ASI FUERON LAS COSAS #1 Negociación de un secuestro
¿En qué año estábamos?, ¿qué importancia tiene el año en que sucedieron los hechos?, mucha, porque en Colombia, como en casi todos los países, ha habido acontecimientos que dividen la historia; aquí muchos reconocemos que tuvimos “un antes y un después del presidente Álvaro Uribe Vélez”; así es, tuvimos una Colombia, que antes de este gran señor, estaba secuestrada por bandidos que, a través de prácticas terroristas como masacres, secuestros, extorsiones, reclutamientos y los desplazamientos forzosos, dominaban algunas pequeñas partes del territorio, pero en su gobierno fueron confrontados, perseguidos, muchos detenidos, algunos dados de baja, otros se entregaban en puestos de la Policía o en batallones del Ejército y la gran mayoría tuvieron que huir a Venezuela o internarse de nuevo en las selvas.


Esta historia sucedió cuando el bandidaje y el crimen organizado hacían con los colombianos “lo que le daba la gana”, o sea antes que “el gran colombiano”, los hiciera volver a leer lo de Libertad y Orden y los metiera en cintura.
Esta historia vivida, en la que haré un gran esfuerzo para darle un tinte de “cuento”, buscando con ello lograr que la leas completa, pero sin abandonar lo realmente sucedido, se inicia cuando un señor que siempre acompañaba a un ganadero, en calidad de trabajador y “hombre de confianza”, entra sudoroso al pueblo donde se desarrollaron los hechos, llega hasta la casa donde vivía para el día de los hechos el “afectado” y dice casi gritando “se llevaron a don Camilo (nombre cambiado del señor a quien la guerrilla secuestró), los hechos sucedieron en el año 2001; era de mañana cuando recibí una llamada, “ven rápido al pueblo, secuestraron a Camilo”; yo me estremecí, todos sabíamos lo que significaba en esa época estar secuestrado.
Los criminales te daban dos opciones, cuando el secuestro era extorsivo: pagabas lo que te pedían y tenías la posibilidad de volverlo a tener en familia, y digo “la posibilidad”, porque cientos de familias pagaron por sus secuestrados y nunca se los devolvieron, ni vivos ni muertos; la otra opción, era la más cruel, si no podías pagar, asesinaban al secuestrado, muchas veces lo torturaban y en algunos casos luego te vendían el cadáver a “menor precio”.
Año 2001, cuando en Colombia, salir de cualquier pueblo o ciudad te ponía en la condición de ser víctima de secuestro, extorsión, “pesca milagrosa”, crímenes cometidos por grupos terroristas, que para esos años se llamaban románticamente “guerrillas”, pero que no eran más que lo que son ahora, años después, grupos de bandidos dedicados a enriquecerse del trabajo de los demás, a secuestrar, a volar oleoductos, puentes, explotar bombas en ciudades y pueblos y todo aquello que pudiera crear caos, para así intentar tomarse el poder. Volvamos a lo sucedido, ante el llamado emprendí el viaje a mi pueblo en mi campero 4×4, al llegar y conocer los detalles del secuestro, me encomendaron que fuera yo quien negocia a Camilo, con el grupo de guerrilleros pertenecientes al autodenominado Ejército de Liberación Nacional, más conocido como ELN, que lo había secuestrado; acepté hacerlo y les pedí que colocaran la denuncia ante la Fiscalía y me dieran copia de dicho documento, cosa que hicieron.
Recuerdo muy bien ese día, dormí en el pueblo y ya comenzaban las versiones del secuestro a circular, decidí empezar las gestiones, me entrevisté con el «gordo», quien fuera la persona que estaba con Camilo en el momento de los hechos; este me narró como camino a la finca, los habían detenido aquellos criminales con cara tapada y emblemas de su grupo de asaltantes y obligado a ir con ellos por calles de menos tránsito, hasta salir del pueblo, varios minutos después le ordenaron detenerse y bajarse del vehículo advirtiéndole que tenía que dejar pasar por lo menos una hora antes de dar aviso de lo sucedido. La narración, no me servía mucho, pues no me proporcionaba detalles relevantes; fue entonces cuando se me ocurrió pedirle que me acompañara a buscarlo por los montes, por donde todos en la región, sabían que estos bandidos solían llevar los secuestrados, y a pesar de ser este una persona de toda la confianza del recién secuestrado y además, de ser un hombre corpulento, me respondió con sinceridad que prefería no hacerlo, que tenía miedo «a lo que pudiera pasar”; en ese momento, recordé una situación personal de bastante peligro, que me había sucedido muchos años atrás, en la que alguien me dijo: “tengo miedo y ese miedo es mío”; recordarlo me sirvió, porque es muy cierto, «el miedo es algo muy personal y debe respetarse»; ¿cuántas veces hemos escuchado un grito de miedo de alguien al ver una araña?.edo es algo muy personal y debe respetarse»; ¿cuántas veces hemos escuchado un grito de miedo de alguien al ver una araña?.
