UN SECUESTRO DE 15 HORAS ETERNAS

En un puesto de venta de chicharrones y otros alimentos ricos en colesterol, alrededor de las 5 de la tarde, un día miércoles por cierto, de esos en que después de estar viajando, desde lunes y cumplir tu cometido decides regresar a casa, en esas circunstancias, regresando de Aguachica (Sur del departamento del Cesar), hacia Valledupar, sentados en rústicos taburetes de cuero de res, alrededor de una mesa redonda de madera, construida con base de matarratón y tres trozos de tablas sin cepillar, estábamos mi conductor y amigo, a quién para tranquilidad de ambos cambiaré su nombre, por el de Paul, sentados, unas hojas de bijao como mantel, mientras comíamos nuestros chicharrones “dietéticos”, bollos y trozos de yuca cocida como acompañantes, nuestro tema de conversación, lo que yo solía llamar “la inseguridad pública”; Paul me compartía los cuentos que entre sus colegas y conocidos se narraban sobre los frecuentes secuestros que se producían en el departamento.
Los secuestros, ya no eran “privilegio” del sur del Cesar, en donde estábamos y de donde salíamos, sino también, a pocos kilómetros de la capital, así como también en la misma Valledupar, ya sucedían. Es común la creencia sobre “el poder de las palabras”, pues justo en los momentos en que tocas ciertos temas, el cerebro, parece estar en estado de “alarma permanente”, más, si se tiene en cuenta el lugar en donde nos encontrábamos, esa alarma funcionó. Al ver pasar un campero de color blanco, idéntico al que usábamos, que era propiedad de una Institución de Gobierno, de la cual, yo era su Gerente Regional, algo me alarmó y dije muy tenso: “rápido Paul, nos vamos”; él asombrado, porque la comida estaba casi toda sobre el bijao, me dijo: ¿por qué doctor? y le dije: “rápido, ese carro me da mala espina” y literalmente corrimos al carro y le pedí que me dejara conducir, a lo que se negó, diciendo: “tranquilo doctor, yo le doy duro”, y arrancamos a la velocidad que nos dio el campero; divisamos el vehículo que me había hecho sospechar y le apremié: “más rápido, hay que pasarlos antes de la curva; cuando lleguemos a Pelaya, frenas frente al comando de la Policía”.

Paul, nunca me alcanzó a responder esas indicaciones, porque pasada la primera curva y cuando estábamos a punto de alcanzarlo, dieron un brusco y peligroso viraje, bloqueándonos la vía; a duras penas, pudimos frenar, para no chocar con ellos y al hacerlo, saltaron tres encapuchados con emblemas de las guerrillas del ELN, irónicamente llamado “Ejército de Liberación Nacional”; se nos acercaron por ambas puertas, nos colocaron a cada uno el cañón de un fusil Galil en la cabeza.
Comenzaron unas horas angustiantes, llenas de rabia e impotencia, con más temor que miedo.
Antes de subirse a nuestro vehículo, uno de los “encapuchados” comenzó a dar órdenes: ¡Tú vete para atrás ya!, ordenaron a Paul, ¿y qué quieren ustedes? les pregunté; si es el carro, llévenselo. ¡Usted cállese!, me dijeron; yo recuerdo claramente que pensé: “con la razón que traen en las manos, hay que obedecer para salir de ésta, pues no parecen querer matarnos”; esto lo pensé por la sencilla razón de que ya lo hubieran hecho, como lo han hecho con cientos de personas, sin mediar palabras.
Paul es una persona alta, de contextura fuerte, pero no podía hacer más que lo que yo hacía, nada; sin embargo, empezó a hablar y les decía: “miren, el doctor es muy buena gente; me dio trabajo cuando nadie me lo quería dar, porque salí por sindicalista de mi anterior trabajo” y
así en esa tónica continuó unos minutos hasta que el mismo que nos había gritado antes le dijo: «cállese; ya sabemos que agarramos a la virgen María”.
Paul es una persona alta, de contextura fuerte, pero no podía hacer más que lo que yo hacía, nada; sin embargo, empezó a hablar y les decía: “miren, el doctor es muy buena gente; me dio trabajo cuando nadie me lo quería dar, porque salí por sindicalista de mi anterior trabajo” y así en esa tónica continuó unos minutos hasta que el mismo que nos había gritado antes le dijo: «cállese; ya sabemos que agarramos a la virgen María”.
Hubo después un silencio absoluto; como no nos vendaron, ni nos ordenaron “agacharnos”, (cosa que me preocupó mucho), volví a pensar: si no nos tapan, éstos nos van a matar. Me dediqué a mirar por dónde nos llevaban, miraba lo poco que podía hacia atrás y tuve la impresión de que Paul iba más blanco que un papel para escribir cartas y pensé: ¿yo estaré igual?, segundos más tarde, dije: ¡estoy que me orino!; el mandamás dijo, ¡cuándo paremos! Y soltó su presentación: “Somos del Frente Camilo Torres del Ejército de Liberación Nacional”.
