesaba, yo quería respuestas y poder regresarme pronto, ahí sentado a mi lado, estaba el hombre que yo pensaba que podía ayudarme.
Le conté las razones por las que había ido a buscarlo; me escuchó con calma y me dijo: “Sabe médico, toda la gente cree que los curas que estamos en esta zona, somos amigos de las guerrillas; se les olvida que hace años hay guerrillas y paracos, que muchos han muerto porque los han informado como de un lado o del otro, todos vivimos entre esas dos fuerzas, pero el hecho de verlos pasar a los unos o a los otros, no nos hace amigos de ningún bando”. Respiró profundo, se sacudió flores del mango y dijo: “es inevitable conocer a algunos, pero ellos se mueven mucho y ahora están desaparecidos, no vienen ni de compras. Doctor, váyase tranquilo, usted es conocido y seguro lo contactaran pronto; si el señor es mayor, querrán resolver pronto el asunto, tómese el jugo de corozo y regrese, no se exponga en estas carreteras”.
Me despedí, regresé al campero y recuerdo que pensé, “él tiene razón, para ellos esto es un negocio y son los interesados en el dinero; tienen que llamar rápido y decidí no salir más a buscar información, porque nadie me diría nada; solo ellos los secuestradores, lo harían cuando se sintieran seguros; antes de las cinco de la tarde llegué a mi casa, siempre hablando y sonriendo, así restaba importancia a lo que hacía con eso estaban todos más tranquilos. ¡Ahora, a esperar esa llamada!!
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