Al salir de mi pueblo, que se encuentra ubicado más o menos en el centro del departamento del Cesar, a unos 150 kilómetros de la capital Valledupar y cuyas principales actividades económicas han sido tradicionalmente la agricultura y la ganadería, dotada como toda la región, de una fauna y flora abundante y variada, muy cercana a la serranía del Perijá, parte más septentrional de la cordillera de los Andes y que hace frontera abierta con Venezuela; pensé: “mejor en caliente” y tomé la vía hacia esos cerros. En la región se sabía que los guerrilleros andaban por esa zona, tranquilos como “Pedro por su casa”; al llegar a la primera trocha, me desvíe hacia la izquierda, para buscar las montañas, esas que cuando subes y subes como si fueras al cielo, hacen frontera con Venezuela; nada de eso era un secreto, los bandidos siempre se refugiaban allí, llevaban a esos picos montañosos a sus secuestrados y con frecuencia cruzaban hacia el vecino país, donde se sentían más seguros por la relaciones que se sabía que tenían con el gobierno del dictador Hugo Chávez.
Muchos de los protagonistas de esta narración viven aún, por lo que, he cambiado los nombres de lugares, personas y de fechas, sin embargo, de mi memoria nunca se borrarán las atrocidades y las humillaciones sufridos a lo largo de este criminal secuestro, cada vez que me sentía mal, pensaba ¿cómo lo estará sufriendo Camilo? Siempre pienso que debemos dejar de engañar a niños y jóvenes, a quienes les han vendido la idea que esos delincuentes son los «Robín Hood modernos»; su atrocidad, ha sido apoyada por algunos gobiernos, uno que otro escritor, siempre se ha sospechado que el Premio Nobel Gabriel García Márquez tenía relaciones muy amistosas con ellos.
La proximidad que tuvieron con algunos gobernantes y con otras autoridades, con quienes se sospecha compartían los frutos de sus fechorías, les permitían cometer toda clase de crímenes. Había llenado el tanque de gasolina de mi campero, tenía suficiente para una posible perdida, pues no conocía los sitios que estaba recorriendo; subía por las montañas, después había recorridos planos y pocos kilómetros más adelante volvía a subir, y en ese sube y baja era acompañado por mis pensamientos que iban de un lado al otro.
Mis pensamientos sumados a que por momentos sentía la compañía imaginaria de mi esposa e hijos, a ella por momentos la veía diciéndome que «estaba loco, como es posible que andes por esos sitios solo», pero en otro instante veía a Camilo, lo que él podría estar viviendo y me animaba a seguir la búsqueda. Hoy pienso que a pesar de ser yo tan amante de la naturaleza, y viendo tanta vegetación a mi alrededor, casi que ni la notaba, tenía alguna dosis de miedo, que me impedía fijarme en ello.
Estaba en mi primera y parcialmente fallida búsqueda, porque en un recodo de una de esas trochas, que ya parecía un camino de herradura, me encontré con un grupo de unos 20-25 hombres con uniformes de camuflado, a los que enseguida reconocí como miembros del Ejército Nacional de Colombia. En aquel entonces, yo era una persona reconocida en mi departamento, por los varios cargos públicos que había ocupado y por el que ocupaba en el momento de los hechos, ello jugaba a favor y también en contra; a favor porque al ser una autoridad, de alguna forma esperaba un buen trato por parte de aquellos que fueran también legítima autoridad, además había formado parte en calidad de oficial de sanidad de un Batallón del Ejército de Colombia, lo cual pensaba que podría servirme en distintas formas; en mi contra jugaba, porque podría ser «apetecido» por los grupos de bandidos, pero las circunstancias me obligaban a seguir en la función que me habían encomendado. Al momento, y sin mediar ningún saludo, ningún «buenos días», se me acercó un sub oficial, mal encarado, a quien parecía que le hubieran “pisado un callo”, con cara de amargado precoz, quien me increpo: ¿Usted quién es, qué hace por aquí, para dónde va? , le dije quién era, le dije que me alegraba verlos, cosa que era verdad, que había trabajado en el batallón Patriotas; de algo sirvió porque hablábamos en tono alto, como si ambos quisiéramos que todo el grupo que venía en fila india, nos escuchara; este se limitó a decirme que «tuviera cuidado y que saliera de día de esos montes», nos despedimos y unos metros adelante me detuvo otro de ellos, y me dijo: “siga subiendo, en cada ramal de la trocha doble hacia la izquierda, va a llegar a un caserío de seis o ocho casas; pregúntele a cualquiera que se le acerque, ¿dónde queda el Cielo?, de ahí son pocos metros, pero hay varios caminos, puede dejar el carro ahí o puede subir algo más con él, cuando llegue verá una finca con una casa grande de bareque y techo de palma, con un alar en láminas de Zinc; al frente, afuera entre unos árboles de mangos, verá una mesa larga; llegue ahí, siéntese y hable con la persona que se le acerque, pregúntele si sabe algo”.