Seguimos en silencio unos segundos y me aventuré de nuevo a preguntar, ¿y qué quieren?, y otro de ellos respondió: cuando lleguemos. Recorrimos hacia la montaña no más de 5 kilómetros, tal vez menos, pero en esas circunstancias, el tiempo parece muy largo; un poco más tarde, paramos al borde de un caño o arroyo, se tiraron del carro y nos dieron la orden de bajar.
El mandamás daba sus órdenes a gritos sin necesidad, solo para hacer sentir que él era el jefe, (cosa que más tarde quedó desvirtuada; “caminen por ahí”; en eso llegó el carro “gemelo”, y el gritón les dio la llave de nuestro campero.
Ante de marcharse, preguntaron, ¿el carro está bien de todo?, respondí: “es un carro nuevo”; algunos de ellos abordaron y se fueron, quedando cuatro con nosotros; entre los que se quedaron, había una chica (no creo que fuera mayor de 14 años), con unos lindos ojos verdes, que hacían contraste con los colores de su pasamontaña, quien tomó la palabra y nos soltó una especie de arenga o más bien una clase de reclutamiento: “compañeros, tranquilos, necesitábamos un carro para hacer unas vueltas y por eso recuperamos ese, que al ser de gobierno, es del pueblo y lo necesitamos”, mientras, los mosquitos, se daban un banquete con nosotros, a orillas del arroyo.
Compañeros, seguía diciendo “ojitos verdes”: “miren, en una circunstancia como esta yo me conocí con los compañeros, iba para Bucaramanga con mis padres y un grupo como este nos interceptó y nos pidió ir a un sitio parecido a este, donde ellos nos explicaron porque están en esta labor y yo los escuché, porque nuestro país está muy mal, hay mucha pobreza, se roban los recursos y el país está prácticamente vendido al imperialismo Yanqui”.
Esa fue la historia que nos soltó, aunque más larga y adornada de términos como: “injusticia, imperialismo yanqui, robo de nuestros recursos, Ecopetrol etc” y el «botón en el ojal» se lo puso cuando nos dijo: “si alguno de ustedes dos quiere quedarse, como lo hice yo, puede hacerlo y es bien recibido; para mí, fue una decisión difícil porque iba con mis padres, pero seguro que ellos lo comprendieron”, se mintió a sí misma para tratar de tranquilizar su conciencia; ya habíamos orinado por lo menos unas 4 veces, porque no se puede decir que estábamos tranquilos, ni seguros, de que nos iban a dejar ir; aunque, al final de su discurso dijo: “doctor, de ustedes necesitamos el carro, puede, que cuando terminen, mis compañeros, se lo dejen en algún sitio, para que lo recuperen”.
Llegó la noche, ni muy clara ni muy oscura, y ya teníamos orden de acostarnos en un pajonal en el suelo. Pasadas, dos horas, sentí que era mi deber hablar con ellos y saber más; como estaban a unos metros de nosotros, les dije: oigan tápense, que voy para allá, se pusieron sus pañuelos y me les acerqué.
Nos conocíamos desde niños y solo pude decirle que sí, pero le comenté que no iríamos solos, que alguien más, iba a ir conmigo, que yo no volvería solo y es que un pariente me había llamado la atención por subir solo, la verdad en esa ocasión lo hice, porque la primera vez, la persona a quien le pedí que me acompañara, se negó; sin embargo quién me acompañaría en la próxima subida ya me había dicho: “estoy listo para cuando me necesite, nos encontramos donde usted diga”; eso me tranquilizó, ya no subiría más solo, así que a la señora amiga, que tenía su esposo secuestrado por el mismo grupo le dije que debía venirse a la ciudad a donde yo residía, porque ellos podían llamar en cualquier momento, y así lo hizo; todos los días esperábamos que me llamaran y claro que lo hicieron..

No estoy totalmente seguro, si yo comencé hablando o fue uno de ellos, pero les pregunté: ¿cuándo nos vamos?, mi familia, está acostumbrada que llamo con frecuencia y mi señora puede avisar a la policía; la respuesta fue: “lo que haga ella, no nos importa, pero usted cuando se vaya, no puede poner denuncia de lo sucedido”; les dije: “pero si no lo hago, puedo terminar preso, porque el carro es de una Institución de gobierno”; nadie respondió a eso, pero recuerdo que pensé: si salimos de aquí, voy directo a una Inspección de la Policía.
