PASEANDO, CON PANTALONES LARGOS

Con su camiseta azul y su pantalón largo color café, de tela fuerte muy parecida en su textura a la que usaba mi padre, su bisabuelo en todos sus pantalones; era una tela fuerte que cuando yo era niño la tocaba y se sentía como “gruesa”. Han pasado muchos años, desde esa época en que mi padre mandaba hacer sus pantalones y los de mis hermanos, así como los primeros que yo usaba, muchos de los cuales eran los que “se le quedaban a mi hermano mayor”; costumbre muy arraigada en nuestro pueblo; la ropa de los hermanos mayores, que estaba como nueva, pasaba al siguiente de la familia o se regalaba a otros niños que pudieran utilizarla, era un buen principio de economía.

Caminaba con pasos torpes, agarrado de mi mano, estrenaba sus primeros pantalones largos y cuando se los puso su mamá, con ese cuidado que solo las madres saben tener, todos nos hicimos a la idea, que el niño había crecido; era su primer pantalón largo y lo graduamos; en ese momento, recibió varios títulos en su graduación: la mamá le otorgó el primero, lo puso frente a ella y emocionada sin tener en cuenta el protocolo tácito y necesario para el momento, le sostuvo la cara entre sus manos y lo llenó de besos y le  entregó su primer grado, el de “el niño más lindo, del mundo”; la abuela, estaba con los ojos húmedos y literalmente le estampó una lluvia de  besos y lo graduó de “mi ponqué, mi pan francés, mi bizcocho”; lo abrazó tan fuerte que mi niño casi llora por el apretón y completó con “me lo comería a besos”.

En ese momento, el papá y yo, consideramos que la abuela era un peligro, se lo quitamos, con el pretexto de poder verlo mejor, con su primer pantalón largo; creo que teníamos miedo de que le “gastara la carita con tantos besos” y lo salvamos de la abuela. El acto de graduación, no había terminado, el papá orgulloso, le pasó las manos varias veces por la cabeza y lo graduó de “todo un hombre pequeño”; la mamá que ya lo había graduado, seguía mirándolo con su primer pantalón largo, como embobada, parecía no creer que le había puesto ese pantalón y lo miraba también de forma peligrosa, como si se lo fuera a comer; solo yo, parecía conservar la cordura, pero era premeditada mi tranquilidad, era para poder decir: “si parece un señor pequeñito, me lo llevo a dar su primer paseo con sus pantaloncitos largos”; antes de que todos reaccionaran, mi nieto y yo estábamos agarrados de la mano y caminamos a la puerta.

No me lo podía creer, lo había logrado, ahí venía a mi lado, con su camiseta azul y su pantalón largo color café; ya nos habíamos librado de todos y Aspen miraba todo a su alrededor, se reía y preguntaba de todo; bajábamos una cuesta, porque la casa estaba en lo alto, rodeada de un bosque de árboles grandes, que mi pequeño veía como si fueran los gigantes de los cuentos que en las noches escuchaba para dormirse.

Me dio un jalón en la mano, se soltó y me dio miedo que se tropezara y se cayera, pero yo tenía que dejarlo libre; me puse a pensar, “los abuelos son los que les dejan hacer de todo”, eso escuchaba siempre, eso había leído muchas veces; “los abuelos son los que los malcrían, los cómplices de todo lo que los nietos quieren hacer” y lo dejé libre agacharse y agarrar un pedacito de madera desprendida de algún árbol: me miró, con eso ojos grandes verdes-azules y me preguntó: ¿qué es?

Primera pregunta, del primer paseo con pantalón largo que hacía con mi nieto y tenía que explicarle y eso constituía una gran responsabilidad, aún no tenía tres años y quería saber, qué era un pedazo de madero, de una rama de uno de los árboles de su montaña; contestar no era tan simple como decirle, es un pedazo de madera de esos árboles, pues en casa, nos tenía acostumbrados que con él una pregunta se seguía de otra y de otra, terminando uno muchas veces enredado en sus preguntas, ya que eran tan simples, que las respuestas tenían que ser así, simples y tan completas para que lo dejarán contento,  como el día que preguntó ¿y por qué mi tío no está aquí? Y terminé sintiéndome tonto, porque a cada respuesta, me miraba con esos ojos limpios, que parecen una acuarela de cielo y mar, soltaba otro ¿por qué?; recuerdo que si no llega mi hija a ayudarme le doy una lección de geografía de España y de Europa entera.

Ahora mi pequeño grandote, con sus pantalones largos y su mirada llena de esperanza, quería saber qué era ese pedacito de rama que había tomado del suelo y la respuesta tenía que ser simple y profunda, mi nieto era un “hombre de pantalones largos” y había que responderle de acuerdo a su nueva situación, a su nueva investidura,  ya no era él bebe de pañales que hacía pucheros para que lo cargaran y mimaran, esa época para él ya era remota, ya la había pasado, ya acababa de superar los pantalones cortos y ahora era el señor pequeñito con sus pantalones largos, el que miraba hacia arriba y preguntaba con una gastada ramita de pino en sus pequeñas manos, ¿esto qué es?

Le mostré, los árboles grandes, que tanto le gusta ver desde el balcón de su casa, le dije que esos árboles más grandes, eran como los abuelos, los otros eran como los papás y los más pequeñitos eran los hijos y los nietos, el me miraba con sus mezclas de mar y cielo, me daba a entender que algo entendía y parecía decirme: si abuelo. Pero la ramita que te muestro, ¿Qué es? Y tenía razón, yo había complicado la respuesta, pero me acorde de los zapaticos que ya no le servían porque él había crecido y le dije: esa ramita es como los zapaticos que ya no te puedes poner, los dejamos a un lado para que tu sigas creciendo y por eso tienes otros nuevos, así los árboles dejan caer algunas ramas y siguen creciendo con otras nuevas. Me hizo un gesto, que yo interpreté como un “déjalo así abuelo, no te enredes más, yo te quiero mucho”, me agarró de la mano y seguimos caminando.

Debería existir una escuela o universidad que dicte un curso: ¿Como ser abuelo y poder responderles las preguntas a los nietos?; si lo hay, díganme para matricularme, antes de volver a pasear con el hombre pequeño de pantalones largos.

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