Hice las cosas tal y como me indicó el cabo, pero en el trayecto, corto, por cierto, me pregunté, si ellos saben todo eso, ¿por qué no los combaten?, la respuesta la tuve cuando años después, fui el secuestrado por unas horas, cuya narración la encuentran en drgalianolarosa.blog , donde uno de los “Elenos”, vanagloriándose me contó cómo tenían infiltrados y colaboradores entre “los perros”, como ellos llamaban a nuestros soldados. ¿A dónde queda el cielo?, fue mi pregunta a un señor bastante mayor, con camisa color caqui desabotonada, de mangas largas que recogía a la altura del codo y que tenía un machete en su mano derecha, quien no parecía amenazante, por el contrario, estaba claro que venía de cortar un racimo de plátanos de los que llamamos “mafufos o cuatro filos”; estaba claro y era tranquilizador porque a menos de tres metros estaba su gajo de mafufo, grande y con varias manos de cuatro filos bien gruesos, lo que mostraba la fertilidad de la tierra en esos montes. ¿Qué va a buscar allá? me preguntó y le respondí, a un amigo secuestrado; enseguida me dijo: “suba unos cien metros por ahí» y con su machete me mostró el camino, no sin antes recomendar que dejará el carro ahí, que no le pasaría nada y que no me dejara agarrar de la tarde por esos sitios.
Así, llegué al Cielo, una planicie de unos 150 metros cuadrados, lo suficientemente elevada para merecer ese nombre, en donde lo primero que vi fue una casa, de mediano tamaño, como de unas 8 a 10 habitaciones, que al frente tenía una mesa de tablas puestas sobre maderos que la sostenían y a cada lado unos 8 troncos que hacían de sillas para comensales.
Mirando la inmensa mesa a la cual se sentarían de 16 a 20 personas, pensé, “si aquí se reúnen, aquí saben algo”; contrario a lo que yo esperaba se me acerco una anciana ya muy mayor, que rondaba en los 90 años, arrugada como la falda que tenía puesta, una de esas “polleras”, del mismo color de su piel, que se podía confundir con el color de la tierra; la anciana me saludó y sin que yo tuviera tiempo de contestar me dijo: acabo de hacer tinto, ¿quiere? rápido le dije que sí, y pensé: comenzamos bien.
Con una totuma pequeña, de esas que son comunes en nuestros caseríos y fincas, hechas del fruto seco o “jecho” del totumo, llena casi hasta el borde de café, del cual ya me había dicho la anciana que estaba endulzado con panela; empecé a tomar mi café y le dije: señora, estoy buscando a un pariente que secuestró ayer la guerrilla y como por aquí pasa tanta gente, le pregunto si sabe algo. Quedamos en un silencio largo que me parecía eterno y no me atrevía a romper, ella tampoco; me miraba, me escudriñaba, buscaba algo en mis ojos, como si pretendiera encontrar algo que yo ocultara; era incomodo, pero entendí que ella iba a decirme algo y así fue: “Si, pasa mucha gente, por aquí hay muchas fincas, esta tierrita es buena, pero yo últimamente no he visto nada; si usted quiere déjeme un número y si sé de algo, lo llamo y le cuento”. Esas últimas palabras: “lo llamo y le cuento”, me devolvieron el alma al cuerpo, ella trajo un paquete de cigarrillos Piel Roja vacío, lo rasgó por ambos lados, lo extendió convirtiéndolo en lo más parecido a una hoja de cuaderno y me entregó un lápiz, yo le anoté el número y me atreví a decirle, «deles mi número, si los ve por aquí, dígales que queremos arreglar esto». Estuve a punto de abrazarla, pero no me atreví, me iba algo tranquilo porque presentía, casi que sabía, que ese número llegaría a las manos de quién me llamaría más adelante.
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