La noche se hizo más oscura; nuestros captores comenzaron a “aflojar” un poco, cuando les pregunté cuánto tiempo llevaban en esa zona; uno de ellos respondió: “Por aquí andamos desde hace mucho tiempo; esto lo domina nuestro Frente. Nosotros tuvimos a una señora política de Valledupar, muy conocida; usted la conoce como “Flor de Loto”, por cierto, con ella se pasaba bien; cuando superó el miedo, nos contaba muchas cosas; es que los políticos, siempre quieren sacar provecho de todo”.
Transcurrió un largo silencio; me pareció, que esperaban que yo preguntara sobre “Flor de Loto”, pero, mi preocupación permanente era otra; ella ya había sido “liberada”, así que aproveché y pregunté: ¿nosotros cuándo nos vamos?, me sorprendió una voz femenina, que no era la que nos invitó a quedarnos, sino otra que no habíamos visto antes: “por la madrugada se van”. Un poco ingenuamente o más nervioso de lo que quiero reconocer, seguí preguntando: ¿y el carro?, la misma interlocutora contestó: “lo recuperamos, pero si los compañeros lo han desocupado, se lo dejarán en la Bomba de Pelaya, búsquelo ahí”; con esas palabras, me tranquilicé un poco.
Pensaba, que mi esposa estaría desesperada, pensando, por qué no había llegado, ni llamado; en forma inexplicable para mí, les pregunté: ¿habrá forma de tomarme un tinto? y ojos claros intervino y dijo: “antes de irse, desayuna y toman su tinto”; no sabía si se burlaba o nos darían algo de comer, porque la hora de cenar, había pasado y no recuerdo haber tenido hambre, pero el café, si hacía falta.
Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando la misma voz dijo: nosotros desayunamos como a las tres y media o cuatro de la madrugada y a esa hora les traerán a ustedes también”. Uno en esos momentos no sabe qué decir, pero algo se me atravesaba en la garganta que impedía dar las gracias; era como una pelota de pin pon, atravesada, y mientras ella estaba ahí, impidiéndome hablar, mi cerebro a millones de pensamientos por segundo, parecía, una de esas máquinas, que escribían sobre una tira de papel delgado interminable, como esas, que usaban en las viejas películas de espionaje; yo alcanzaba a leer: “estos sujetos, nos secuestraron, nos quitan el carro, nos humillan como les da la gana y ¿qué esperan?, ¿qué les demos las gracias cuando traigan el desayuno y nos dejen ir?
Ahora, dicen: “que nos devuelven el carro, que lo dejan en la bomba, que tuvieron a “Flor de Loto”, que ellos, saben mucho de todos los políticos, de los ricos de cada pueblo, que tienen gente infiltrada entre los “perros” y que, cuando ellos salen de los batallones, ya están enterados para dónde van; que la esposa de un oficial vende pistolas, que ellos si son serios y devuelven a todos los que agarran, si las familias pagan, que no son como las FARC; pero, no se libera a nadie, que no haya pagado”- y en mi cerebro se oía una voz que decía: ojalá pudiera verlos y reconocerlos; de nuevo la voz más joven: “ sabemos bien quién es usted, una compañera nos contó, que no roba como muchos allá, que va a todas partes y pone los hogares, esos para los niños y por eso a usted lo dejaremos ir”; y pregunté: ¿a Paul también? tenemos que regresar los dos y la respuesta fue: “se van los dos”.
Respiré más tranquilo, guardé silencio; era un silencio que casi asustaba; solo el ruido de algo de brisa que movía las hojas de los árboles; pasaban muchas “luciérnagas”, tantas que alumbraban por instantes un trocito de su cielo y de pronto escuché con mucha claridad, el ruido de dos o tres vehículos y miré hacia donde sonaban; vi las luces de los faros y recorrí con mis ojos más allá de las luces y vi muchas otras y me dije algo así como: “no joda, estamos cerca de Pelaya y muy cerca de la carretera”; alguno de ellos que parecía tener capacidad para leer la mente, dijo: “estamos cerca, pero toda esta zona está cubierta por nosotros, los que trabajan en estas fincas nos colaboran, nos informan todo, antes de que los “perros” se muevan sabemos para donde van”. Me retiré hacia donde estaba Paul y le dije: “nos dejarán ir en la madrugada y nos devuelven el carro”; Paul, contestó algo que no recuerdo muy bien, pero era una duda sobre el carro; me recosté queriendo dormir, pero en la cabeza había muchas dudas; repasaba una y otra vez lo sucedido y llegué a una conclusión, que curiosamente, no aclaró nada más de lo que ya sabía y es que me conocían y me tenían como a todos los funcionarios públicos de cierto nivel, investigado; pero seguían los interrogantes uno tras otro apiñados de tal forma en mi cerebro, que se sucedían tan rápido que se “pisaban los talones” y no tenía respuestas a casi nada y no quería tentar la suerte.
Ya, habían dicho que nos íbamos; por el momento eso era suficiente. Pensaba en mi esposa, mis hijos y me decía: “apenas nos liberen, paro un carro y que nos cobre, lo que quiera pero que nos lleve a Valledupar”; pero entonces, venia veloz otro pensamiento, era como el final de una maratón, muy apretada, un pensamiento alcanzado por otro: “¿si busco el carro donde dijeron?” y así en una noche larga con muchas luciérnagas volando cerca, llegó la tan esperada madrugada.
Hubo ruidos y dijo una voz: “cojan todo, que se van”; usted, se dirigía a mí: “más adelante se le acercará una persona con una toalla envuelta en las manos y les va a preguntar: ¿Quiénes son y de dónde vienen? Le va a responder: somos de la secretaría de Salud y venimos de vacunar en unas fincas, estamos perdidos, y él les dirá por dónde seguir, nada más”. Cámbiese, que así no parece vacunador; fue una orden tajante, pero muy bien recibida; caí en cuenta, que estaba sucio de tierra por todas partes; cogí mi pequeña maleta y saqué pantalón, camisa y me cambié de ropa; cuando terminaba de hacerlo, llegó uno de ellos y me entregó dos bolsas plásticas que contenían el desayuno y me advirtió: “es para los dos”; tomé una papa cocida y un huevo duro y pasé la bolsa a Paul; la otra bolsita tenía un tinto frío muy cargado de panela; pasé uno o dos tragos y le di la bolsa a Paul, que conociendo mi gusto por el café me dijo, ¿no quiere más jefe? Le contesté: “esa joda está fría y muy dulce”; comimos nuestro desayuno.
Pasaron segundos, minutos, con tamaño de horas y nada que nos decían algo que nos autorizara a irnos, así que me acerqué y les dije: “ya pasó la madrugada”, como recordándoles, que habían prometido que nos soltaban; uno de ellos, contestó, “esperamos que revisen la zona”. Minutos más tarde, sonaron a alguna distancia, unos machetes, como limpiando monte y la que nunca hablaba, nos dijo: “cojan su termo y arranquen por aquí derecho” y no alcanzamos a terminar de oírlo, cuando ya estábamos caminando; le dije a Paul, “caminemos rápido y no miremos para atrás”; ¿por qué le dije eso? no tengo ni idea; tal vez sería, porque lo malo hay que dejarlo rápido atrás, o quién sabe si por alguna superstición popular, en fin, no habíamos caminado unos 300 metros, cuando apareció el señor con su toalla en el brazo, quien hizo sus preguntas, recibió las respuestas indicadas y nos dijo sigan derecho allí está la carretera.
Recorrimos unos 800 o 1000 metros más y ahí estaba la carretera, en un tiempo, que, en aquellos momentos, pareció largo; vimos venir una camioneta de esas “abiertas”, que llevan bancas atrás y recogen pasajeros entre pueblos cercanos; se detuvo, pagué nuestros pasajes hasta Pelaya, antes de bajarnos, ya yo había preguntado y sabíamos dónde vivía el Inspector de Policía. Era un domingo y no había oficina abierta, pero fuimos a su casa; me reconoció, pues no hacía mucho había estado allí entregando servicios de la institución que gerenciaba y visitando el “hogar” de un Padre Español muy querido y respetado por la gente de la localidad, de quien recuerdo me había dicho que siempre pedía ayuda a nuestra Institución y no la recibía, me acordé de que habíamos firmado un convenio para la atención de los menores en peligro.
El Inspector de Policía al igual que el alcalde y algunos de sus secretarios me conocían; me interesaba colocar la denuncia; el Inspector dudó si recibirla por ser día festivo, pero finalmente tomó una máquina de escribir y me la recibió; le agradecí y le dije: “voy a la estación de Gasolina para ver si está el campero”; el me miró como diciéndome: no pierda tiempo.
Caminamos a la estación de gasolina, con un sol tan fuerte de esos que derriten la mantequilla apenas la colocas en cemento y puedes freír un huevo en ella; ya teníamos la denuncia, eso era lo importante.
Llegamos a la estación de gasolina, allí, no había sino olor a gasolina y un bombero, a quien le produjo risa que yo hubiera ido a ver si habían dejado el carro allí, pero, a quién le estoy agradecido, porque nos permitió su teléfono para hacer una llamada; recuerdo que hablé atropellado y le dije a mi esposa: estamos bien, nos secuestraron ayer por la tarde, pero estamos ya libres, en Pelaya, esperando un transporte para irnos; recibí sus palabras de preocupación y un “vente ya”.
Estábamos a borde de carretera, tomamos el primer transporte que pasó, un bus, de una empresa muy conocida, que nos llevó hasta la estación de gasolina, a la entrada a Valledupar; allí, cada uno tomó un taxi y partió directo a casa, a contar lo que ahora ustedes también saben.
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